Quizás sabes que en los inicios del siglo pasado en Rusia vivía un auto declarado monje, nombrado Rasputín, que era capaz de finalizar la enfermedad de hemofilia del hijo del emperador ruso Zar Nicolás II usando oraciones y encantamientos después de que los médicos no hubieran conseguido recuperar al príncipe. De este monje la emperatriz estaba tan contenta que ella lo adoptó en su corte en San Petersburgo, donde él fue capaz de adquirir mucho poder, usándolo para la influencia en la política estatal, la caza de las chicas y la consumación de cantidades enormes de bebida. Parecía loco.
En el mismo período estaba en dicha ciudad un orfebre extremamente capaz, llamado Fabergé, que cada año recibía del emperador la orden para desarrollar y construir un huevo de Pascua precioso -con joyas diversas, un número de metales nobles y un espacio escondido- para regalar a su esposa y a su madre. Hoy en día todavía queda una cantidad de estos huevos, que valen cada uno algunos millones de euros.
Era un rumor que nuestro monje -siendo muy rico y quizás causado por la competencia con el emperador- encargó a Fabergé crear un huevo super bonito para su benefactora, la zarina Alejandra. Por eso no sólo había inseguridad sobre la existencia real de este huevo, sino también -si existiera- dónde se encontraba. La repuesta de éstas preguntas constituya el asunto de una novela policíaca, titulada ’El círculo del emperador’, escrita por Thomas Swan en inglés y traducida en español.
La historia empezó con un juego de póquer, cuando uno de los jugadores - cuyo padre luchaba en la Revolución Rusa de 1917 y así protegía al zar- era un perdedor borracho muy grave, con la consecuencia que él no sólo perdió todo su dinero y sus cosas valiosas, sino también un huevo precioso que llevaba él en el bolsillo y que valía mucho más que su deuda. No obstante, dos generaciones más tarde los descendientes de este perdedor quisieron obtener la herencia, pero eran obstruccionados por algunos rusos que vivían en Nueva York y que asimismo deseaban coger el huevo para venderlo. Los rusos muy delincuentes, no rehuían la violencia, la mutilación e incluso el asesinato. El eje en la red era un concesionario de coches prestigiosos de segunda mano, quien con ayuda de un estonio exportaba los coches a Rusia. Los descendientes fueron ayudados por detectives ingleses y rusos, con el resultado de que había una competición entre los dos grupos en la búsqueda del huevo.
No creo que sea yo sensato si cuento aquí toda la historia, no sólo porque es muy complicada, sino también para prevenir la relevación del desenlace. Realmente, aunque no soy un experto, pienso que puedo decir que la novela descrita contenía todos los elementos de una policíaca. Había un enigma que tenía que ser aclarado, existían dos bandas –una buena y una mala- de las cuáles la buena vencería. Los medios para realizarlo eran la inteligencia y la violencia; el ingenio servía para solucionar no sólo problemas cotidianos, sino también rompecabezas artificiales – como en dicha novela la diferencia en la ortografía entre el ruso y el inglés. La historia se fortalecía pues las escenas actuarían en metrópolis: Nueva York, London, Talín, San Petersburgo y Taskent, con descripciones extensas de sus ambientes. El objeto buscado es de un valor cultural con un pizca de misticismo: ¿Habría embrujado el monje loco Rasputín el huevo?
Este libro lo había yo comprado en Madrid, durante las rebajas en una librería, esperando que se tratara de una novela histórica y que fuera escrita en español. Para mí, ambas esperanzas me dieron una decepción. El titulo era simplemente engañoso. Y, en toda modestia supongo que podía detectar que el texto era traducido. Ni había el ritmo de oraciones bastante largas, tan característico del español, tampoco faltaba la presencia de lo más importante en la última parte de la frase. Sin embargo, leí la novela policíaca con interés.