Carlos Ruiz Zafón, en_ “El Príncipe de Parnaso”, no construye una historia al uso, sino una pieza breve, densa y melancólicamente luminosa que funciona como tributo secreto a Cervantes y a la propia literatura. Desde sus primeras líneas, este relato se instala en una atmósfera crepuscular, donde la bruma de la Barcelona del siglo XVII sirve de espejo a la niebla que separa la memoria de la ficción. Más que una narración con desarrollo clásico, es una evocación poética del acto de escribir y del peso que tienen los libros en la configuración del alma humana._
Zafón recupera aquí a viejos conocidos de su universo literario: el impresor Sempere, el ambiguo Corelli para mostrar cómo la literatura es, al mismo tiempo, una promesa, una deuda y una forma de resistencia contra el olvido. No hay exageración ni afectación en su homenaje: lo que ofrece es una elegía serena, consciente de la pequeñez del hombre ante el tiempo, pero también de la inmensidad que puede encerrar una página impresa. La figura de Cervantes no se presenta como estatua, sino como presencia viva que camina con quienes aman los libros de verdad._
Personalmente este texto corto, me impresionó por la capacidad del autor para condensar belleza y profundidad en tan pocas páginas, aunque no deja de ser una obra menor dentro de su legado. Sin embargo, su brevedad no la vuelve ligera: cada línea está cargada de intención, y su lectura se parece más a entrar en un templo que a recorrer una anécdota._ “Hay pocos destinos más crueles y amargos que el de un artista mediocre que pasa la vida envidiando y maldiciendo a sus competidores. No malgaste su vida en un destino aciago. Deje que el arte y la belleza los creen otros que no tienen más remedio. Y con el tiempo aprenda a perdonar mi sinceridad, que hoy le duele, pero mañana, si la acepta de buena voluntad, le salvará de su propio infierno.”