A caballo entre el ensayo y la crónica, los textos que reunió Jorge Comensal en este libro me hablan de dos temas a la vez. El primero, un interés por mirar al mundo, a los animales, a las plantas y a todo lo que forma parte de ese gran "otro" que es la naturaleza. Aquí, la primera parte del libro sobresale, la que fue mi favorita por conectar divulgación biológica, pensamientos y conciencia ambiental.
Con un estilo variable (entendible por la distancia temporal entre cada texto al ser publicado), esta observación curiosa añade frescura y, sobre todo, humor. Como ferviente lector de Ibargüengoitia, Comensal practica los géneros reflexivos con crítica y burla ácida. Y tal vez esta sea la razón por la que me hizo abandonarlo por un tiempo. El humor, aunque bien intencionado y con un claro homenaje al autor de "Instrucciones para vivir en México", me hizo tomar distancia. Impostado o no, con aire de chiste local me desencantó de algunos textos. El tópico del chilango en medio del mundo, si bien funciona, terminó agotándome un poco. A pesar de ello, en general se trató de una lectura amena.
Sin embargo, el otro tema, que solo pude atrapar tras leer el libro completo, es el de despedida. Comensal, a lo largo de más de una década, logra mostrar no solo su persona, sus flaquezas, sus errores, sus gustos y su pasión (vaya, su persona completa, así como hubiese querido Montaigne), sino también hace las paces consigo mismo. El libro abre y cierra con un manatí, y en el medio, la vida del escritor se despliega. Y es con este cierre que concluye una fase, dice adiós a lo que me conectó más con él, que es la infancia.
Ácido y nostálgico, hilarante y melancólico, el autor tiene textos muy buenos (recomiendo en especial las meditaciones del manatí, "La hora de los buitres", "Hervir es doloroso", "Jurassic Park o el rugido de la infancia", "Mi suegra no es boliviana" o "Quince minutos con Lobo Antunes") que me gustaría volver a visitar.
3.5/5