Ayer lloré mucho. Por la noche por una discusión que, por recurrente, se volvió agotadora (“una relación siendo una conversación sobre la relación”) y marcó final. Esas lágrimas vinieron a darle el relevo a las de la tarde cuando leí “Un novio que tuve”, uno de los relatos de “No todo el mundo” de Marta Jiménez Serrano. Quizás lloré por Lisboa, por las bromas sobre las cosas tan bonitas que te regaló ese novio, por las cosas que sólo “sabíamos él y yo. Eso es el amor. Ahora solo lo sé yo. Eso es la muerte.” Quizás por todo lo pasó una vez y se repite siempre (“no quiero que te vayas, me tengo que ir, me siento mal, necesito estar solo, y yo que me abraces, te quiero, lo siento, no discutamos más.”) aunque encuentre otras fórmulas. Quizás por lo frustrante de saberse poco especial, una copia de otros que antes dejaron su rastro (“qué relevancia tiene lo que uno siente, qué derechos otorga, qué ventajas o qué privilegios. Qué cambia en el mundo porque uno sienta algo.”) Quizás por la quimera de sentir que por fin sabes y el asombro del no («Entender el amor es pasar de los dioses al clinamen»); que crees conocer al otro (“no sabe mostrarse necesitada y al mismo tiempo solo quiere que la acaricien mientras se duerme. No sabe decir que quiere un abrazo pero lo quiere. En lo que queda entre esa incapacidad y ese deseo está ella”) y descubrir que no, o que puede pasarte a ti ( “el ataque de lucidez es en la cabeza y el pinchazo mortal es en el estómago. Lo que une la lucidez cerebral con el hachazo visceral son toda una serie de conclusiones veloces que tendemos a llamar intuición, pero que llevan a determinaciones inequívocas sobre por qué un hombre blanco heterosexual, casado, padre reciente, con tendencia al vello en la parte superior y en la parte inferior, ha decidido en este preciso momento de su vida, depilarse la espalda). Que no importa la edad, el sexo o la raza, que a veces una solo quiere volver a ser quien era antes de (“Alicia berrea agarrando su vestido de flores y en el fondo ella quiere, ella quiere ponerse ese vestido, caber en ese vestido y notar como un tío le mira las tetas, ligar con quien sea, que vuelvan su libido y su cuerpo, quiere decirle a su marido que tengáis un buen día y darle un beso en la frente y salir a la calle y que el mundo siga existiendo y volver a ser ella gracias al orgasmo y no a la angustia, gracias a la libido y no a la ansiedad”). Lloré y me quedó en el pecho una tristeza porque sé que una vez viví aquello, pero también he reído y me he enojado porque he sido testigo o protagonista de algunas otras de las historias que relata Marta. He padecido a hombres cobardes, llenos de miedos, hombres gato (“A que se te acerquen, se te instalen, te acaricien, ronroneen y entonces, cuando ya te hayas acostumbrado a su calor y su forma, sin dar explicación alguna, se vayan. Es el miedo a que te desdeñen, a que te ignoren, a que parezcan mullidos
y saquen las zarpas, a que parezcan mininos y te bufen. Es el
miedo a la inconstancia, a la incoherencia, al gesto repentino. Ahora está mimoso y de repente no. Ahora quiere estar contigo y de repente salta.”) y por supuesto me he enamorado en Madrid que “es un pueblo grande y a veces se confabula para que coincidamos con la misma persona en varios sitios, el metro, el teatro, el supermercado, y así se va haciendo una amistad. Por eso, porque es un pueblo grande, resulta increíble cómo dos personas que han estado frecuentando los mismos lugares, de un modo orgánico y no premeditado, no vuelven a verse nunca más. Instintivamente, uno deja de frecuentar los lugares comunes, los lugares que eran los preferidos del otro, y en una coreografía no organizada se cambian los barrios, los bares, las costumbres, hasta que el territorio es de nuevo neutral. Y, al mismo tiempo, los territorios neutrales están tan llenos de gente que qué posibilidades hay de verse en mitad de la puerta del Sol o de la plaza del Dos de Mayo.”