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179 pages, Kindle Edition
Published August 1, 2025
"Me creía más muerto que vivo, porque cuando estás tan cerca de la muerte, cuando te morís, pero no del todo, ya nunca sos el mismo."
"El silencio suele ser una imposición del servicio penitenciario. Por eso la palabra es sinónimo de rebeldía."
Rengo yeta es la secuela de El niño resentido, el libro donde César González contaba la serie de desventuras que lo llevaron a caer en un instituto de menores a los 16 años. Ahora, la acción se traslada de la calle a la celda, un ambiente con reglas estrictas donde la violencia, el sexo y las drogas siguen presentes, pero limitados. También disminuye la vida social: el autor interactúa con menos personajes y lamenta constantemente la soledad del encierro. Cuando ese aburrimiento amenaza con trasladarse a la experiencia del lector, González administra eficaces flashbacks de su vida delictiva (posibles descartes del libro anterior) que brindan un poco de oxígeno y aventura.
Con respecto a la primera parte, la prosa es menos florida y más directa, pero igual de llevadera. Se percibe, sin embargo, cierta tendencia a estirar algunas anécdotas con detalles innecesarios, quizás por la necesidad de llenar un volumen de 189 páginas cubriendo apenas el primero de los cinco años que González pasó encerrado.
En mi reseña de El niño resentido deseé que el autor se redimiera de su vida criminal en una posible secuela. En Rengo yeta hay esbozos tímidos de esa conversión. Es cierto que en sus páginas González sigue percibiéndose como un «pibe chorro» sin remedio, pero también se acerca a la fe católica y lamenta la cadena de decisiones que signaron su encarcelamiento. Sin embargo, la necesidad de violencia vuelve a aparecer al final, con su traslado a un nuevo instituto, que abre un cliffhanger hacia una próxima entrega (cuya aparición es casi un hecho dado el éxito de ventas de las dos primeras partes). Por ahora, tenemos en nuestras manos dos libros potentes que aportan una mirada realista sobre esos espacios que la ficción argentina transitó tantas veces dotando a sus personajes de más pintoresquismo que humanidad.