El oficio de traducir y las dificultades hilarantes de un escritor.
Puesto a la tarea de versionar al castellano el tríptico de Samuel Beckett integrado por Molloy, Malone muere y El innombrable para una editorial independiente de Buenos Aires, el narrador de este libro revela su amor por los detalles inútiles, su facilidad para irse por las ramas y su versatilidad para patear para más adelante el deber.
En su furiosa carrera hacia la procrastinación definitiva, el narrador irá acumulando ideas e historias —de médiums y campos de concentración, de fugitivos y decapitados, de autores que difaman a sus traductores y de traductores que odian a sus autores— en su persecución de Samuel Beckett, de forma que la traducción deviene en una pasión en todo sentido, incluido el etimoló una tortura o un castigo, una manera de expiar culpas insospechadas.
Escrito con prosa afilada y un gran manejo del humor y la ironía, Matías Battistón ha compuesto una oda a esos trabajadores y trabajadoras que mueven las pequeñas ruedas de la maquinaria editorial, verdaderos héroes, la mayoría de las veces anónimos.
Matías Battistón tiene que traducir la célebre trilogía de Beckett, pero, según él, no puede: da rodeos, investiga anécdotas nimias y “pierde” el tiempo. Sin embargo, a medida que avanza el libro, exhibe tal meticulosidad en la procrastinación, que pronto sospechamos que esos rodeos son la esencia viva de su labor traductora. Lo que para él es desidia, para el resto de nosotros sería un trabajo extenuante.
Entre una maraña de anécdotas contadas de forma hilarante, casualidades que no parecen tales y aspectos microscópicos de la obra del irlandés, Battistón logra un texto que es una celebración de la literatura y la presentación en sociedad de una voz autoral de una comicidad erudita inédita, que ojalá tenga mucho más para dar.
Acabo de concluir la lectura de este libro maravilloso, una decantación, entre otras cosas, del esfuerzo de Matías Battistón por traducir, del francés, la trilogía 𝓜𝓸𝓵𝓵𝓸𝔂, 𝓜𝓪𝓵𝓸𝓷𝓮 𝓶𝓾𝓮𝓻𝓮 y 𝓔𝓵 𝓲𝓷𝓷𝓸𝓶𝓫𝓻𝓪𝓫𝓵𝓮, de Samuel Beckett. Especialmente exhausto, a la par que maravillado, concluí la lectura de la tercera parte, así que el tono jocoso, brillante del libro de Battistón me sirvió de nepente (palabra que leí por primera vez en un libro del gran poeta griego Kostas Karyotakis y cuyo sentido describe bien el alivio lector que me produjo la lectura del burro). Lo he subrayado, mucho; me he sentido identificado con Matías en muchas ocasiones, por el oficio común de trujamán; habla de los libros casi traducidos y me ha recordado un libro traducido por mí, que saldrá pronto, que se refiere a una idea relacionada con un término acuñado por Battistón, la «cuasilogía». Un libro que cita la traducción de ℱ𝒾𝓃𝓃ℯℊ𝒶𝓃𝓈 𝒲𝒶𝓀ℯ, de Marcelo Zabaloy (a sus pies, siempre), es un libro que tenía que leer. Un libro que cita a W. S. Merwin, de quien traduje, hace once años, 𝒯𝒽ℯ 𝒮𝒽𝒶𝒹ℴ𝓌 ℴ𝒻 𝒮𝒾𝓇𝒾𝓊𝓈, es un libro que no podía perderme. Los avatares de la trilogía viajando desde Argentina hasta Roquetas de Mar, provincia de Almería, para que lo recogiesen unos tíos míos que estaban quedándose allí (y que ni siquiera llegó a su domicilio, sino, por alguna causa ignota, a una tienda cercana), porque Canarias es territorio remoto, merecían la lectura de la obra de Beckett y la de su traductor, Matías Battistón. Es un libro que también me ha dado varios libros que leer, aparte de la solidaridad traductoril, así que, ¿qué más puedo pedir en una lectura febril y divertidísima?
Una joya, la verdad. La complejidad simple con la que Matías va entretejiendo las historias y las anécdotas vinculadas con Beckett y la traducción es exquisita. Lo disfruté mucho y se intuye que él también disfrutó escribiéndolo.
Muy gracioso, super recomendado. Amo cuando un libro trata de traducción y se nota que lo escribe un traductor o alguien cercano al área, sentís paz en que no sos ni el primero ni el último en amar y padecer esta profesión jajajaj