Los puentes tienen una mala costumbre: consiguen que miremos hacia arriba y nos olvidemos de todo lo que quedó aplastado debajo.
Uno cruza un puente y piensa en la vista, en el atasco, en el precio del peaje, en la fotografía bonita si el cielo acompaña. Rara vez piensa en los hombres que se jugaron el cuello a cientos de metros de altura, en las familias expulsadas de sus casas para que la ciudad pudiera seguir extendiendo sus tentáculos, en los políticos que cortan cintas y salen en la foto, en los obreros que, con suerte, aparecen como una nota al pie.
Gay Talese escribe El puente precisamente contra esa desmemoria. Y lo hace con una idea sencillísima y demoledora: detrás de una gran obra pública no hay solo acero, hormigón, cables y cálculos de ingeniería. Hay hombres colgados del vacío, barrios sacrificados y una ciudad entera felicitándose por su grandeza sin mirar demasiado hacia abajo.
El libro cuenta la construcción del Verrazzano-Narrows Bridge, ese monstruo elegante que une Staten Island con Brooklyn y que durante años fue presentado como una hazaña técnica casi imperial. Pero Talese no se queda embobado ante la postal. Le interesa el puente, claro, pero le interesan todavía más los hombres que lo levantan, los barrios que se modifican, las vidas que la gran maquinaria urbana mastica con una eficiencia bastante poco sentimental.
Aquí aparece inevitablemente Robert Moses —el gran constructor no elegido de la Nueva York del siglo XX, un hombre capaz de levantar puentes, autopistas y parques mientras borraba barrios enteros del mapa—, como aparece siempre que se habla de esa idea tan peligrosa de que una ciudad puede rediseñarse desde arriba como quien mueve piezas sobre un tablero. Quien haya leído The Power Broker, de Robert A. Caro, reconocerá enseguida ese perfume de modernidad autoritaria: progreso, sí, pero con alguien pagando la factura en silencio.
Y Talese, que podía haber escrito una crónica monumental en el sentido más convencional de la palabra, hace algo más astuto: baja la cámara. La acerca a los obreros del acero, a esos hombres que caminan por vigas suspendidas como si estuvieran cruzando el pasillo de casa, aunque debajo no haya alfombra sino vacío.
Entre ellos están los mohawks de Caughnawaga, rodeados por esa leyenda tan cómoda de que no sentían vértigo; Talese prefiere algo más interesante: mostrar que el miedo existe, pero que algunos hombres aprenden a trabajar con él como otros trabajan con una herramienta más. Hay en todos ellos una mezcla de orgullo profesional, temeridad heredada y fatalismo de oficio que impresiona. No están romantizados como figuritas épicas de postal obrera, pero tampoco reducidos a piezas anónimas de una maquinaria industrial. Talese los mira con curiosidad, con respeto y con esa paciencia del gran periodista que sabe que una vida entera puede asomar en un gesto, en una frase, en la forma de encender un cigarrillo o de hablar de la muerte como si fuera un contratiempo laboral más.
Esa es quizá la gran virtud del libro: su capacidad para convertir una infraestructura en una historia coral. El puente deja de ser un objeto y empieza a parecer una criatura construida con ambición política, sudor, miedo, rutina, alcohol, orgullo, dinero público, cálculo técnico y una cantidad indecente de indiferencia administrativa.
La ciudad celebra la obra terminada; Talese se fija en lo que la celebración deja fuera. Y ahí el libro adquiere una fuerza moral discreta, sin necesidad de subrayados. Porque El puente no sermonea. No necesita hacerlo. Le basta con colocar las piezas en su sitio: los discursos oficiales por un lado, los trabajadores por otro, los vecinos desplazados un poco más allá, y en medio esa mole bellísima que todos admiran cuando ya no queda polvo en el aire.
La prosa de Talese tiene algo que hoy se echa de menos: confianza en el detalle. No corre detrás del efecto brillante ni intenta convertir cada párrafo en una bengala. Observa, acumula, perfila, deja que el mundo se vaya cargando de sentido.
Pero esa naturalidad tiene mucho trabajo detrás: Talese no escribe desde la comodidad del despacho, sino desde la obra, los bares, los barrios afectados, las conversaciones con quienes sostuvieron el puente antes de que el puente sostuviera a nadie. Su elegancia no está en levantar frases para que el lector las subraye cada tres líneas, sino en encontrar el ángulo humano de una historia que fácilmente podría haberse contado como una sucesión de datos técnicos.
Talese pertenece a esa estirpe de periodistas literarios que entendieron que la realidad, cuando se mira de cerca, ya trae sus propias metáforas incorporadas. No hace falta disfrazarla demasiado. A veces basta con dejar que un hombre subido a una viga sobre el estrecho hable de su trabajo.
También hay algo profundamente americano en este libro, pero americano en el sentido menos turístico del término: la fascinación por la escala, por la conquista del espacio, por la idea de que cualquier obstáculo geográfico existe para ser vencido por una voluntad suficientemente grande y suficientemente bien financiada.
La épica de la construcción convive con una pregunta incómoda: ¿quién decide qué vidas pueden apartarse para que avance la ciudad? Talese no convierte esa pregunta en pancarta, y se agradece. La deja respirando bajo el relato, como una corriente de aire frío que se cuela entre las vigas.
Lo curioso es que El puente podría parecer, de entrada, un libro menor: una crónica sobre una obra concreta, en una ciudad concreta, en un momento concreto. Y sin embargo acaba hablando de algo mucho más persistente: nuestra facilidad para admirar los resultados y borrar los costes.
Nos gustan las catedrales, las estaciones, los rascacielos, los puentes. Nos gusta decir “qué maravilla” desde el asiento del coche o desde la acera. Talese viene a recordarnos que toda maravilla tiene nómina, accidentes, desalojos, jerarquías, nombres propios que casi nadie recuerda.
La belleza también puede tener contabilidad.
Y ahí está la gracia amarga del libro: después de leerlo, un puente ya no se cruza igual. Sigue siendo hermoso, por supuesto. Tal vez incluso más. Pero la mirada cambia. Ya no ves solo el arco, el cable, la suspensión, la línea limpia contra el cielo. Ves también al tipo que subió allí arriba una mañana de viento, al vecino que tuvo que irse, al ingeniero que calculó lo imposible, al político que convirtió la obra en monumento propio, al periodista que decidió que los invitados importantes no eran necesariamente los que estaban en la tribuna.
Talese no desmonta el puente. Hace algo más peligroso: le devuelve sus fantasmas.