«Más tarde en casa/ reparo en / que mi melancolía es / un golpe de amarillo.
Un redondel/ de acrílica pintura / amarillo cadmio.»
Primera lectura del año... tenía muchísimas ganas de sacar un huequito para poder leer este poemario, que me cautivó tanto por la portada como por el título. Siento a veces que las palabras me salen mudas al intentar hablar, con cierto criterio y propiedad, de todos aquellos sitios a los que me lleva la poesía. Quizá en eso reside cierta mística poética, por ponerle algún nombre, no lo sé; este año me propongo buscarle una respuesta adecuada, pero casi mejor si salen más preguntas por el camino. Como dirían mis amiguitos, «vamos viendo.»
Creo que este poemario ha sido uno de esas maravillas que encuentras en el momento exacto y en el sitio adecuado; a colación de haber terminado la carrera, me pasé unas semanas reflexionando sobre lo que habían sido esos cuatro años, con sus más y sus menos, y al final llegué a la conclusión de que, si tuviera que resumirlos en un color, sería el amarillo. Sorprendentemente, amarillo cadmio. Y de repente llegó este poemario a mis manos, y me llevó por las más variadas interpretaciones de un mismo color, distintos amarillos que aquí convergen para hablar de luz y calidez, pero también de enfermedad, de melancolía, y del desgaste del cuerpo y la mente; me trajo el olor de la sala de espera del hospital, de flores silvestres en primavera, de la casa de mi abuelo, una extraña nostalgia de lo no vivido y una rabia visceral hacia una privilegiada melancolía que siento bajo mi techo. Y, a pesar de todo, todavía caben multitudes dentro de ese mismo amarillo cadmio.
Me parece que las escenas que construyen estos poemas dejan una estela amarilla a medida que los recorres, la forma de guiar al imaginario con cierta amargura a veces pero sin dejar de ser verdad creo que le sienta muy bien; en el ámbito lector, empezamos bien el año.