“Hay secretos que requieren ser publicados y ellos son los que visitan al escritor aprovechando su soledad, su efectivo aislamiento, que le hace tener sed. Un ser sediento y solitario necesita el secreto para posarse sobre él, pidiéndole, al darle su presencia progresivamente, que la vaya fijando, por palabra, en trazos permanentes.
Solitario de sí y de los hombres y también de las cosas, pues sólo en soledad se siente la sed de verdad que colma la vida humana”.
“La mujer camina en su evolución, adquiere personalidad día por día, anda y se esfuerza, aborda de frente los problemas, da cara a la vida.
Frente a este cambio femenino, el hombre se aterra y añora melancólicamente los tiempos en que ellas no tenían más ideal que atender sus exigencias exóticas y domésticas. En algunos tipos exaltados el asombro se torna en reacción aguda de odio y rencor: su dignidad de gallo no puede permitir que la mujer –una mujer- no agote su existencia en la servidumbre de sus deseos. Es la cosa que se nos hace de pronto persona”.
“¿Y las obreras? ¿Dónde están? La mujer sigue ausente, al parecer, de su puesto personal como clase y como sexo. Es triste que no aparezca más que como ornato, presea o adorno; como una bandera más en las amadas procesiones cívicas. ¿Cuándo va a decir la mujer obrera su palabra? Nosotras las burguesas, que no nos conformamos con serlo, queremos ir a su encuentro, vamos a ir”.
“El hombre moderno al asomarse al mundo va buscando un espejo que le devuelva su imagen, y cuando no la encuentra se desconcierta y a menudo quiere romper el espejo”.