Siempre es mejor leer directamente a Weil, aunque Byung-Chul Han haga ciertas interpretaciones importantes y actualizadas a los tiempos de hoy. Hay otras que son más antojadizas y obedecen a la fijación temática del pensador. Sobre todo en el tema del neoliberalismo y la autoexplotación a la que éste conduce, según el autor. Tema que ya ha tratado en otros libros y artículos, este no es la excepción.
De todos modos, el pensamiento de Simone Weil yace inalterable en este libro, aunque tampoco comulgue personalmente con todas sus ideas, que son muchas y variadas, pero la mayoría que dan espacio al disentimiento o a la duda están relacionadas con su militancia política y su experiencia en el mundo obrero. Recordemos que ella se convirtió en obrera de fábricas para poder hablar con propiedad del tema. Y aunque fue crítica con el socialismo y el marxismo, sin duda muchas de sus ideas parten de ese marco conceptual. No obstante, su conversión al cristianismo y posteriormente al catolicismo, aunque muy a su manera y de una forma absolutamente inexplorada y lúcida, fueron un punto de quiebre en su pensamiento.
Ahora, hoy que el pensamiento de Weil ha sido revisitado y traído a la contemporaneidad, incluso desde la cultura popular (Rosalía y su último disco), la visión de Han es relevante en tanto en cuanto contextualiza desde la base inalterada del pensamiento de la autora. Ahora, en cierto punto (a veces demasiado insistente), Han hace un poco de malabarismos dialécticos para empatar aquella realidad en la que el trabajo alienante, repetitivo, deshumanizante de las fábricas en la primer mitad del siglo XX (herencia de la Revolución Industrial) impedía el pensamiento y la reflexión, con la situación del trabajo actual, la digitalización, la comunicación y la inteligencia artificial, que serían los ejes de la neo-esclavitud actual, según Han. El exceso de productividad, la presión del consumismo y el capitalismo exacerbado por el mundo digital que igualmente impedirían, según el autor, la reflexión, la pausa, la inactividad. Y la mirada, sobre todo la mirada atenta que es la contemplación.
Y es ahí en donde entran las ideas base de Weil. La necesidad de contraponer el mirar al comer. Entiéndase comer como la acción de ingerir o devorar lo que nos rodea, sin reflexión. Y el mirar como la capacidad de observar sin tocar, la atención pura que deriva en contemplación. Esto es, para la autora, lo que en ese momento del siglo XX nos separaba de Dios. Esto lo retoma Han y dobla la apuesta: lo digital, lo inmaterial y descarnado (despojado de su sentido como continente), nos aleja de la atención pura y nos impide el paso a lo trascendente. Nos quedamos en lo inmanente del consumo. Estas afirmaciones las hallo evidentes en los tiempos actuales, y muy relevantes, pero no las asociaría al término “neoliberalismo”, que es en donde suena por momentos demagógico y panfletario. La reflexión sobre el consumo, los excesos del sistema, las causas y los efectos, las consecuencias del progreso y el progresismo (no entendido como sinónimo de izquierda sino en su acepción original), no pueden reducirse a una etiqueta ideológica que equipara “neoliberalismo” con capitalismo, siendo que el capitalismo mismo ha sido el sistema (de los sistemas modernos) que ha permitido mayores libertades al hombre, entre ellas, la misma industrialización y la mecanización de la industria, que, paradójicamente han limitado el uso de la fuerza humana y en teoría, han dotado de más tiempo de ocio a quienes de otra forma estarían esclavizados al trabajo manual (como bien lo señalaba Weil, aunque sea un contrasentido; lo cierto es que ella vivió la mecanización industrial, pero no el trabajo agrícola o artesanal, en donde el trabajo podía ser más deshumanizante que en las fábricas). Por ejemplo, hace unos días vi un documental sobre la antigua forma de hacer jabón en la España rural. Las mujeres recreaban el trabajo manual y los quehaceres del hogar antes de la industrialización y los electrodomésticos. Prácticamente se les iba la vida lavando ropa. Curiosamente el capitalismo libera y esclaviza. Paradoja únicamente entendible desde la despolarización de las ideas. Es innegable que se ganó tiempo y se perdieron tradiciones, así como los procesos y los rituales cambiaron. Ese sería para Weil y Han un vaciamiento negativo. Se ha perdido la fuerza del ritual, de la ceremonia que ordena y estructura la vida y que vuelve material lo inmaterial. La expresión matérica del alma. Y de Dios. De esa desconexión hablan ambos autores. Esa que se ha perdido en la contemporaneidad.
La inmediatez del mundo digital y ahora de la IA, hace que se pierda cada vez más la capacidad de la atención profunda, que es el estado contemplativo que Weil iguala a la oración, la cual es la conexión con lo sagrado. Aquí para la autora no sólo la atención profunda es una vía para el encuentro con Dios, sino el dolor. Las sociedades actuales establecen al bienestar (el wellbeing) como la máxima aspiración humana, rechazando el dolor, estableciendo la algofobia (fobia al dolor) como derrotero. Todo para evitarlo, medicina, entretenimiento, adormecimiento del pensamiento. “El dolor que permanece es sólo el dolor crónico, para el que no hay cura, pero el dolor iluminador ha sido anulado”. La cruz como escalera y como palanca. “El dolor es como un clavo que deja un agujero en el alma por donde puede penetrar Dios”.
El dolor, pero también la belleza. Para Weil, la belleza es una prueba irrefutable de la existencia de Dios. Pero la belleza fuera de la idea kantiana de la belleza como satisfacción consigo mismo, lejana de la inmanencia subjetiva. Una belleza de la otredad. La encarnación de Dios. “La distancia es el alma de lo bello”.
Así como la belleza, para Weil, el arte de gran calibre imita el proceso de la Creación. La ciencia, por su lado, es la observación atenta de ese proceso. “La observación contemplativa de lo bello”. Para Weil el arte y la ciencia van de la mano. “Toda ciencia es una teología: estudia el orden divino del universo”.
Han destaca la idea de catolicismo de Weil. Aquella que rescata el significado original derivado del término Katholikós, que significa lo global, lo universal. Esa idea de universalismo Weil opone a la del colectivismo. Universalismo en términos de lo que nos une como seres humanos: el amor y la amistad. Para Weil, el universo es la patria. La patria celestial. Esta idea se opone directamente al nacionalismo.
Por otro lado, en la misma vía de la atención pura está la de la ética del vacío. Esta es una noción teológica cristiana, la del vaciamiento de sí, que Weil retoma para establecer como la forma de alcanzar la gracia. La descreación. La renuncia a la imaginación (tenemos una idea imaginaria de todo, de todos y de nosotros mismos).
Una de las ideas más potentes de Weil que Han resalta en este libro es el planteamiento de la asimetría de la misericordia. La paz se alcanza con la renuncia a la simetría, que es la renuncia que hace Dios. El odio y la venganza surgen por la presión de la simetría: debemos devolver el equilibrio alterado por el daño que nos han hecho. Perdonar es renunciar a esa imaginación: somos diferentes de la idea de las criaturas en nuestra imaginación. Renunciamos a la simetría del equilibrio, perdonamos, y así imitamos el acto de Dios en la misericordia.
Ahora, retomando la idea de la pérdida de conexión entre el hombre y Dios a causa de la digitalización y el consumismo, el problema no es, como parecería decirnos Han, esa tecnologización sino la esclavización a ella y sobre todo el reemplazo de la realidad por la realidad digital/virtual. Paradójicamente, toda esa tecnologización debería dejarnos más tiempo libre para la “inactividad”, para la contemplación, pero pasa contrario. Para Han, vivimos en la era de la desmesura, todo lo que se opone a la forma que establece límites. Los rituales son esa forma, esa delimitación de la realidad. Reproducen el orden divino. Es la “arquitectura en el alma”. Para Weil una forma de dignificar el trabajo obrero, quizás la única forma, es la de poner al trabajo en el nivel del acto simbólico, ritualizarlo, y así darle un carácter contemplativo.
Finalmente, una frase con más vértices de lo que parece: “Ningún ser humano escapa a la necesidad de que haya un bien fuera de él, por lo que, o se adora al verdadero Dios o se cae en idolatría”. Hay que ver cuáles son las idolatrías contemporáneas, nadie puede decir que no las tenga…
(Como se puede ver, lo que más resalto son las ideas de Weil, ya que Han es un comentarista de su obra en este caso. No comulgo con su idea de consumismo y neoliberalismo por la veta de socialismo y marxismo desgastado que tiene, que Weil no la tenía, pero resulta un libro apreciable. Las cuatro estrellas van más por las ideas de Weil que por los comentarios de Han).