La historia es conocida por muchos: un 30 de diciembre, en Buenos Aires, cientos de jóvenes se reunieron a ver el recital de Callejeros. Una de las bandas más relevantes de la escena del rock underground argentino. En medio de la multitud y la euforia, la chispa de una bengala terminó por prender fuego a una lona que colgaba del techo de República Cromañon —el pequeño club de música en vivo— produciendo así, en poco tiempo, el incendio de todo el lugar. Aquel suceso devino en una tragedia mayúscula; casi doscientos jóvenes fallecieron, otro tanto resultó con heridas de gravedad, la escena rollinga nunca más sería la misma y, la vida de aquellos adolescentes, intrépidos y fervorosos, iba a enfrentarse de golpe frente a la propia noción de lo vulnerable.
Eso es lo que retrata Camila Fabbri en esta novela que, a la vez, constituye un diario, una memoria personal, un recuento de testimonios y una narración coral. Este formato narrativo resultó idóneo para el propósito explícito de la autora: rendir un sentido homenaje a sus amigos y gente cercana, a sus compañeros y a la música que la formó siendo apenas una adolescente. En este sentido, la obra no establece distancias emocionales ni propone una reconstrucción “objetiva”. La autora, más bien, moviliza en la narración un amasijo complejo de emociones en donde las heridas tienen lugar a la par de la remembranza y la inevitable nostalgia de quien revisa una adolescencia arrebatada de manera abrupta.
El fuego fue el hecho y el símbolo que resignificó una relativa inocencia, un ímpetu febril, el impulso de quienes anhelaban vivir al límite. Muchos jóvenes encontraron todo eso en la música. Afiliados con una entrega total a las bandas de rock, seguían a sus músicos favoritos allí donde fueran y establecían todo tipo de pactos de lealtad. Como dice una de las voces narrativas: “elegir acompañar” o “elegir estar al lado del artista joven” era, al mismo tiempo, “una confirmación de pertenencia a una época, un estilo de vida, una elección política”. Fabbri reconstruye fielmente ese arrebato: los preparativos para asistir a los conciertos, las reuniones en las filas de espera, las conversaciones entusiastas días antes de reunirse frente a los estrepitosos parlantes.
Sin embargo, ese espacio de la euforia aparece siempre teñido por una pátina de añoranza o melancolía y, sin duda, bajo la conmoción de la tragedia que lo iba a enrarecer todo. Los recuerdos sobre ese espacio de comunión y entusiasmo iban posteriormente a marcarse con el indeleble olor del humo y los destellos del fuego que lo impregnan todo. De manera que, aquellos jóvenes —de catorce, quince, dieciséis años— que poco o nada pensaban en lo finito, súbitamente empezarían a obtener la noción de algo suspendido y limitado: “Desde esa noche muchos amigos alcanzamos pensamientos que están relacionados con la noción de los finales. De lo interrumpido. Nos apropiamos de esas ideas. Van con nosotros a todos lados como satélites marchitos.”
Aquella desgracia —“los sinónimos sombríos se multiplican con el correr de los años”— obligó a pasar repentinamente del fervor al trauma: “a los quince años no pensás en la muerte. De repente, tuvimos que pensarla. Éramos muy chichas para entender”. Y entonces, apareció la culpa, el duelo, la extraña sensación de sobrevivir, la impresión de que hay algo de arbitrario en los saldos de toda tragedia. Las voces que testimonian distintos hechos y que dan cuenta de contrastantes perspectivas, coinciden en señalar algo que no se va, que está ahí de distintas y extrañas formas —aunque el silencio y la distancia le dé a todo un matiz vago y turbio—. Es la noticia del peligro, el miedo que se sitúa todavía en los pequeños actos cotidianos y la impresión de pertenecer a un grupo, a una “movida” o a una generación que de repente quedó a la deriva.
No obstante, Fabbri no se regodea en el tono sombrío y la conmiseración. Toda vez que recupera las voces de tantas personas —amigos, familiares, compañeros— se iluminan simultáneamente diversos lugares desde distintos tonos. Ampliando así el espectro de lo acontecido para que también entre allí el ámbito de las emociones más gozosas. De lo que muchas veces se ofrece como confuso o incierto, pero también vívido y efectivo. Y, es ahí, desde ese tono, que el ánimo no se pierde; porque esta memoria que canta a coro, también nos permite volver a escuchar las guitarras estridentes, abrazar al de al lado, y saltar coreando en comunión nuestras canciones favoritas.