Desde hace siglos que me gusta mucho Yoshimoto y, a esta altura, no voy a pedirle que cambie su estilo, pero siento que se ha ido simplificando con cada nueva novela y, a la vez, adquiriendo un tono esperanzador casi agobiante. Me sigue gustando realmente, siento que escribe libros que son mínimos, pero preciosos, que logra crear una atmósfera única, súper lírica, reflexiva y profunda de algo muy aparentemente pequeño, pero creo que me falta algo más. Tal vez soy yo. Además, me di cuenta gracias a esta novela, que la mayoría de los escritores japoneses actuales pecan de lo mismo que le critico siempre a Murakami (a quien casi ya no leo por eso, pese a encontrar que escribe muy bien y tiene una imaginación alucinante): su falta de compromiso político y social, que contrasta heavy con los autores que me gustan de las eras Meiji, Taisho y Showa. Es una opción, eso no los hace superficiales, por el contrario, logran una reflexividad y profundidad sorprendente sin tocar ningún tema de "esos", enfocandose sólo en la mirada al ombligo, lo cual es súper válido, pero me complica igual algo.
En fin, creo que esta es la novela que menos he disfrutado de Yoshimoto, pese a que reconozco que es bella y muy agradable de leer.