Casi como leer dos libros a la vez. El uno siendo la historia de un pícaro mozuelo que en cada capítulo escala un grado en picardía y abaja dos en vergüenza, y el otro, lleno de sermones, disciplinas y reflexiones de un Guzmán ya maduro y arrepentido, a lo Momo, apoyándose mucho del refranero popular. Tan exquisita lectura es difícil de encarecer. Es manual y entretenimiento, aviso y recreo, castigo y descanso, tragedia y comedia. El más divertido y singular escarmiento que ha visto el siglo dorado.
Cuánto influyó en esta obra el Lazarillo de Tormes, precursora de la picaresca, no hay cómo dejar de mencionarlo. Ambos son hijos de padres de honra y cualidades cuestionables y, siendo muchachos, aprenden a ser pícaros a fuerza de burlas, chanzas y calabazadas.
Alemán no fue menos ambiocioso como fue esforzado, según lo muestra su inimitable estilo y prosa. Es, de igual manera, por su extensión y ritmo, una obra que demanda gran paciencia, como muchas otras reseñas apuntaron. Sin embargo, la lectura la vale completamente, y aun siento quedo en deuda con ella.
Ejemplo de novela moderna, espejo del género picaresco, que abrió el camino a otros autores como Quevedo y Úbeda para escribir sus propias. Letras que enriquecen el alma y encienden el ánimo. Mi libro favorito, hasta ahora.