Punto de araña, de Nerea Pallares, es una novela arraigada en Galicia que entrelaza realismo social, memoria colectiva y mitología para narrar una historia de dolor, rebelión y transformación. Ambientada en Camariñas —un pueblo misterioso y laberíntico, tejido de mar y de silencios—, la llegada de Ari como guía turística se convierte en una inmersión en una comunidad marcada por la tristeza, la rabia y la injusticia.
El hilo que atraviesa toda la novela es el de tejer y destejer: las palilleiras, el lenguaje y la propia narración funcionan como redes simbólicas que sostienen la historia. “Las palabras se tejían dentro de su cabeza y tomaban formas y sonidos” (67) se dice en la novela, estableciendo un vínculo profundo entre palabra, memoria y acción colectiva. Frente a un sistema dominado por el egoísmo masculino —hombres dueños del dinero, de las decisiones y de las voces—, las mujeres aparecen como quienes sostienen lo invisible, privadas durante demasiado tiempo de una voz propia.
La catástrofe que marca el relato —la muerte de María, una niña que fallece durante una peligrosa operación nocturna en el mar, vinculada al narcotráfico y decidida por su propio padre— condensa la violencia estructural que atraviesa el libro. Ante lo irreparable, surge la rebelión: las mujeres deciden llamar a las arañas, tres deidades ancestrales portadoras de un poder y una sabiduría ancestral, para poner fin a esa injusticia.
El clímax de la novela llega cuando todas las mujeres dejan de tejer. El hilo se pierde, la voz se apaga y el pueblo entero se queda mudo: la huelga, por fin, está completa. “Hilos detenidos, hilos en huelga, que ya no tejían palabras en los labios. Solo encajes deshechos, realidades que habían perdido su sostén y su estructura. […] Poco a poco, todos y cada uno fueron perdiendo definitivamente el hilo. Afuera un caos sin gritos. […] Todos se quedaron mudos” (137). De ese silencio nace algo nuevo: tras la interrupción radical, se reconoce un lenguaje distinto, el mérito de quienes tejen y sostienen la vida cotidiana, y el verdadero poder de las palabras. “Aquel fue el tiempo en el que los habitantes del pueblo entendieron de dónde venía el lenguaje y por qué, para poder tener voz y para que el mundo tal y como lo conocían funcionase, alguien había estado hilvanando para ello en la sombra, palabra a palabra, a lo largo de los años y de los siglos, aquella red. Y en aquel tiempo fueron reconocidas las que tejen” (156-157).
El mar y el océano, siempre presentes como espacio de vida y muerte, envuelven una historia que es, en última instancia, una oda a las que tejen las redes invisibles que nos sostienen; a las manos que, en silencio, entrelazan el mundo y, muy especialmente, a las manos de las amigas, esa red de redes donde aún es posible la esperanza.