Ahora que las últimas cohortes
incendiaron las últimas praderas,
en esta soledad de mármol roto,
de lámparas extintas y de palabras yertas;
sobre un polvo que fue trubuna o plinto,
corona de palacio o tímpano de iglesia;
mientras el odio se organiza
para un asedio más, en la tormenta,
contra el pavor de un reino devastado;
pienso en los que vendrán -¿desde qué estepa?-
a poblar estas ruinas,
a erigir su arrogancia en este polvo,
a confiar otra vez en estas praderas…
Jaime Torres Bodet
Durante la filmación de “A cielo abierto”, de Mariana y Santiago Arriaga, cerramos por un rato la carretera que va a la congregación del Remolino, en el municipio de Zaragoza, Coahuila.
Uno de los asistentes se comunicó entonces por la radio. Dijo que una persona en la fila de espera traía un libro de Guillermo Arriaga, escritor y productor de esa película de sus hijos, y preguntaba si podría verlo para que se lo firmara. Nos acercamos y Guillermo de inmediato lo reconoció. Era un vaquero con quien habíamos estado en el rancho Tío Tacho, veinte años atrás.
Guillermo no solo recordaba su rostro, sino su nombre y su historia. Guillermo tiene el acumen de un agente del ministerio público y una memoria que recuerda cosas que nadie le ha contado nunca, pero que sin embargo sucedieron.
Y con el paso de los años va entretejiendo estas narraciones en intrincados patrones llenos de claridad, ilustrando al mundo de una manera en que nunca pensamos poder verlo. De hecho, con frecuencia dice que el objetivo de la literatura es hacer que el lector voltee hacia donde nunca pensó que querría ver.
Guillermo dice que el arte no es secuencial; es decir, la mejor novela de un escritor no es siempre la última, casi nunca es la última. Todos conocemos el ejemplo clásico de Gabriel García Márquez: Cien años de soledad no es su última novela, pero es sin duda la mejor.
La última novela de William Faulkner se publicó de manera póstuma, en 1962. Pero escribió la que se considera como su mejor novela, El sonido y la furia, en 1929. Y es una de las favoritas de Guillermo Arriaga. De hecho, su influencia se nota también en la más nueva novela de Guillermo, El Hombre.
Guillermo dice que el arte no es secuencial. Pero se empeña en demostrar lo contrario. Aunque soy muy parcial hacia su novela coahuilense Escuadrón Guillotina, y por supuesto es imposible ocultar mi predilección por El Salvaje, porque en él se encuentra el mejor personaje que haya creado Guillermo Arriaga en su vida, un domador de tigres y leones que lleva por nombre Sergio Avilés, Salvar el fuego, escrita después de El Salvaje, le ganó el Premio Alfaguara y conquistó a miles de lectores más.
Luego, con Extrañas, Guillermo apostó nuevamente todo su capital literario a la creación de un mundo en el que nunca había incursionado con sus escritos: la Inglaterra del siglo 18 y la historia de la medicina.
No era su objetivo inicial. Iba a dar la vuelta al mundo en saltos de trescientos años con los escenarios de aquella novela. Pero cuando se topó con esa humedad, esa neblina, la gravedad de aquella isla… Dejó todo por irse a la aventura y creó una historia extraordinaria y un mundo que nos sedujo por su lenguaje, sus personajes, sus paisajes y sus vidas, que hoja tras hoja fueron nuestras en lo que pareció ser un suspiro, pero que casi sobrepasa las quinientas páginas.
Esta noche, Valentina Trava y Ligia Urroz, dos de las más frescas y conocedoras voces de la literatura contemporánea, presentan la más reciente novela de Guillermo Arriaga, en el auditorio Jaime Torres Bodet del Museo Nacional de Antropología.
Editada por supuesto por Alfaguara, que inusitadamente hace un lanzamiento mundial con este título, El Hombre, de Guillermo Arriaga, es una novela en la que el autor nos sorprende de nuevo, arriesgándose a crear un mundo que no sabíamos que existía, aún cuando vivimos en él.
Aún quienes vivimos en él y somos producto de las aventuras y tragedias que narra Guillermo en voz de sus personajes, nos lleva por el tiempo hacia la configuración de nuestro entorno, que nunca más volveremos a ver con los mismos ojos, pues nos muestra su historia descarnada, violenta y cruel, pero siempre humana y llena de esperanza, desbordante del deseo de vivir y de búsqueda constante de una paz tal vez elusiva, pero siempre visible y casi a nuestro alcance… Si tan solo…
Guillermo narra uno de los episodios más incomprendidos de nuestra existencia, cuando la frontera entre México y Estados Unidos se recorrió del Río Nueces al Bravo y los mexicanos perdimos la mitad de nuestro territorio y con él, parece, la mitad de nuestra identidad y de nuestra memoria, que él nos recuerda con escalofriante detalle.
Y al retratar esta geografía, destaca la esencia del hombre y sus motivos, con seis narradores que disectan la historia como cirujanos especialistas en distintas ramas de la realidad. El esclavo, el prófugo, el desposeído, el protagonista y su enemigo, la casi viuda, una voz femenina que Guillermo traza con increíble realismo, mezcla de entrega y renuncia, ternura y lealtad hasta la muerte, sin juzgar, solo tratando de explicarse a sí misma y a nosotros quizá no el por qué, sino el para qué de la vida.
El Hombre es una gran novela. Después de leerla, nada será igual, porque habremos viajado al pasado y regresado al presente varias veces y desde diversas perspectivas, incluyendo la que inevitablemente iremos desarrollando como nuestra.
Jaime Torres Bodet dijo, solo merece llamarse hombre el que sabe y puede y quiere ayudar al hombre. A través del arte, a través de la literatura, ese hombre es la novela, y es el autor: Guillermo Arriaga Jordán.