Otro de esos libros a los que vuelves, alguna vez en la vida, por necesidad.
«Mamá era pintora cuando era joven. En la casa se ven retratos, dibujos, sobre todo de caballos. Pinturas coloridas al óleo. Mucho amarillo, rojo, verde. Después, guardados en carpetas, hay retratos apilados. Algunos míos. Algunos pájaros. Théo hecho un bollito. Chicos y chicas desnudos, de las clases de modelo vivo. También hay cuadernos con formitas de colores hechas con lapiceras.
En el último tiempo ya no pintaba más (pinceles, telas, mucho tiempo) y había empezado a hacer esos dibujos. Dibujaba también con una app del celular. A veces elegía uno y me preguntaba muchas veces si era lindo. Yo le decía que sí siempre, con más énfasis si el estilo me gustaba más. Entonces me volvía a preguntar y, feliz, arrancaba el dibujo del cuaderno para dármelo. En su diario, leo:
"A Juli le encantó el último dibujo. Se lo regalé y estaba chocha"».
«Si los síntomas circulan durante el tiempo suficiente, a un conjunto de malestares se le puede conceder la gracia de un nombre: una enfermedad, un síndrome, una sensibilidad, un término de búsqueda. A veces eso es un remedio suficiente: como si emplear un apelativo fuera a hacerlo aceptable. A veces dar a una persona una palabra con la que nombrar su sufrimiento es el único tratamiento disponible».
«Le recetan terapia semanal presencial y musicoterapia virtual con un chico cariñoso que es la estrella del lugar. Me pide una lista de cosas favoritas (Los Beatles, los caballos, los libros, el chamamé, River Plate). A lo largo de varios encuentros, trata de captar su atención con "Hey Jude" y "Yellow Submarine". Sari me dice:
—¿Es tarado?».
«La terapia cognitiva en cambio es presencial, vamos todos los martes hasta el Centro de día. Cuando llegamos, me dice:
—Huyamos.
Le prometo café. Desconfía.
—Con un tostado».
«Cuando termina todo, tomamos el café al sol. Mamá feliz comiendo una medialuna gigante, merecida porque el estudio fue largo y se portó tan bien. Aunque sea triste pensar en si se porta bien o mal. Antes me decía: "¡Boli, me porté re bien!" cuando no se había peleado con nadie o le habían dicho que había estado muy graciosa».
«El sábado me quedé varias horas. Escuchamos música. Puse la orquesta de Ernesto Montiel y se emocionó. Cerró los ojos, y cuando los abrió estaban húmedos. Al día siguiente fui unos cuarenta minutos nomás y después llegó Juan. Ella estaba con cara de sufrimiento. Le agarró la mano, la acercó y le dijo rápido: "Vos lo que tenés que hacer es..."
Y nada más».
«Dice Nico que cuando no estoy dice mucho "Julieta". Me alegra. Cómo dura todo esto. Tengo que aprender a negociar con el tiempo. Quizás me apuro a desesperarme y mejora, ¿y entonces? ¿Después qué? Vuelvo a esperar. O la desesperación afloja, se acomoda en algún punto. Es tan largo un día, es tan largo un mes, tan largo un año. ¿Cuánto vamos?».
«Leo en Twitter que lo terrible de cuidar a alguien es que esperás que se alivie pronto y eso significa que deseás que se muera. "Paciencia"».
«A veces tiene más poder el que se acuerda y a veces el que se olvida».
«No se le puede reclamar nada a una persona que se está muriendo.
Distintas formas de duelo. Por ejemplo: perdonar».
«Lo bueno del presente es que es. En realidad nada es evitable. Está siendo. Hay que pasarlo y seguir adelante».
«Me cuentan sobre una disciplina que se llama paleontología magnética, que dice que todas las rocas tienen la memoria del origen. Me aferro a las cosas que tienen memoria para hacer pie: una roca. Me resisto a creer que todo lo que ella era y sabía no quedó en ningún lado».
«En un momento, Sari se acercó a ver el cuerpo en el cajón y dijo que aun así era la más linda, que nos pasaba el trapo a todas. También dijo que no había que ponerse triste, que ya era muy vieja».
«Me impresiona que hasta hace tan poco hiciera tantas cosas que ya no puede hacer. Hablaba, comía sola, iba al baño, se quedaba viendo una película, contestaba preguntas, salía a pasear. Claro que había que mirarla de cerca porque se podía caer, porque dejaba prendidas las hornallas, el control en la heladera, se ponía tres remeras y una pollera dada vuelta arriba del pantalón.
Pero la personalidad era la de Sari. Le dijo a Valen:
«Si no te gusta leer no vamos a poder hablar de nada».
O cuando en noviembre le pedí ayuda con la mudanza, y me dijo:
"¿Trabajar? ¡Jamás!". Sari».
«Decir para curar, como en la magia. Decir para crear, como en la Biblia. El lenguaje nombra y cuando nombra, crea. Y cuando nombra, delimita. Da un sentido de propiedad.
Como nombrar una enfermedad. Como decir los nombres de tus hijos.
O no decirlos. O no decir que te duele algo, aunque te duela.
Lo que no se puede nombrar, ¿existe?
¿Y el que no puede nombrar?»
«Diario de Sari: «Desde el año 74 en que llegamos formé parte de esta tierra y su gente. Su flora y fauna. Sus caballos. Las aves. Las plantas. La lluvia y el sol. El frío. El camino intransitable. Aprender a aguantar, a posponer.
No cansarse de los amaneceres, del canto de los primeros pajaritos».
«–¿Cuándo viene mi amiga Julieta?».
«–Se murió la reina.
–Bueno, ya era hora.»
«Medía 1,71, era alta. Pero su mamá era altísima, y muchas de sus características se daban por oposición. Mi abuela era alta, mamá no. Mi abuela era blanca, mamá no. Mi abuela era monísima, mamá no. No solo para los demás: eso pensaba ella. Lo cierto es que tenía una cara regular, de ojos vibrantes.
Tenía un lindo color, una linda cara, boca y ojos. De grande, sobre todo en sus momentos más desordenados, al ver una foto vieja decía: «mirá qué mona estaba acá, no me daba cuenta. Me sentía un monstruo». Y siempre pensaba que estaba demasiado gorda».
«Me contó Valen que el sábado le pareció que tenía una lágrima y le preguntó:
–¿Estás llorando, Sari? Dijo que sí.
Le cayó otra lágrima. Le preguntó:
–¿Por qué estás llorando? Mamá dijo:
–Por ustedes.
A la noche le pregunté si estaba triste y me dijo que no. Le pregunté:
–¿Contenta? Dijo:
–Contenta. Qué sé yo».
«Cuidar a alguien enfermo significa pensar todo el tiempo en la muerte. La propia: no me puedo morir ahora, hay que ocuparse de muchas cosas. Y la otra, la que se espera, se teme, con la que se especula y fantasea. En esa muerte pensamos todo el tiempo. Cuando suena el celular o cuando no suena. Cuando nos despertamos tarde o si tenemos insomnio o si lo soñamos. Si tenemos que viajar. Si aparece algo que podría ser una señal, en una película, un libro, una conversación. Nos vamos preparando para lo que no tiene preparación.
Y escribimos. No porque esta sea más triste que otras historias, o más valiosa, sino para hacer que el tiempo pase de otra forma. Son horas y horas al lado de una cama tratando de sacar conversación. Imaginando conversaciones. Tratando de no recordar algunas cosas, Horas de días, semanas, meses y años. Pasaron cuatro años. Si tuviera imaginación, de todas estas horas podría haber sacado una novela. Si tuviera disciplina, podria haber estudiado. Si tuviera el ánimo. Escribo estos apuntes».
«Es muy raro el duelo, se actualiza todo el tiempo. Cuando conozco a un chico que sé que le encantaría, cuando me voy a vivir con él. Cuando aprendo a manejar. Cuando consigo un buen trabajo que le daría orgullo. Cuando me voy de viaje. Cuando conozco a alguien que a ella le divertiría conocer, o un lugar, o una casa. Cuando me pongo a estudiar. Cuando no sé el nombre de un pájaro o un árbol o un escritor y me gustaría preguntarle. Cuando viajo leo un libro veo una película conozco una banda nueva.
Y cada vez que la veo. Cada vez de cada semana que voy al lado de su cama y le doy un beso y le digo algo de todo eso y ella está en silencio con los ojos grandes y no dice nada. No hace ningún gesto.
Y entonces vuelvo a lo de siempre, y le digo:
–¿Te sentís bien?
–Sí.
¿Querés un poco de jugo?
–Sí.
¿Querés que vuelva?».
«Me gustaría volver a la parte en la que transcribía frases graciosas o salíamos a tomar un cafecito con un tostado riquísimo. En la que nos tirábamos a dormir agarradas de la mano, y cuando se despertaba me decía: «hola, amorosa».
Esas son las cosas que extraño. Todas las cosas de la nueva Sari a las que me había acostumbrado, y que ahora tenemos que dejar. No las conversaciones de antes, la frescura y la originalidad, sino los pasitos lentos y arrastrando los pies. La mirada atenta, la concentración para comer el dulce de leche. Ir a ver chiquitos jugar en la plaza. Cuando me peinaba con la mano. La alegría lenta.
Me la paso haciendo listas de recuerdos. Algunos me cuestan más que otros. Y a muchos ya no me los acuerdo más».
«Sari era la que juntaba la memoria de la familia. No solo se acordaba con una cabeza de maravilla, sino que entrevistaba, guardaba, anotaba. Anotaba todo. Los cuentos. Una familia está hecha de cuentos. Entonces, qué somos ahora».
«Nos acordamos de unas pocas cosas. Quedamos incompletos. No sabemos de autores o naturalistas o científicos, de músicos, de caballos ni de parientes. No sabemos anécdotas, frases hechas, chismes. Cuántos perros, qué libros, cómo, dónde, nada. Adivinanzas huecas. A todo la respuesta es: «Sari sabría perfecto».
«Su frase de cabecera era «Libertad ante todo» y eso servía como respuesta para hacer, pero sobre todo para no hacer».
«Le contaba poco, casi nada, la retaba mucho. No me gustaba que hablara mal, que fuera negativa, que comiera mal, que manejara mal la plata, que la casa fuera un caos, que estuviera tan triste. Mal, mal, mal. «Juli es muy severa», me decía».
«Diario de Sari: «Mucho desaliento y desinterés me causan las obligaciones de mi vida. Quisiera sentir siempre, tener más seguido, una sensación de propósito definido. No sentir dolor, ni ansiedad, ni tristeza».