Este ensayo filosófico sobre ética no es un mero manual de urbanidad al uso. Desde el principio, muestra a un guerrero que lucha por su libertad de pensamiento sin ceder ni un ápice ante las tentaciones egocéntricas de la decepción contemporánea. Como dice Guillermo Fadanelli en su prólogo, -Da Jandra, a partir de su filosofía vitalista, escrutadora y moral, reclama una comprensión del mundo que reconcilie al hombre consigo mismo, es decir, con el otro, rechaza las visiones simplistas y utilitarias que dictan enunciados morales desde el hecho científico, abomina de los mercaderes de la globalización, pelea contra los filósofos relativistas que rechazan la existencia de un orden moral y espiritual capaz de contenerlos, y discute con el desencantado que se aísla socialmente y hace de su exilio una victoria-.
Aunque algunas de sus propuestas no me convencen (aquella del “lenguaje planetario” en realidad me parece aberrante: que el inglés deviniera la lengua empleada por todo el orbe es, por decir lo menos, una insinuación turbadora; por más bella que sea la de Shakespeare, ¿dónde quedaría la riqueza discursiva y lexicográfica de las lenguas de Goethe, Cervantes, Baudelaire, Tolstoi y Dante?) y mantengo una formación darwinista-evolutiva, aderezada de indeterminismo cosmogónico –por lo cual no comparto su visión de que sólo habrá “civilidad” si parte de una “cosmovisión religiosa”–, debo reconocer que este breve ensayo filosófico de Leonardo Da Jandra es una notabilísima invitación a reflexionar en torno del devenir de la humanidad. Su sustitución de las dialécticas “de la contrariedad” y “de la competitividad” por aquellas de “la complementación” y “la cooperación” deberían servir para la cavilación no sólo en la academia, sino también en el ágora política y en los mercados financieros. “Da Jandra, a través de su filosofía vitalista, escrutadora y moral, reclama una comprensión del mundo que reconcilie al hombre consigo mismo, es decir, con el otro, rechaza las visiones simplistas y utilitarias (…) Pugna, Leonardo, por una relación edificante entre la teología y la ciencia para que así la filosofía logre mostrarnos que existe un orden mayor que a él le gusta llamar espiritualidad”, dice Guillermo Fadanelli; cierto, pero prefiero concluir con que “la religión –diserta Da Jandra– jamás deberá inmiscuirse en los dominios fácticos de la ciencia; pero ambas, ciencia y religión, pueden complementarse armoniosamente mediante la filosofía”.
Contrario a varios libros, de los cuales me había formado un prejuicio favorable y que, posteriormente me dejaron triste por resultar una ridiculez libresca, esta obra me encantó.
Se dice que la filosofía no da caminos para resolver los problemas de la vida, y si uno va con este ánimo a leer este libro puede quedar levemente decepcionado, sin embargo me encantó el modo tripartita en cómo logró proyectar cómo la filosofía podría ayudarnos respecto de nuestra persona, nuestra interacción social y por último, nuestra relación con el universo. La visión de De Jandra es una holística y superadora de las contradicciones entre el ego y la sociedad, a través de una visión cosmocéntrica.
Da Jandra hace ostentación de sus múltiples lecturas sin caer en la pedantería y nos regala perlas de sabiduría y apreciaciones, que si bien uno no puede compartir del todo, no dejan de conmoverlo a uno.
Buena propuesta filosófica. Grandes recursos, conocimiento pleno de las ideas prestadas y explicación de su uso en el tema central que es identificar los tres tipos de centrismos.