Un espejo crudo que interpela la indiferencia política en Latinoamérica.
Manuel Cortés, exmilitar, exfiscal, abogado y poeta, tiene setenta años y una rígida decisió no revisar ni su pasado ni el de su país. Pero la realidad se impone a su vocación de olvido. El regreso de la mujer que amó veinte años atrás lo obliga a revisar su historia personal, «como si fuera un arqueólogo de traiciones y crímenes». Junto con su grupo de viejos amigos, la Brigada de la Felicidad Política, irá desvelando las capas que conforman la máscara de las verdades a esas mentiras que nos decimos para hacerle una finta a las culpas y responsabilidades.
Secretos y crímenes, entrelazados, dan sentido a esa expresión sobre la que tanto han escrito la filosofía y el «la máscara es el rostro».
Ernesto Javier Carrión Castro (1977, Guayaquil), escritor ecuatoriano. Ha colaborado con la prensa escrita, realizado trabajos de crítica literaria, ejercido la docencia y participado en encuentros literarios fuera y dentro de su país.
Textos suyos han aparecido en revistas y antologías latinoamericanas. Ha trabajado en poesía el libro La muerte de caín, cuarteto formado por los poemarios: El Libro de la Desobediencia, 2002; Carni vale, Premio Nacional de Literatura “César Dávila Andrade”, 2002; Labor del Extraviado, 2005 y La Bestia Vencida (inédito). También participó en el libro colectivo Porque nuestro es el exilio, Eskeletra editores, Quito, 2006. Actualmente trabaja en el quinteto Los duelos de una cabeza sin mundo. El poemario Demonia Factory -parte de ese nuevo trabajo- ganó el VI Premio Latinoamericano de Poesía Ciudad de Medellín, 2007.
La Brigada de la Felicidad Política es un grupo de amigos de distintas ideologías que entre trago y trago, desanudan acontecimientos paradigmáticos de la historia del Ecuador, mientras sus vidas se tejen en ellos. Los magnicidios sucedidos desde el siglo XIX (de los presidentes Gabriel García Moreno y Eloy Alfaro) y los que les toman la posta en el siglo XX (la muerte accidental pero considerada posible magnicidio del presidente Jaime Roldós, los asesinatos de los políticos Abdón Calderón, Jaime Hurtado y el del editor Pancho Jaime, junto con la muerte dudosa del conscripto Pablo García que desataría la rebelión y Matanza de Guayaquil de 1959, entre otros), son el telón de fondo de una historia íntima y personal, la de Manuel, su esposa Celia, su hija Alfonsina, su amante María Laura, su hijo, Rubén Darío y la hermana de María Laura, Amelia. Sus vidas están guiadas por las decisiones personales pero profundamente marcadas por la realidad social y política del país.
La novela transcurre en dos tiempos ficcionales 2006-2007 y 1986. Amelia ha desaparecido en los ochentas, aquella época en la que los “escuadrones volantes” instaurados por el presidente de entonces, León Febres Cordero, secuestraban en las calles a jóvenes por posible pertenencia a grupos guerrilleros o células insurgentes de izquierda. Manuel es fiscal y a él llega María Laura para intentar encontrar a su hermana. Lo que sigue entre ambos personajes es una historia de amor trunca pero idealizada por el tiempo y el velo de la ficción (María Laura es “Justine”, el personaje de la novela homónima de Durrell, y Manuel es Newman (Paul), la sombra de un cowboy anglosajón de ojos azules en versión tropical). Sí, María Laura no tiene nada de Justine, mujer liberal, misteriosa y seductora que encarna el arquetipo literario de la mujer inasible (también la puta, maga, engullidora o la mujer-abismo) pero que incluso a pesar de que no haya sido la intención directa del autor, termina siendo una especie de evidenciación o desnudamiento de esos “eternos femeninos” manidos y estereotipados de la literatura escrita por hombres y la construcción de personajes femeninos desde una visión masculina completamente alucinada de la mujer. Eso que ni siquiera intenta hacer aquí el autor, porque sus personajes femeninos no están explorados ni muy definidos, lo cual termina siendo un punto a favor, ya que no intenta ponerse en ese lugar de enunciación. Aquí es la visión masculina trasladada a personajes masculinos y es honesto, finalmente.
Luego, está todo lo que ocurre en el país mientras los personajes están “ocupados haciendo otros planes”, parafraseando a John Lennon, que hace su aparición en forma de póster (de icono más bien). Por aquí pasan los guerrilleros de Alfaro Vive Carajo, los Montonera Patria Libre, el M19, el secuestro del empresario Antonio Briz por una de esas células armadas y los crímenes de uno de los asesinos y violadores en serie más célebres de Ecuador (y de Colombia porque era de allí), Daniel Camargo Barbosa. Todos hitos violentos que marcaron y cambiaron el rumbo del devenir en su tiempo, pero que a vista de los años parecerían haberse diluido en el hilo de violencia cotidianizada. Un hilo que deja tras de sí un país borrado.
Esa es la premisa de la que parte Carrión para elaborar una historia que cruza realidad y ficción, y que usa la voz de la ficción (la de los personajes) para narrar los hitos violentos de un siglo que da paso a otro siglo, en el que los ecos mesiánicos empezarían otra historia, que aquí apenas se retrata en sus inicios (la candidatura de Rafael Correa, vista por la izquierda como la gran esperanza de salvación y por otros como un peligro), en la que sus personajes toman partido ya sea a favor o en contra, pero aún no saben lo que esa promesa de futuro traerá. Ellos no lo saben pero el autor y los lectores, locales sobre todo, ya sabemos. Una historia que abre otra historia que se sigue borrando y se reescribe sobre la ignominia.
A favor, la rigurosidad histórica y el afán de Carrión de capturar la esquiva memoria histórica, social y política del país. En contra, quizás el calibre de los acontecimientos narrados merecerían un trabajo literario mayor que una narración indirecta por parte de los personajes. El recurso de la historia contada como parte de una conversación quizás se desgaste un poco en la novela. Y por otro, tal vez el argumento de ficción no sea tan relevante y caiga un poco en la obviedad (aunque finalmente se trate de una especie de thriller). No obstante, pese a ello es una obra interesante, bien escrita y bastante localista, pues todo ecuatoriano podrá identificar los hechos narrados, por lo que me queda la curiosidad de cómo sería leída por un foráneo. Finalmente, le pongo un 3.8 por todo lo dicho anteriormente.
Un libro magistral. Por momentos reflexiona sobre historia de la violencia en Ecuador, sobre el amor, la ausencia y la vejez. Es una narración que se mueve entre un lenguaje poético y uno desencarnado que nos lleva por varias historias que se entrelazan. El único pero que le pondría es que hechos importantes para la trama ocurren de forma precipitada y pierden su fuerza.