Hubo una vez —no hace tanto— en que pensé que una mala racha se arreglaba insistiendo un poco más. Como si el mundo, al verme perseverar, fuera a corregir el error. No lo hizo. Auster tampoco cree en eso. La música del azar parte justo de ahí: del momento en que confundes libertad con inercia y sigues adelante no porque quieras, sino porque ya has empezado.
Jim Nashe hereda dinero, abandona su vida anterior y se lanza a la carretera sin un plan claro, con la vaga fe de quien cree que moverse ya es una forma de decidir. A partir de ahí, el azar —ese dios sin rostro que Auster maneja con una frialdad casi obscena— empieza a afinar su instrumento. Un encuentro fortuito, una partida de cartas, una decisión tomada sin convicción real… y el descenso queda activado. Pero ojo, Auster no nos presenta un azar impersonal: cada golpe, cada revés, está siempre en tensión con lo que los personajes eligen —o dejan de elegir—; la libertad parece una ilusión, pero es también un peso que se mide en cada decisión que deciden ignorar. No hay épica. No hay rebelión heroica. Solo una cadena de actos pequeños que, sumados, se convierten en condena.
Auster escribe esta novela como una fábula moderna y cruel. Todo es aparentemente sencillo, casi esquemático, pero esa desnudez es justo lo que inquieta. La prosa —esto es Auster, no Nabokov— es como siempre: limpia, contenida, sin barroquismos innecesarios, como si el autor se negara a ofrecer consuelo estilístico. El narrador observa, registra, deja que los hechos se encadenen sin subrayados morales. Y en ese silencio es donde el lector empieza a sentirse incómodo.
Porque lo verdaderamente perturbador no es la arbitrariedad del castigo, sino la docilidad con la que los personajes lo aceptan. La música del azar habla de obediencia, de humillación, de cómo un hombre puede acostumbrarse a lo intolerable si lo llaman “regla”, “deuda” o “acuerdo”. El famoso muro que atraviesa la novela no es solo una construcción física: es la materialización de una lógica absurda que nadie cuestiona con suficiente fuerza, un Sísifo moderno: trabajo interminable, repetición absurda, una lucha que no promete victoria, solo resistencia frente a lo inevitable. Kafka asoma por aquí, sí, pero sin laberintos burocráticos: Auster prefiere el espacio abierto, la carretera, el campo, para demostrar que el encierro más eficaz no necesita paredes visibles.
Hay algo profundamente masculino —y profundamente triste— en la forma en que Nashe se relaciona con su destino. Orgullo herido, resistencia muda, incapacidad para pedir ayuda, para decir “hasta aquí”. Auster no lo juzga, pero tampoco lo absuelve. Lo observa como se observa a alguien que sigue cavando aun cuando ya no hay salida. Y eso duele porque resulta reconocible.
Y luego está Jack Pozzi, el contrapunto, alguien que todavía cree que se puede negociar con la suerte, que el ingenio y la audacia pueden inclinar la balanza: un personaje que funciona como espejo y contraste de Nashe. Mientras uno se deja arrastrar por la deriva y la obediencia silenciosa, el otro se mantiene firme en su confianza, en su capacidad de maniobrar, en la ilusión de que todavía existe margen de acción. Esa tensión entre ambos no solo define la dinámica de la novela, sino que nos recuerda que la humillación y la fortuna no son universales: dependen de cómo decides enfrentarlas.
Porque esa tensión entre aceptar o resistir, entre obedecer o maniobrar, no es solo de los personajes: si alguna vez seguiste adelante solo para no admitir que te habías equivocado, sabes exactamente de qué va esta novela.
Conviene advertirlo: no es una lectura amable. La novela no ofrece redención, ni aprendizaje reconfortante, ni justicia poética. El azar aquí no es caprichoso, es indiferente. Y la libertad, esa palabra tan bonita, aparece como una ilusión frágil que se rompe en cuanto el mundo decide no colaborar. Pero Auster no cierra puertas: no hace falta ser fatalista para entrar en esta historia, basta con aceptar que a veces las cosas no “significan” nada más allá de lo que hacen contigo.
La música del azar es una de esas novelas que no gritan, que no levantan la voz y, sin embargo, se quedan resonando mucho tiempo después. Terminas de leerla con una sensación incómoda, casi física, como si alguien hubiera tocado una melodía que preferías no reconocer… pero que, de algún modo, ya conocías.
Y sí, se lleva mis cinco estrellas. Pero aviso: nadie sale indemne. La novela no perdona, no consuela, y aun así cada giro, cada obstáculo absurdo, tiene un peso que no se olvida. Auster no te entretiene; te aprieta. Y eso, en mi opinión, es justo lo que la hace valer cada estrella.
Porque cuando el libro se cierra, queda una pregunta flotando, obstinada: ¿cuántas decisiones de tu vida fueron realmente elecciones, y cuántas solo el eco de una música que empezó a sonar antes de que te dieras cuenta? Si alguna vez creíste que perseverar un poco más arreglaría tu mala racha, quizá deberías leer esta novela.