Ambientada en un Londres victoriano implacable, ‘La hija del detective’, de Nadia Orenes Ruiz, propone una historia que mezcla la esencia de los clásicos del misterio con un pulso narrativo moderno y ágil. La autora construye un relato que fluye con naturalidad, con ese equilibrio entre intriga, aventura y espíritu detectivesco que invita a seguir leyendo casi sin darse cuenta. Demuestra que se puede atrapar al lector sin necesidad de artificios, apoyándose en una atmósfera bien definida y una protagonista que sostiene el magnetismo de la historia hasta el final.
Elisabet Dodgett, huérfana y sin recursos, trabaja limpiando en una comisaría, un empleo modesto que aprovecha para alimentar en secreto su verdadera pasión: la ciencia forense. Su vida cambia cuando encuentra en su apartamento un misterioso paquete que la arrastra a investigar el asesinato de un teniente de la Marina británica. Con la ayuda de nuevos aliados, deberá enfrentarse a las sombras de su pasado y a un enemigo movido por la venganza.
Desde las primeras páginas queda claro que Elisabet no encaja en los moldes sociales que la rodean. Su labor en la comisaría es humilde, pero le concede algo que para ella vale mucho más: acceso, aunque sea de forma indirecta, al mundo policial que la ha cautivado desde niña. Su interés por la anatomía, la lógica y la experimentación procede de la educación que recibió de pequeña, cultivando a escondidas un sueño poco común para una mujer de su época: dedicarse al estudio científico del crimen. Su condición la coloca en una posición marginal, invisible para la mayoría, y es precisamente ese anonimato el que le permite observar sin ser observada, un privilegio que transformará su rutina en algo mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Elisabet es una protagonista luminosa dentro de un entorno sombrío. El retrato que la autora hace de ella es uno de los grandes aciertos de la novela. Se mueve entre dos mundos: el de su trabajo, repetitivo y sin reconocimiento, y el de su mente analítica, llena de hipótesis, deducciones y un entusiasmo casi clandestino por la investigación. Esa dualidad, más que un simple rasgo de carácter, define toda la narración. En ella se combinan vulnerabilidad y firmeza, conciencia social y rebeldía. No posee recursos ni posición, pero sí una inteligencia capaz de abrirse camino entre prejuicios y jerarquías. Su pasión por las ciencias forenses se entrelaza con la necesidad de reivindicarse en un ambiente que ignora su potencial por cuestión de género y clase. Esta tensión dota a la historia de una profundidad emocional sutil pero constante.
A lo largo de su investigación, Elisabet no caminará sola. Entre los personajes secundarios destaca Agatha Thorton, una periodista decidida y sagaz que se implica en el caso al ver en él un filón informativo. Su alianza con Elisabet funciona como contrapunto ideal: Agatha posee el altavoz social que le falta a Elisabet, mientras que esta aporta el rigor analítico que la reportera no puede obtener por sí sola. La relación entre ambas, asentada en un respeto mutuo forjado en la adversidad, enriquece el relato y subraya la importancia de la colaboración en un entorno hostil.
Más allá del crimen inicial, la novela despliega un trasfondo inesperado: viejas rencillas, piratería, tesoros ocultos y traiciones que resurgen tras años de silencio. Este entramado dota al libro de un aire aventurero que se integra de manera orgánica con la investigación, sin romper la coherencia del tono. No es un simple “quién lo hizo”; de hecho, el lector conoce pronto la identidad del asesino. Lo que importa aquí es el por qué, y cómo una cadena de heridas, ambiciones y errores desembocan en el crimen. La autora maneja bien esta estructura, manteniendo un ritmo ágil que combina acción, momentos de reflexión y escenas de tensión emocional, percibiéndose la inevitabilidad de que Elisabet y el villano están destinados a encontrarse, lo que añade una carga anticipatoria a cada giro de la trama.
El Londres que recrea la autora está lleno de contrastes, construyendo un escenario en el que la intriga se siente inevitable. Consigue un retrato atmosférico de la ciudad, sin caer en el exceso descriptivo, lo que contribuye a que la ambientación resulte vívida y funcional a la historia.
Los temas que recorren la obra —la desigualdad social, la lucha por la justicia, el deseo de superación, la memoria dolorosa de la infancia o la reivindicación del papel de la mujer en un mundo que la limita— se integran con naturalidad en el desarrollo de la historia. Elisabet no busca convertirse en heroína; busca sobrevivir, aprender y demostrar de lo que es capaz. Esa honestidad interna hace que su arco emocional resulte especialmente convincente, sobre todo cuando debe enfrentarse a las grietas de su propia historia. Elisabet es el ejemplo perfecto de cómo el conocimiento, incluso cuando parece inútil o impropio, puede convertirse en herramienta de libertad.
Con una prosa fluida, un buen equilibrio entre acción e introspección, y una protagonista que destaca por su inteligencia y determinación, ‘La hija del detective’ es una lectura ideal para quienes disfrutan del misterio con sabor clásico, pero agradecen un toque de aventura y una mirada reivindicativa. Elisabet Dodgett volverá, y yo no pienso perderme ninguna de sus próximas aventuras.