Annapurna es otra obra maestra de la poesía venezolana. Igor consigue imbricar muy bien las anécdotas y metáforas del ascenso de los ocho miles con la burocracia, con poemas breves, irónicos, legibles, narrativos, etcétera, aún buen libro.
En palabras de Barreto: "El Annapurna podría ser una pieza de un juego de Lego adquirida en la juguetería American Toy Store de las colinas de Bello Monte, Caracas-Venezuela. De esta manera llegamos a Dios con la escala del mercado, rebotando hasta el arco de la consagración."
En otras palabras, estas fábulas de un funcionario, cuasi-metafísico, son jirones llenos de ironía y ardor en las que un funcionario estancado en un país estancado con un sueldo de ratas vive una desilución (su vida) a través de su monitor, de su Google earth, del Annapurna.
Es fascinante cómo ese Yo-lírico pasa de ver el Annapurna por pantalla a estar en él, a subirlo, a morir en él, a ver otros morir en él, a pensar en sus gentes y en sus conflictos, para, finalmente, tener que salir de ese espacio, tener que pagar el monitor y despedirse, casi aterrado de esos elementos crepitantes de una oficina como los sacagrapas... Un lugar donde los idiotas son crueles y los energúmenos son verdugos. ................
"fueron secuencias oníricas: el escarabajo de la muerte daba vueltas en el aire premórbido y agramatical. La dexametasona puede salvarte del edema, si la tienes, si no, escucharás la trompeta de los monjes trajeados en púrpura y amarillo."
Según la opinión del Dr. Klein: Los intensos recuerdos familiares: la fotografía de una perra collie frente a la barda recién bruñida de pintura blanca, la piscina inflable rebosando el agua sobre la grama y algunas palabras en italiano, la bandeja con galletas de avena, el carmín de la pintura de sus labios: todo ello mantuvo cierta cantidad de glucosa, y una calidez en esa parte del cerebro donde radica la voluntad. Eso lo salvó.