3,5 ⭐️
El reciente estreno de ‘Los Rose’, película protagonizada por Olivia Colman y Benedict Cumberbatch, ha venido acompañado de una nueva reedición de ‘La guerra de los Rose’, obra en la que se inspira la película. Publicada por primera vez en los años 80, y convertida en la obra más célebre de su autor, ‘La guerra de los Rose’ es una de esas historias que se leen con una mezcla de asombro, incomodidad y fascinación, constituyendo una de las sátiras domésticas más incisivas de la literatura contemporánea.
Jonathan y Barbara Rose son la pareja perfecta, el ejemplo vivo del preciado sueño americano con su hermosa casa, sus dos adorables hijos y un impresionante Ferrari en el garaje. Pero cuando Jonathan sufre un repentino ataque al corazón (o eso cree), Barbara se da cuenta de que quiere una nueva vida… sin él. Solo hay un problema: ambos quieren quedarse con la casa. Para conseguirlo, los Rose harán todo lo posible por destruir a su «media naranja», sin importar el precio que tengan que pagar.
Barbara es un personaje complejo y fascinante: ama de casa devota y amante de las apariencias, siente que ha sacrificado buena parte de sus aspiraciones personales para sostener el hogar y que ha recibido poco reconocimiento a cambio. Cuando despierta a la idea de que su vida no es tan plena como esperaba, decide reclamar su parte… y lo hace sin medias tintas. Su transformación la lleva de la insatisfacción silenciosa a la venganza activa, con una frialdad que sorprende, desplegando ingenio y crueldad a partes iguales.
Jonathan, por su parte, es el clásico profesional exitoso que cree haber cumplido con todo lo que se esperaba de él: proveer, mantener y ser el eje de la familia. Su reacción al cambio de Barbara es visceral. Incapaz de aceptar la ruptura, se aferra a la casa y a los bienes materiales como si fueran una extensión de su propia identidad. Ambos personajes están lejos de ser héroes trágicos; son obstinados, orgullosos, y están dispuestos a autodestruirse con tal de no ceder.
Aunque los hijos, Eve y Josh, no ocupan el centro de la narración, su presencia actúa como un recordatorio constante de lo que realmente está en juego: no solo la casa y sus objetos, sino una familia entera desmoronándose. Su mirada aumenta la tensión emocional y subraya el precio de la guerra conyugal entre Barbara y Jonathan. A su alrededor, los personajes secundarios —abogados, empleados domésticos, conocidos— amplifican el tono de comedia negra, intensificando el absurdo y contribuyendo a que la espiral de locura en la que los Rose se hunden resulte aún más perturbadora.
El divorcio se convierte en un verdadero campo de batalla. Lo que podría haber sido un trámite civilizado se transforma en una escalada de sabotajes, humillaciones y trampas —algunas literales— que alcanzan cotas de brutalidad sorprendentes. La casa familiar, símbolo de sus logros y de su identidad como pareja, se transforma en el escenario en el que ambos librarán una guerra despiadada. Lo grotesco y lo trágico se entremezclan para llevar al lector hasta un clímax tan intenso que cuesta apartar la vista de las páginas, aun cuando la tensión se vuelve prácticamente insoportable.
Uno de los mayores aciertos de Adler es convertir la casa en un personaje más. Sus descripciones detalladas la dotan de peso simbólico: es el trofeo y la prisión por los que ambos están dispuestos a perderlo todo. Al inicio es el símbolo del éxito compartido; al final, es el escenario de su destrucción mutua. Adler convierte cada objeto en un motivo de disputa, reforzando el tema del materialismo como identidad y motor del conflicto.
El tono de la novela es implacable, y el humor negro es uno de sus pilares centrales. Hay escenas que rozan lo caricaturesco en las que uno se debate entre la risa y el horror (he de confesar que en mi caso fue más de lo segundo que de lo primero). Adler se atreve a mostrar lo absurdo de una guerra conyugal en la que no hay ganadores, solo dos personas que se deshumanizan en nombre del orgullo. Lo que pudo ser un melodrama se convierte en una sátira feroz sobre el matrimonio, el ego y el consumismo. El resultado es tan incómodo como adictivo: el lector quiere saber hasta dónde serán capaces de llegar.
‘La guerra de los Rose’ no es una lectura cómoda. La escalada de hostilidades puede resultar agotadora, y la ferocidad de los protagonistas hace difícil empatizar con ellos. La novela se atreve a mostrar la fealdad emocional sin edulcorantes, con una honestidad brutal que pocas obras sobre el divorcio se han permitido. No hay moraleja amable ni reconciliación, solo la constatación de hasta dónde puede llegar la venganza cuando el resentimiento y la falta de comunicación transforman el amor en algo irreconocible.
A pesar de haber sido escrita en los años 80, la historia mantiene una vigencia sorprendente. La lucha por la casa como símbolo de identidad, el peso de las expectativas de género, el cuestionamiento del rol del ama de casa y la crítica al materialismo siguen resonando. Aunque algunas actitudes resultan desfasadas hoy día, la esencia del conflicto —orgullo, ego, resentimiento— es universal.
‘La guerra de los Rose’ es una sátira despiadada sobre el matrimonio y la autodestrucción, que combina lo íntimo y lo grotesco para mostrar lo que ocurre cuando el amor se acaba y solo queda la voluntad de ganar, cueste lo que cueste. Incómoda, oscura y a ratos absurdamente divertida, no deja indiferente y es lectura obligada para quienes quieran descubrir el material original que inspiró el clásico del cine protagonizado por Michael Douglas y Kathleen Turner.