El relato deslumbrante de una vida que es memoria de México y de su fascinante literatura.
Tras la saga dedicada a sus orígenes llamada no sin ironía «Una familia ejemplar», Gonzalo Celorio habla de sí mismo, y nos entrega unas memorias deslumbrantes que son también una gran obra literaria. Asistimos en primera persona a la vida privada y la vida pública, a su vocación literaria, su formación intelectual, sus tareas institucionales como maestro, académico, editor, difusor de la cultura… pero a la vez, en una magnífica estructura zigzagueante, a su vida más í «Cuando visitaba con enfermiza asiduidad el Bar León para oír música guapachosa, los parroquianos del lugar no podían creer que yo fuera un "respetado" profesor universitario que además ejercía determinadas funciones académico-administrativas, mientras que mis alumnos y mis colegas de la facultad, salvo casos excepcionales, no imaginaban que, al salir del aula tras dar mi "docta" clase o de mi oficina después de haber cumplido con mis obligaciones burocráticas, me apresurara a recorrer semejantes antros del centro histórico de la ciudad». Están aquí pues sus exultantes la palabra, la literatura, el teatro, la música popular, la fiesta, la celebración, los rituales domésticos, el barroco, la arquitectura, el magisterio, la amistad, el amor y sus simulacros.
Cursó la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas, la maestría y el doctorado en Letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, de donde es profesor desde 1974. Entre sus obras destacan Amor propio, 1991; Y retiemble en sus centros la tierra, 1999; Ensayo de contraconquista, 2001, Tres lindas cubanas, 2006, y Cánones subversivos. Ensayos de literatura hispanoamericana, 2009. Fue director general del Fondo de Cultura Económica de 2000 a 2002; de 1998 al 2000, director de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, y coordinador de Difusión Cultural de la misma institución de 1989 a 1998.
Ha sido galardonado con diversos premios, entre los que se encuentran: Orden por la Cultura Nacional 1996, otorgada por el Ministerio de Cultura de Cuba; el Prix des Deux Océans 1998, y el Universidad Nacional en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura 2008, y el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Es miembro 2 de la Academia Cubana de la Lengua.
Se trata de un libro de memorias, un anecdotario vital y literario, más que una biografía personal ordenada cronológicamente. El autor se recrea fundamentalmente en su faceta de activista cultural, como profesor en distintos destinos -en varias instituciones, en talleres literarios, pero sobre todo en la UNAM- y como gestor de organismos diferentes dedicados a la difusión de la literatura -en la propia UNAM, en la Academia Mexicana de la Lengua, como director del FCE, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara-. Resultan muy interesantes sus apreciaciones de múltiples escritores hispanoamericanos, destacando su preferencia por Juan de la Cruz o Villaurrutia, por Julio Cortázar o Carlos Fuentes o el elenco de escritores cubanos -Padura. Lezama Lima, Cabrera Infante, Alejo Carpentier…- o el reconocimiento al carácter seminal de Cien años de soledad. En su repaso a la trayectoria profesional del autor, se suceden momentos históricos como telones de fondo -matanza de Tlatelolco, fin del priísmo, revolución cubana, revueltas estudiantiles…- que marcaron a las respectivas épocas, a las personas que las vivieron y protagonizaron y los ecos literarios en que desembocaron. También toda una galería de personajes que fue conociendo y que le influyeron o con los que compartió pasión por la literatura, entre los cuales cabe destacar el exilio republicano español. El libro recoge también agudas reflexiones sobre los libros y las bibliotecas, y atisbos de lo que debieron ser sus clases sobre la literatura novohispana y universal. Queda como propuesta de lectura un estudio comparado de la infidelidad femenina (Ana Karénina, La Regenta, Madame Bovary y El primo Basilio) u otro sobre las tiranías latinoamericanas (Tirano Banderas, Y el supremo, El recurso del método, El otoño del patriarca, La fiesta del Chivo). Y un estudio sobre la relación entre historia y narración, o mejor, entre los oficios de historiador y de narrador (pág. 327) que sería interesante contrastar con otra lectura reciente del filósofo coreano Byung-Chul Han “La crisis de la narración”.
Ese montón de espejos rotos alude a nuestra memoria fragmentada, a nuestros recuerdos reconstruidos parcialmente a través de la imagen y la palabra. De esta autobiografía de Gonzalo Celorio destaco principalmente la evocación de su trayectoria académica, su relación con las humanidades y el recuerdo de una vida entregada a las palabras.