No soy capaz de describir la angustia, la rabia y el dolor que me provocó este libro. Mientras mis ojos seguían la lectura, se apoderaba de mí la desolación y la esperanza, y eso que, mayoritariamente, lo leí desde un camastro, frente a una de las playas más hermosas del mundo. Valoré mi privilegio tanto como lo desprecié, porque si algo hace esta investigación periodística es preguntarse: "¿qué más puedo hacer?" "¿Cómo contribuyo para que este país, mi país que tanto amo y su gente tan hermosa, deje de desaparecer? ¿Cómo hacer para que la descripción de los horrores del crimen organizado se conviertan en memoria, en lucha, en escándalo que lleve a que no se repita, a que la vida se considere invaluable, a que las miles de familias que no eligieron vivir estas tragedias tengan cierres, tengan descanso, y reciban justicia?" El mundo deja de ser un lugar bello, sin importar donde estemos, cuando sabemos que esto es testimonio de vidas, de cientos, de miles de vidas arruinadas por el capricho de unos cuantos y la omisión y la complicidad de los gobiernos sin importar tendencias ni colores. ¿Y cómo arreglarlo? ¿Cómo?