«Los sombreros enormes se estorban entre ellos, el gentío trae puestas camisetas que presumen el verde nacional, el entusiasmo se desboca, y en las tiendas de electrodomésticos los televisores encendidos están a punto de dar cuenta del evento que ha estado acaparando la curiosidad y el apetito para entender cómo se puede armar la alegría. Es el sábado 30 de mayo de 1970; el llamado Coloso Azteca está a reventar, aquel que fuera inaugurado cuatro años atrás, con la confrontación entre el América y el Torino, que arrojó un equilibrio poco alentador de dos goles contra dos. Ahora es han arribado delegaciones de 15 naciones, con la local, 16; la copa Jules Rimet estará en disputa durante 23 días no solo en el Distrito también los estadios de Guadalajara, Toluca, Puebla y León tendrán su locura.
Luego del desfile y de las ovaciones constantes, aparece en los televisores el rostro agotado de Gustavo Díaz Ordaz, tenso, serio, como si se tratara de un mecanismo inanimado y, con voz desgastada, "Declaro solemnemente inaugurado el noveno Campeonato Mundial de Futbol, Copa Jules Rimet"… pareciera que alguien le ha robado las emociones. Como es costumbre, además de los aplausos y gritos, la rechifla invade; aquel tono de "chinga tu madre" no deja de ser un coro que se repiteconstantemente, por ello Gustavo solo voltea de un lado para el otro, tieso, absorto, como si a los engranes de su cuello les faltara aceite. Los primeros equipos rivales —México, el anfitrión, contra la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas— están ya moviendo las piernas, ansiosos de que el esférico toque el pasto; ante la expectativa de que se escuche el primer pitazo del árbitro, la figura del presidente queda en segundo plano, invisible, incluso ya sin el rechazo acostumbrado».
Estudió Historia en la Universidad Autónoma de Puebla. Es escritor, historiador y periodista; en 1994 fue uno de los principales encargados de prensa de la campaña presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas. Se ha desempeñado como profesor en la Universidad Iberoamericana y en el Darmouth College.
Como historiador, investiga a profundidad el tema de sus novelas: durante 25 años se dedicó a investigar la historia de la guerrilla mexicana; la vida y papel del actor Tin Tan, para escribir El barco de la ilusión; el movimiento estudiantil en los setenta, en Veinte de Cobre, y documentos de los archivos de la antigua Dirección Federal de Seguridad de México, en donde se esconden fichas de torturados, muertos y desaparecidos, para escribir Cementerio de papel.
Es autor de los libros: Cementerio de papel (Ediciones B, 2004), Veinte de cobre: memoria de la clandestinidad (Joaquín Mortiz, 1996), El barco de la ilusión (Ediciones B, 2005), Memoria roja, historia de la guerrilla en México (1943 a 1968) (Ediciones B, 2007) y Un pueblo en campaña (El Atajo, 1995).
Este libro sí da dopamina, pero no del tipo fácil: la que viene de la incomodidad, de reconocer patrones que se repiten y de no poder dejar de leer aunque te encabrones.
Lo más perturbador no es lo que denuncia del pasado, sino lo vigente que se siente. La crítica al poder, a la superioridad moral, al uso del Estado como instrumento “justificado” por una causa supuestamente superior, no pertenece a un solo régimen ni a una sola época. Se recicla. Se perfecciona. Se normaliza.
Leerlo hoy provoca una disonancia fuerte, sobre todo cuando notas quiénes lo rodean, quiénes lo celebran, quiénes aparecen en los agradecimientos. Ahí el libro se vuelve espejo, aunque muchos prefieran leerlo como si hablara siempre de “otros”.
No es una lectura cómoda ni complaciente, pero sí necesaria. Te obliga a preguntarte desde dónde lees y desde dónde ejerces el poder (o lo justificas). Terminé el libro con más preguntas que respuestas, y eso —para mí— siempre es una virtud.
Un libro que incomoda, activa y deja claro que ningún proyecto político es moralmente inmune. Y que leer de verdad implica aceptar cuando el espejo apunta hacia donde no queremos mirar.
Pensé que seria un libro que nos diera a conocer un poco mas de Diaz Ordaz lo cierto es que no aporta nada que no se pueda encontrar en otro lado, la narrativa se siente pesada y a ratos olvidas que de quien se habla es de Diaz Ordaz ya que en cierto sentido parecen tener mas peso otros personajes antes que el, definitivamente no es tan buena opción de lectura