En conclusión, Huemer nos da una bofetada de realidad al recordarnos que tener un smartphone en la mano no nos hace mágicamente más sabios ni más justos que un campesino del siglo XII. Es hora de abandonar esa arrogancia infantil de creer que somos la cumbre de la evolución moral solo por haber nacido en la era del Wi-Fi. El progreso no es un elevador automático que nos lleva hacia la utopía, sino un fenómeno frágil y reversible que requiere algo de lo que hoy carecemos: humildad histórica y la madurez para admitir que el futuro probablemente nos juzgará con el mismo desprecio con el que nosotros juzgamos el pasado.