En los 70 y 80, Raymond Carver revolucionó la literatura norteamericana con su “estética del despojo”: quitar contexto, quitar psicología, quitar juicio. Como resultado, deja al lector frente a personajes mediocres, a los que no les ocurre nada, pero con la constante sensación de que algo podría suceder en cualquier momento. No hay trama, ni emoción explícita, ni finales cerrados ni moralejas. Por eso es importante no asistir a esta lectura esperando justo eso. O tal vez si, pero asumiendo la incomodidad.
Sin restar mérito a sus cuentos desde el punto de vista formal, sí los encuentro problemáticos. La biografía atraviesa su obra, es evidente. El alcohol es un personaje más. Entorpece la comunicación y marca el ritmo de las relaciones. En muchos cuentos, Carver dibuja (o desdibuja, más bien) hombres que controlan el discurso: hablan más, interrumpen más. La violencia aparece, pero no la nombra. Esto me recuerda al fenómeno estructural ocurrido con Bukowski: Tipos dañados, alcohólicos, incapaces de amar, que se leían como rebeldes y valientes por su brutal honestidad, pero que hoy se revelan como emocionalmente negligentes y en muchas ocasiones, misóginos.
La pregunta que yo me hago tras leer este libro es ¿Qué emoción se elimina en sus textos y quién paga el precio de esa eliminación? Si Bukowski reducía las mujeres a cuerpos y a problemas, con Carver el mecanismo es más sutil, pero no menos inquietante: las mujeres hablan, pero no obtienen respuesta. Están presentes, pero no son atendidas. Ahí es donde la obra de Carver me resulta hoy en día, incómoda: no porque el realismo sucio suponga algo distinto, ajeno a la literatura tradicional, sino por todo lo que deja fuera con su estilo narrativo.