Si bien Paula Díaz Altozano me deleitó con Ballenas invisibles, con El lamento de la selva no ha sabido más que engancharme aún más y más a su escritura llena de belleza, de poros por los que se exuda amor y sabiduría y conocimiento a partes iguales. Hemos encontrado un esbozo de lo que significa para Paula la escritura: un nacimiento, un río y una desembocadura que da al mar. Para ella el agua es casi tan importante como lo son para los peces, para ella viajar es casi tan importante como para los pájaros el aire. Hay cierto cáliz y matiz de sentimientos en ese libro: se encuentra Paula asimismo en la escritura, en su investigación, en su dejarse llevar por la corriente Limeña, del Amazonas, de Perú.
“Los ríos contienen toda la historia del arte en sus aguas”, dice en un fragmento de este libro que se convierte en diario de viaje, en diario de a bordo, en diario que exhala e inhala pasión por todos lados. Y es que gracias a la investigación que lleva Paula a cabo: ella se encuentra en la selva y se encuentra a sí mismo ante ella y sobre ella. Ella no tomará ayahuasca: pero los espíritus de la selva hablarán a través de ella. Hablará de las colonias, de hallarse en otro país, de sentirse sintiente de un hálito que la recorre. Un hálito sobre el río Amazonas y el mismo mar Pacífico de Lima. Paula nos deja entrar en su espacio, un espacio que ha recorrido propiamente como recorre una mariposa una flor: tocándolo, dejándose entrar en la atmósfera de la propia belleza de aquella tierra, tan diferente a la nuestra.
Adoro cómo Paula entrelaza su vida con los descubrimientos que va haciendo en su camino. Me gusta que encontrase en la vida una virtud propia de quien es don solo el ser humano inteligente y nada hostil. Se sintió la vida y la selva y Lima latir en este libro: hay, eso, un latido. Algo que se detalla con fuerza, con ímpetu, con un fulgor esclareciente de lo que implica ir a un lugar en el que hay que estar vacunado, hay que ser aventurero, hay que, a fin de cuentas, ser valiente. Porque de eso se trataba existir para Paula: ser valiente con sus conocimientos y dotarlos de una experiencia única y vital. Ya lo hizo con Ballenas Invisibles, y con El lamento de la selva no se queda atrás.
Me resulta adorable y conmovedor cómo la autora busca y busca y busca siempre. Incluso cuando no busca. Cuando se encuentra a sí misma en sueños. En la selva. En el amazonas. Y cuando se baña en él sabemos que el libro acabará, que todo habrá terminado, pero todos sabemos que en realidad es cuando el libro acaba de comenzar. Esta búsqueda de lo amazónico y lo ancestral siempre subyace en el ser humano, y a ello nos remite con sus investigaciones, sus encuentros con otros autores, otros modos de mirar y ver. Paula ha sabido mirar y escuchar a la selva, ha orquestado todo un mirar que encumbrece la belleza por lo que nos rodea, lo que nos hace latir, el punto más esencial de la vida.
“Los libros están hechos de árboles; ese es su logro y fracaso. […] Hay algo terrible y hermoso al mismo tiempo en el destino del árbol, que ha de morir para convertirse en ventana de luz”. De esta manera Díaz Altozano ofrece un canto a la vida y al amor por la literatura, los libros, la naturaleza y el arte. Concederemos a la autora la virtud de quien sabe ver, sabe sentir y y sabe emocionarnos de una manera poco casual y usual, sino esperanzadora, de sabernos que en la Tierra hay algo que nos atrapa, nos lleva directos, aunque no lo parezca, a los cielos.
Paula Díaz Altozano nos cuenta en “El lamento de la selva” el viaje en busca de su Dorado personal en paralelo al que los descubridores españoles iniciaron muchos siglos antes. Poesía y ensayo se mezclan en una sucesión de historias amazónicas fragmentadas, con el río (el río de los ríos, el río sin puentes) como conexión y como catalizador para la introspección. El río como metáfora de la propia vida, como brújula que nos ha de guiar en nuestro camino (si sigues su curso no te puedes perder, nos dice), como conexión de nuestra alma con la naturaleza. Partiendo de Lima, la ciudad melancólica eternamente nublada, donde desolación y fracaso se hacen patentes en sus bulevares, nos adentra en Iquitos, caótica y confusa, salpicándonos en el itinerario con historias actuales y pasadas que muestran dos mundos a contratiempo, el Viejo y el Nuevo, hasta llegar al río y la selva: el lugar donde Dios no terminó su creación, el lugar mágico donde a medida que te adentras ves el orden natural que el humano se empeña en discutir. Una lírica llamada al lector a reflexionar sobre su conexión con el mundo natural y una invitación a iniciar el viaje de búsqueda interior que todos en algún momento deberíamos emprender.