Vale que sea un tomo de transición para el grand finale, pero es que Sanbe tiene una idea o dos de cómo llevar la emoción de cada escena. Ese capítulo que comienza con una retahíla de pensamientos preciosa de Sachiko para después revelar el pastel con Nishizono es una genialidad que convierte la belleza en crueldad y, para qué negarlo, estoy a bordo de este puto barco de maldad. Cierto es que, la mayor parte del tiempo, la historia se siente algo aletargada, pero me parece que sabe crear el build-up del siguiente tomo con bastante gracia y que se adentra correctamente en la psique de Satoru. Además, aquí es donde la adaptación animada comienza a diferir más y me cuesta poco preferir una versión en la que la rehabilitación dura dos tomos, mucho esfuerzo e incluso una nueva recaída. Sanbe no parece abotargar su obra con tensión y drama baratos, sino que va directamente a la pausa y la reflexión mientras crea un lento crescendo. Aunque Airi nunca me ha interesado especialmente, puedo ver lo mucho que ha ayudado a Satoru y que, por tanto, exista esa amistad que tanto busca recordar el segundo. Por lo general, los momentos emocionales siguen funcionando bien incluso si personajes como Kumi parecen a medio cocer. Quizá no explote todo su potencial, pero este tomo funciona para lo que pretende y continúa con el genial storytelling de anteriores tomos.