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El testigo de los tiempos

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312 pages, Paperback

Published October 1, 2025

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Profile Image for Jorge Morcillo.
Author 5 books73 followers
January 5, 2026
Descubrirse en lo más hondo. Reseña de El testigo de los tiempos de Fernando de Villena.

«¡Otoños de San Petersburgo, con las avenidas cubiertas de hojas amarillas; apacibles veranos para dejarse llevar en una barca por los galantes canales; noches de invierno para buscar refugio en los soberbios palacios de fachadas policromadas; primaveras, primaveras de San Petersburgo dulcísimas para el amor!»

Muy buenas a todos. Un año más, aquí seguimos en la brecha. Y, para no perder la costumbre, arrancamos el año literario con una lectura —en realidad, una reedición— de El testigo de los tiempos, de Fernando de Villena. Novela que ganó el XV Premio Andalucía de la Crítica y que hace solo unos meses fue hermosamente reeditada por Niña Loba Editorial.

De Fernando de Villena había leído hasta ahora dos obras, también publicadas por Niña Loba. Las siete edades, una novela editada en julio de 2020 cuya lectura disfruté, la recuerdo situada entre la nostalgia granadina y la edificación creativa, con unos mimbres narrativos que utilizaban la suma de diarios en una inmersión de tintes biográficos. Años más tarde, en noviembre de 2023, Niña Loba editó el ensayo Temas y tratamientos en la poesía española contemporánea, de espíritu casi enciclopédico y con una rebeldía heterodoxa, pues realizaba un compendio de la poesía española desde 1948 hasta la actualidad muy alejado de los cánones oficiales.

Y ahora llega el tercer libro suyo que leo, El testigo de los tiempos, que en cierto sentido es una novela histórica, aunque trasciende por calidad y ambición el género. Si cito sus anteriores obras no es solo para situarnos en contexto, sino porque cierta idea de totalidad y de ciclos temporales que ya aparecían en aquellas vuelven aquí a aflorar. Por ejemplo, El testigo de los tiempos está dividido en cuatro partes, y dentro de cada una hay siete capítulos. No creo que sea casualidad: el número siete tiene una simbología muy asociada a los monoteísmos y también a la perfección, más allá de la música y sus siete notas. Está, además, la idea de totalidad, de intentar abarcar lo inabarcable, lo que parece a priori infinito e inasible, lo que deviene en ciclos repetitivos y redentorios.

Nos situamos. Año 33 de la era común. Jesús de Nazaret va a ser crucificado en el Gólgota y va a comenzar la leyenda del Judío Errante. Aquí, en este libro, responderá al nombre de Juan, pero cada cultura lo ha escenificado con diferentes nombres, y ha supuesto un tema al que muchos creadores, tanto literarios como de otras índoles artísticas, han recurrido a lo largo de la historia.

Escribir una novela sobre este vagamundo desde el mismo momento de su maldición hasta el fin de los tiempos no es algo menor. Estamos hablando de miles de años, de diferentes culturas, de todo tipo de catástrofes y acontecimientos. Es, en verdad, un proyecto de una ambición tremenda; el propio autor lo confiesa en un hermoso prólogo. Ya solo por eso supera a la mayoría de las obras de carácter histórico con las que pudiera competir, pero es que, además, está muy bien escrita, sobre todo en los pasajes descriptivos.

«Ahora seguí el curso de uno de los brazos del Nilo, por aquellos lugares fértiles solo merced a las crecidas. Y vi campos de trigo mecerse con la brisa de la tarde y reliquias de perdidas civilizaciones —esfinges y pirámides colosales, hipogeos, murallas destrozadas y templos dedicados a extrañas divinidades—, y palpé la arena blanca de los desiertos y compartí el fuego de los humildes aduares hasta alcanzar las proximidades del lago Meris, junto a las ruinas de Karnak».

Ahora bien, también contiene errores. Algunos fruto de tamaña empresa y otros que parecen intencionados.

Primero: en Cartago es imposible que hubiese caimanes; en todo caso, cocodrilos, traídos y vendidos por otros pueblos del África interior con los que los cartagineses mantuvieron trato. Los caimanes son animales de América. Y, ya por puntualizar, aunque lo de los elefantes es una cuestión mía y la novela creo recordar que no los menciona, estos, en el mundo púnico, procedían del Atlas marroquí. Esta raza de elefantes se extinguió luego de esa zona; eran más pequeños que los elefantes comunes, pero estaban más acostumbrados al frío y a las bajas temperaturas. Fueron estos los que Aníbal utilizó para cruzar los Pirineos. Un elefante de la actual Kenia, por ejemplo, no habría sobrevivido ni a los Pirineos ni, mucho menos, a los pasos nevados de los Alpes.

Segundo: tampoco hay evidencia alguna de la presencia de eunucos en los cultos de Tanit. Es cierto que estos eran comunes en otros cultos mediterráneos, pero no en los púnicos.

Tercero: el barrio de Megara, en Cartago, era un barrio aristocrático, no de gente pobre como se nos describe. Y lo fue tanto en época púnica como cuando Octavio decidió reconstruir y repoblar la ciudad. La población más humilde se hacinaba en insulae, y ya en época cartaginesa los edificios llegaron a tener casi seis pisos de altura. Megara, con sus amplias villas, estaba reservado a la gente adinerada.

Cuarto: definir el saqueo de Roma por Alarico en el año 410 con estas palabras —«Las matanzas y los excesos que contemplé aquellos días no superan a los de cualquier otro siglo, a los de cualquier otra guerra»— es, además de exagerado, totalmente inexacto. Podemos comprender que un personaje se sienta sobrepasado por la violencia y el horror de un saqueo, no desde luego un personaje inmortal, que debería estar acostumbrado a presenciar todo tipo de horrores; pero el saqueo de Alarico fue en verdad de los más «blanditos» de la historia. Duró tres días y respetó gran parte de la ciudad. De hecho, si se hubiera situado unos años después, en el saqueo de Genserico, en el 455, que duró dos semanas y se llevó todos los tesoros que pudo de vuelta a África, sí sería más acertado, pues económicamente fue un desastre para Roma. En cualquier caso, nada que ver, tanto uno como otro, en términos de violencia, saqueo y exterminio, con los protagonizados siglos antes en Cartago o en Corinto por Roma.

Hay un intento muy evidente en este libro de menospreciar las filosofías y cultos antiguos, a los que el autor tilda de charlatanerías siempre que tiene ocasión. El trato que se da a Apolonio de Tiana resulta injusto y arbitrario y no es de recibo. Si bien todo escritor es libre de escribir lo que le venga en gana, también me parece inapropiado el tratamiento otorgado a los pueblos llamados «bárbaros». En realidad, tanto las tropas visigodas como las vándalas eran muy escasas; entre sus filas se hallaban cientos y miles de romanos: campesinos arruinados por las políticas impositivas posteriores a la crisis del siglo III, acompañados de soldados romanos renegados, todos latinizados, vestidos y armados a la usanza romana. Las penurias y las sequías hicieron el resto. De ahí que estos saqueos jamás fuesen tan cruentos como la historiografía cristiana nos ha querido vender. Roma no cayó porque una pléyade de pueblos bárbaros y salvajes —la mayoría profesaba el arrianismo, que también es cristianismo— odiara a muerte al Imperio. Fue un derrumbe paulatino y económico, por una gran concatenación de errores y en un contexto de fronteras extremadamente permeables.

Dicho esto —pequeños detallitos que pasarán inadvertidos para la mayoría de los lectores, pues muchas veces responden a un uso partidista de las fuentes, como cuando se señala la lucha de Roldán en Roncesvalles contra los musulmanes, inexistente en la realidad histórica, pues fue vencido por un grupo de vascones que les arrojaron grandes piedras desde las alturas—, la novela es magnífica y son muchísimos más sus aciertos. Y este último, supuesto error, es comprensible en el hecho de que los Cantares de gesta pregonaron otra cosa a la en verdad acontecida. Hay que saber entender también que esto es una obra literaria, y que todo autor tiene licencia para interpretar la historia a su gusto e interés. Pero los lectores también tenemos derecho a señalar cuando creemos que el uso de la historia no es meramente literario y responde a intenciones de credo o a desprecios en los que se omiten ciertos hechos y se les da relevancia a otros que no fueron como se nos quiere hacer ver. De hecho, en líneas generales, es un libro bien documentado y literariamente está muy por encima de lo que se suele editar. Tiene párrafos bellísimos. De muestra este en el que se nos habla de Córdoba:

«Jamás habían mis ojos contemplado hasta entonces ciudad tan alegre y tan llena de melancolía a la vez: ¡qué bullicio por las mañanas en los mercados y en las plazuelas aromadas de azahar! ¡Qué majestuosa y qué delicada al mismo tiempo la gran mezquita! ¡Qué arcanos en los ojos de las mujeres y qué anhelos me asaltaban de desvelar el resto de sus rostros! ¡Qué vistosos corceles por las riberas del ancho Guadalquivir!»

Pero más allá de estas cuestiones me gustaría centrarme en la figura del protagonista, en la del Judío Errante. Zapatero de profesión y maldecido por Jesús a vivir hasta el fin de los tiempos, un inmortal en toda regla. Me sorprende mucho la escasa y casi nula presencia del credo hebreo en este hombre. Está claro que este es un libro de un humanismo cristiano, de visión y espíritu cervantino, con un uso del lenguaje y de sus raíces grecolatinas admirable, pero no entiendo por qué no se citan las matanzas y persecuciones judías. La figura del Judío Errante fue utilizada durante la historia para fomentar el antisemitismo. Apenas se menciona algún barrio o algún personaje, pero poco más. Juan, nuestro Judío Errante, parece haber sido extirpado de toda presencia e imaginario hebreos desde el primer momento. La conversión es inmediata y absoluta. Para mí, en este punto, no resulta creíble. Es uno de los Judíos Errantes menos judío de la historia.

Sospecho que Fernando de Villena se siente molesto cuando describe el mal humano. Siempre trata de esquivar los acontecimientos más crudos de la historia. No quiere regodearse ni en el dolor ni en el morbo. A veces los señala, pero da la sensación de que su pluma, en esos momentos, siempre tiene prisa. Sin embargo, cuando tiene que describir las ciudades, cuando desciende hacia el cuerpo y hacia los goces de la amistad y del deseo, su ritmo es mucho más lento y bello. Es como esos poetas que describía Chesterton, cuya creatividad siempre buscaba lo más celeste en lo más humano y que golpeaban sus jarras de cerveza sobre la barra para manifestar así su fe en el Creador. De ahí que se sienta incómodo con el sufrimiento, las guerras y las distintas muestras del salvajismo y la iniquidad humanas a lo largo de la historia del mundo. O al menos de la historia cristiana del mundo, pues afortunadamente la historia es mucho más amplia que la cronología cristiana. No le culpo. Echar la vista atrás y observar el paso de los tiempos es un ejercicio en el que hasta el más esperanzado puede sucumbir si abre bien los ojos. El corazón humano, en lo hermoso y en lo terrible, no ha cambiado nada. Nos rodeamos de mucha tecnología, pero nuestras virtudes y defectos son los mismos que los de quienes vivieron en cualquier otro siglo.

Su personaje vaga y es, hasta cierto punto, irresponsable. Si se me permite la enorme incongruencia de atribuir cualidades morales a un personaje literario. No es un dechado de virtudes, en absoluto. Casi se diría que, a pesar de haber sido maldecido y de creer en la divinidad de Jesús, no profesa ninguna de sus enseñanzas. Es un vividor que no reniega de ello y que alterna momentos espirituales y de reclusión con otros lúdicos y carnales. Desempeña todo tipo de oficios. Cuando estaba leyéndolo y tras frecuentar las primeras comunidades cristianas pensé que se juntaría con ellas (al menos durante la Antigüedad tardía) y mezclaría su deambular personal con el histórico cristiano, pero no. De Villena sorprende con el vagabundear de este personaje legendario. Su peregrinaje responde a sus impulsos y a sus huidas. A veces reflexiona sobre el hastío de seguir vivo y el sufrimiento que eso supone, pero no tiene problemas en abandonar, una y otra vez, a la gente que le ayuda y le quiere, y con la que se topa en su deambular por la historia: tantos personajes históricos como ficticios, en una mezcla muy bien amasada que convierte este libro en un mosaico de siglos, de ciudades, de amores y arquitecturas, de filosofías y creencias, de abandonos y momentos de plenitud. Todo ello hace creíble al Judío Errante, humaniza a un inmortal y nos permite, a la vez, viajar por una inmensidad de culturas y geografías, pues no solo se ciñe al Mediterráneo, sino que viaja en dos ocasiones al continente americano.



No quiero pasar por alto que esto es mucho más que un libro de novela histórica. Utiliza sus meandros para hacer deambular al personaje legendario, pero aquí hay de todo: arquitectura, filosofía, teología, tradiciones culturales, pequeñas dosis de crítica social y hasta metaliteratura. Es un libro que nace con una idea totalizadora de experimentarlo todo, de gozarlo todo, de verlo y contarlo todo. En ese sentido es puro deleite narrativo y está muy bien engarzado. Cualquier lector que se sumerja en sus páginas se verá enriquecido, no solo por el pulido ornamento del lenguaje, sino por la riqueza cultural tan enorme que despliega.

Para terminar, señalar que el libro está hermosamente editado y que consta tanto de un prólogo del autor como de un epílogo de José Lupiañez, en el que no solo se describen otros aspectos de esta obra, sino que se profundiza en la totalidad de una vida dedicada al oficio literario.

«Las épocas, cada época, imponen su tiranía sobre el sentir individual y la magna empresa de toda persona madura es despojarse de las múltiples adherencias de su entorno y su momento para descubrirse en lo más hondo».

Que así sea y muy feliz año. Hasta otra.
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