Hace un par de días acabé “Personaje secundario” de Enrique Murillo. Un libro que yo clasificaría con un “para mayores de 18 años” por varios razones. En primer lugar, porque impone respeto a primera vista. Intimidan sus quinientas y pico páginas. No obstante, una vez entras, te sientes muy cómodo, como luego explicaré, tanto que crees que hablan sobre ti. Su aparente solemnidad acompañada de silencio que se dibuja en la foto de nuestro protagonista en la portada, también es sólo un reflejo. Es altamente y, por fortuna, verborreica. Bien es cierto que en un post anterior asocié las primeras ciento cincuenta páginas con Los Simpson, pero todo entendemos que unos Simpson bien exprimidos sólo lo puede hacer alguien con un bagaje sólido y adulto en cultura popular. La cantidad - y sobre todo calidad- de los escritores que van desfilando es apabullante. “Quién no quiere ser Enrique Murillo”, podría haber sido un subtítulo para este libro magnífico, a pesar de las frugalidades y dificultades que ha ido padeciendo y desgranando. Sé que este título jamás se le hubiera pasado por la cabeza, porque si algo destila por estas historias es humildad. Podría haber escrito un libro desde el resentimiento o desde la altivez -motivos tiene- y ninguna de estas dos situaciones se van a producir.
Dicho esto, paso a intentar justificar por qué este libro no es para todos los públicos. ¿Tal vez faltarían un par de rombos en la portada en la esquina superior derecha?
Bien, lo que mejor consigue Murillo es convertir al lector en un voyeur. Hay un desnudo casi integral del mundo de las editoriales, de sus entresijos y veleidades. Desde mi ventana indiscreta y a una distancia justa he acompañado a Murillo en interminables reuniones, viajes a Madrid y a Nueva York, entre otras. Me ha permitido conversar con Marías, uno de mis autores preferidos, y así con otros tantos. Con Franzen me sentí un poco incómodo, como si de una primera cita algo torpe se tratara. Él parece que tampoco quiso una segunda copa, aunque la conversación no terminara mal del todo. He entrado en las oficinas de muchas editoriales desde el alféizar de mi ventana sin tener que hacer tantos desplazamientos como Enrique hacía. Sinceramente lo he disfrutado mucho. He de ser honesto con vosotros y reconocer que ha habido algún capítulo, menos voyerista y más legalista, que he optado por dejar volar mi imaginación. De hecho, estuve tentado en saltarme ciertas páginas centradas en cuestiones relacionadas con los derechos del trabajo, aunque reconozco que tiene su peso y he aprendido en cuestión de temática de derechos, royalties y jodiendas por parte de algunas editoriales. Pero sí, sin que Enrique se entere, a mí, ignorante de mí, se me hizo algo de bola. Ten claro, Enrique, que no eres tú, soy yo. Ah, y Carmen Balcells, cuyo peso -prometo que no es mi intención jugar con las palabras- cultural es enorme. Su sombra alargada atraviesa como una pica nuestra literatura contemporánea. Quinientas páginas ensartadas por la personalidad de esta agente literaria a la que no se le canteaba ni Cristo.
¿Aún tenéis dudas de leer este libro? Creo que todos los que me estáis leyendo y, como lectores que somos, vais a disfrutar de su desnudez. Aquí Enrique va a presentarse casi en bolas -permíteme la metáfora, por favor, Enrique. Discúlpame esta cercanía, pero han sido semanas -con un parón entremedias- en las que te he visto crecer. Tú has parido un libro, pero yo he presenciado otro parto. El de la literatura de los últimos cincuenta años, lo cual es de agradecer para un lector como yo. Seguro que te guardas muchísimas historias, tal vez por cuestiones legales. Tal vez ese “Ojos verdes”…, pero lo que decides mostrarnos basta para desnudar parte de ese mundo tan atractivo, pero voraz, que son las editoriales. Una especie de Saturno devorando a sus hijos.
Y conforme uno va cumpliendo páginas, por arte de birlibirloque, me sorprendo al reconocerme en el lado opuesto de la escena. Al otro lado de esa ventana. Dejo de ser quien mira para ser el observado. Enrique Murillo es, ciertamente, James Stewart y yo soy Raymond Burr. Él es quien mira desde el otro lado de la ventana porque lo que él no sabe es que ha escrito este libro sobre mí. ¿Pero no era sobre las editoriales? ¿Y qué hago leyéndome? Y me explico, no vayáis a pensar que padezco de egocentrismo. Leer este libro me ha permitido viajar a mis dieciocho años. Zaragoza aparece en varias ocasiones. Juro que me he visto frente al cristal de la Librería Central, camino de la universidad, día tras día, viendo ese librito que me estaba llamando de ese casi desconocido Ray Loriga. Murillo describe maravillosamente bien su publicación y lo que supuso “Lo peor de todo” que fue uno de los primeros libros que me hizo pensar en que la literatura no sólo era lo que te enseñaban en clase. Lo que Murillo, con sus consejos, y Loriga, con su hacer, querían transmitir con este libro lo consiguieron en mí. ¡Yo me quise hacer malote, leñe! ¡Y encima Loriga estaba casado con Rosenvinge! Yo iba por la facultad con mi Loriga, de tomo fino y pequeño, casi invisible, pero de valor inestimable, de un fulano con apariencia rockera que me comprendía perfectamente a mí. ¡Incluso copié su estilo y escribí lo más infumable que se puede escribir a esa edad! Tal ha sido el estendalazo que he padecido recordando esos días que oye, que quiero volver a leer a Ray Loriga. Que tengo entre ceja y ceja un librito recién publicado que se llama “Tim”. Parece ser que ha vuelto a su oscuridad y extrañeza. Algo, con su distancia, dostoievskiano. Un libro nuevamente para mí ¡A que me veo de nuevo recorriendo los pasillos de mi facultad con mi chupa ramones!
Y Murillo no se quedó plenamente satisfecho con esto porque aún quiso dejarme alguna muestra más de que este su “Personaje secundario” era mío en verdad. ¿Estará faltándome al llamarme “secundario”? ¿Cómo sabía que yo leía a Javier Tomeo? ¿Desde qué ventana observa mi biblioteca? ¿Enrique, me acosas? Empiezo a sentirme un poco dentro de “El show de Truman”. Ni siquiera lo recordaba yo. Javier Tomeo es otro de los escritores que recorría mi escueta biblioteca de mis añorados dieciocho. Era aragonés. Eso tira. Se salía de los convencionalismos. Más bien ni entraba en ellos. Era conocido exclusivamente por unos pocos. Recuerdo perfectamente su “Bestiario”. No creo que entendiese mucho por aquel entonces, pero estaba en una zona liminar de mi vida cuyo único objetivo era distinguirme de los demás. Spoiler: no lo conseguí. Podría seguir relatando otros momentos. Murillo también me ha permitido verme nuevamente en mi habitación de universitario disfrutando de “La conjura de los necios” ante la única presencia de mi flexo rojo. ¡Vaya pelotazo para Anagrama! cuenta Enrique.
Pero no quiero restarle protagonismo a su verdadero autor y motor de toda esta vida, pese a haber ejercido de “ghost writer” de mis propios años de juventud ¡Es que me ha permitido revivir hasta mis comas emocionales, copón! Volviendo a él. “Personaje secundario” ha sido un libro maravilloso durante estas semanas. Que podía habérmelo disfrutado en unos pocos días porque es tan interesante que es difícil abandonarlo. Recuerdo, y no quiero ser pesado, cuando vi de reojo que un párrafo iba a comenzar, una vez con Javier Marías, y en otra ocasión, con Loriga. Cerré el libro en ambas ocasiones y dije “esto me lo reservo para disfrutarlo con una buena cerveza que aquí hay mandanga de la buena”. Pues así hay muchos momentos. Seguro que tú tendrás otros que toquen parte de tu flobertiana educación sentimental. Todo lo que tiene que ver con Anagrama es interesantísimo y se agradece. Te lo agradezco, Enrique Murillo, tu elegancia al describirlo. No hay ningún tipo de ensañamiento, solamente la mirada lúcida de quien conoce los pliegues del mundo editorial y sabe contarlos sin herir. Los entresijos de los premios literarios tan polémicos tras el último Planeta aparecen aquí con las distancia justa, pero con la verdad por delante. No obstante, quiero cerrar estas impresiones mías con los dos rasgos que definen no sólo al libro, sino a su autor, aquel que escrutaba el tempo de las editoriales y de la literatura: Murillo es humildad y elegancia.