Ni haber jugado con las figuritas de la estantería, ni haber escrito en las hojas amarillentas. Ni a mi familia abrazada en el sofá. Tampoco recordaba aquella palabra, aquel nombre, que me dijo mi padre cuando me llamó y entendió que el mundo se me venía encima.
Un nombre que, a diferencia de la mayoría de pensamientos, traía calor. Que me hizo venir a aquella casa ruinosa, de la que nos fuimos mi madre, mi hermana y yo hace más de diez años. A la que nunca había querido volver, por no encontrarme a ese figurante que decía ser mi padre. Pero allí estaba, con él, bajo la luz naranja de la lámpara del comedor, preguntándole quién era Robespier. Y él me sonrió. Y comenzó a contarme sus historias, las que nos contaba cuando éramos pequeños y vivíamos allí con él. Historias que parecía contarse a sí mismo para no estar solo, que había ido transformando hasta no saber ya qué era real y qué no. En ellas, encontré al lobo negro que tenía ese nombre y él me llevó hasta el niño. El niño que había olvidado.
El niño de las historias es su primera novela. Empezó a escribirla hace ocho años, cuando vivía en una cabaña perdida en una pequeña isla del sur de Japón. O antes. Inconscientemente. Desde esos primeros recuerdos, difusos, en que su padre le contaba aventuras con un lobo negro. Desde entonces, escribe y pinta, en talleres y en solitario. Busca la magia de esas historias, dentro y fuera, latente en la realidad.
Debut literario del autor, que se siente como una caricia al corazón. En él, de la mano de Samu y Roberspier, nos lleva a un mundo que juega entre lo fantástico y la realidad, en todo momento influenciado por sus libros clásicos favoritos, la magia y el mensaje del estudio Ghibli (quizá con la referencia más clara a "La princesa Mononoke"), y las historias clásicas que todos escuchábamos de pequeños. Quizá sea por eso que, de alguna manera, todos los que nos hemos sentido perdidos alguna vez, especialmente llegando a la madurez, nos identifiquemos con sus protagonistas; nos emocionemos con sus logros, o compartamos sus ganas por volver a tener una buena aventura. Con una prosa característica, consiguiendo una firma literaria reconocible para futuras lecturas, a lo largo del libro nos dejamos llevar no sólo por la historia, sino por su especial mirada hacia lo sensorial que hace que en ocasiones podamos sentir que vemos, escuchamos o incluso tocamos a sus personajes. Deseando que Emilio Macanás nos regale una nueva novela pronto y, mientras tanto, animaros a reencontraros con vuestro yo interior a través de este niño y sus historias.