Si la belleza estuviera escrita, sería Las olas; si la poesía deseara ser novela, sería Las olas; si el misterioso paso del tiempo tuviera palabras para ser descrito, estas se encontrarían en Las olas; y si los entresijos del alma humana pudieran descifrarse en un texto, Virginia Woolf ya lo hizo en Las olas.
Adentrarse en Las olas es atravesar el abismo que corroe a cada uno de los personajes de la novela, una corriente de mar que viene y va: es sentir paisajes emocionales (como dice Björk). ¿Quiénes somos? ¿Acaso el paso del tiempo ha dictado dicha cuestión? ¿Acaso nuestra historia ha comenzado? ¿Por qué no puedo ser todos y yo a la vez? Estas son algunas de las cuestiones referentes a la identidad del ser que Woolf trata a lo largo de la historia, sobre todo a través del personaje de Bernard (una especie de alter-ego de ella).
La fluidez de la novela es vertiginosa, es emocionante, es trepidante, es el momento de realización de un sentimiento peculiar, es ese sentimiento cuyo dolor es apaciguado, es lento, pero corrosivo: es la melancolía, melancolía por lo que pudo haber sido, melancolía por lo que fue, melancolía por lo que será, melancolía por haber conocido miles de sensaciones, melancolía por hacer de estas tu "yo". Sin embargo, también hay confort en la melancolía (como dijo Joni Mitchell), y quizás es este confort el que le permite encontrar a los protagonistas el amparo en unos y otros, es lo que te permite encontrar un refugio de las excentricidades de la vida que, en ocasiones, pueden sobrepasarnos.