Los mundos están condenados a caer, mientras los hombres nacen para alzarse. No pueden existir el uno sin el otro, pues los hombres necesitan mundos para soñar, y los mundos, a su vez, perduran sólo en las huellas que los hombres dejan atrás. En esa danza eterna de creación y destrucción, los hombres forjan su destino cruzando mundo tras otro, dejando cicatrices de gloria y sombras de olvido a su paso. Los mundos, vastos y silenciosos, guardan los ecos de esas huellas, resonando en su quietud, como si esperaran, en su soledad infinita con agonía.Darod, de niño, solía perderse imaginando un mundo sin sombras, aunque sabía que la luz no brillaría igual. Las sonrisas de See, su hermana, no habrían deslumbrado en la penumbra, y probablemente nunca habría conocido a Luna, aquella que cambió tantas cosas en su vida. Desde entonces, aprendió que hay cosas por las que uno está dispuesto a todo. Daría cualquier cosa por proteger a quienes ama, y no dudaría en destruirse a sí mismo antes de permitir que el peligro los alcanzara. Cada decisión, cada riesgo, estaba marcado por esa lealtad silenciosa y feroz, por ese instinto de guardián que lo definía incluso antes de entender quién era realmente.