"Papá Huayco" no es una novela pero tampoco es crónica. Y tampoco es biografía. Y, sin embargo, es todo eso al mismo tiempo.
Alfredo Villar toma la vida real de Lorenzo Palacios Quispe —Papá Chacalón— y la convierte en algo que está en ese territorio raro entre lo histórico, la memoria, la entrevista, el testimonio, la opinión, el sueño y la imaginación. No es ficción porque el personaje existió. Pero tampoco es simplemente “realidad” ordenada. Es un collage. Un montaje. Un artefacto literario.
Si algo podría discutirse es que el Chacalón de Villar es casi plano en términos psicológicos. Se enfatiza su bondad, su asertividad, su generosidad. No hay grandes sombras. No hay ambigüedad moral. Es casi un evangelio. Pero justamente ahí está la apuesta: no es un estudio clínico del personaje, es una construcción mítica. Un relato coral que lo eleva.
Y el punto fuerte no es la profundidad psicológica, sino la técnica.
En sus mejores momentos, la novela me hizo recordar a Fernanda Melchor y a "Temporada de huracanes". No como copia, sino como impulso. Esos párrafos larguísimos, esa narración que parece desbordarse, que a veces prescinde del respiro clásico, que juega con la acumulación y el ritmo, pero que nunca pierde al lector. Es caos controlado. Es vértigo administrado que tiene, en los pasajes que inician cada capítulo, la muestra más deliciosa de lo que quiere contarse.
No es un narrador omnisciente que lo sabe todo. No es el propio Papá Chacalón hablándose a sí mismo. Es un concierto de voces: los cercanos, los productores, los competidores, la familia, los periféricos, el que hacía los carteles, el que cargaba equipos, el que lo vio una vez. Esa suma de miradas construye al personaje mejor que cualquier introspección directa. Eso es técnica pura.
Termina siendo un mito contado desde el barrio. Y contado con una arquitectura literaria sólida, ambiciosa y muy consciente de sí misma.
Estoy muy contento de haberlo leído. No es solo un libro sobre Chacalón, la chicha o la cultura peruana. Es un ejercicio narrativo potente sobre cómo se construye una figura popular desde la memoria colectiva.
Este es un libro diferente en el que se relatan paralelamente tanto la historia biográfica de Lorenzo Palacios Quispe (Chacalón) como el transcurrir de una época convulsionada y diversa. Es un libro que se lee, pero también se escucha, se huele y se siente. Y es un libro en el que te invaden los colores neón y el llanto de la guitarra.
Es un relato coral en el que el personaje principal se va construyendo a partir de los diferentes testimonios. Testimonios reales que no tratan de beatificar a Chacalón, simplemente lo dibujan: con defectos y virtudes… tan original como fue en la realidad y razón por la cual se convirtió en el héroe de una generación. Punto aparte para el uso magistral del lenguaje coloquial y para la narrativa que va de la prosa a la lírica y que por momentos se deja ser poesía, con ritmo y sonoridad; nuevamente es un libro que se escucha.
Particularmente quedé fascinado con este libro. Me parece una historia que, pese a narrar la vida de un personaje tan público y reconocido, logra ser un relato diferente. Alfredo Villar tiene muchas entrevistas que te dan el contexto preciso para complementar la lectura y, por qué no, acompañarla con unas chelitas y su buena chicha para rememorar al “Papá de los cerros”, al “Papá Huayco”: Chacalón.