"Till human voices wake us, and we drown" - T.S Eliot.
Se viene reseña kilométrica porque la lectura que conmueve busca la escritura como catarsis.
Tengo tantas palabras y a la vez no encuentro ninguna. Este libro es pasión, por un lado la mía, la de niña rara que se siente vista, dedicada completamente a Mariana, a las obsesiones ("...bosques tímidos, ese fenómeno de las ramas de los árboles que se rozan pero no se tocan, y sin embargo son iguales, y están tan cerca, y morirán una frente a la otra"), sus fetiches macabros ("Las fantasías macabras me parecen sanas, me parecen heridas que supuran, fiebre que, de tan alta, solo puede bajar") y su sensatez, que es un respiro hondísimo en tiempos donde se persigue con falso buenismo incluso el propio pensamiento, rodeados, mientras, de un supuesto progresismo que sin embargo perpetua la misma guadaña-culpa-cristiana que nos persigue desde hace siglos: "La obsesión por la lectura me lleva a sentir de vez en cuando que toda vida es ficción, y la ficción, por supuesto, es amoral: debe serlo". Y, obviamente, la pasión por el mundo de la lectura, ese torbellino adictivo que nos transforma, y al que transformamos. Resulta incluso satisfactorio el adelantarme a algunas opiniones suyas, a esa fidelidad tan natural de quien se mece entre letras.
Me emocionó muchísimo leerla en su viaje de nostalgia y locura ("La dimensión de la nostalgia y la locura pueden conjurarse en palabras"), lo tengo subrayado de principio a fin. Es una mezcla entre la emoción fanática de coincidir con alguien en gustos (y aún mejor, que esa persona sepa ponerle palabras a esa afinidad que uno siente de forma visceral e irracional), junto con fragmentos de obras que no conocía y que ella convierte en eternas incluso en el alma de quien no las ha leído, y el alivio del desacuerdo, porque es realista no coincidir, y poder abiertamente decir que X o Y se nos atora, porque no le debemos nada a nadie.
Entre estas 300 páginas hay para todos: para la poesía: "Creo que el amor por un poeta no se da por acumulación, sino por sugerencia. Es como capturar una imagen inolvidable de reojo", junto a su analogía del poeta como alquimista fracasado; para el terror "Cuando se piensa en el terror como un género menor, de shock o disruptivo, se incursiona en una suerte de neopuritanismo que niega la perversidad y maldad humanas, tan frecuentes como el afecto y la bondad" (momento increíble para mí este segmento como fan incondicional y defensora n1 de Stephen King); para las mujeres, como abono del grandísimo género oral del terror y del gótico ("La mujer carga con los secretos de las familias, como carga con la reproducción. Por supuesto que entiende lo que es ser una tierra maldita"); para el terror cósmico presente en una era que no se sostiene a sí misma: "Nuestra vida moderna tiene petróleo, es decir, muerte, en las venas. El capitalismo es un sistema mortuorio. La manera en que los Mitos de Cthulu, hoy, sirven para hablar del postcapitalismo y el macroturismo es de los gritos más espectaculares de una literatura popular que empezó secreta y despreciada, y terminó observadora y relevante". Pero sobre todo tiene para dar, para devolver, al mundo que nos acoge siempre, a esa familiaridad que encontramos en la pasión irracional de una novela y a lo que fuimos durante y después de sus personajes: "La escritura y la lectura llevan a cabo ese proceso, el de abrir el velo hacia eso otro latente que ya existe, pero necesita aparecer como escrito".
Creo que no sabría lidiar con mi propia humanidad si no fuera por la literatura, y me parece lógico. Yo vuelvo a Mariana, a King, a las Brönte, a Plath, a Murakami, a Poe, ... y a tantísimos más. Siempre vuelvo, en cualquier dimensión.