E libro de Sofía no se deja atrapar en una sola definición. No es un conjunto de cuentos al uso ni unas memorias es un mapa fragmentado de la vida, trazado con la tinta de la sinceridad y el artificio de la ficción. Cada relato parece un espejo astillado en el que se reflejan sus días, con luces y sombras que nunca encajan del todo, y justamente en ese desajuste late su verdad.
Algunas páginas respiran ternura, como si el tiempo se hubiera detenido en la fragancia de un amor recién nacido. Otras deslumbran por su heridas que no se esconden, sino que se exhiben con una valentía que incomoda. Entre ambas orillas, Sofía juega con la ironía, el humor y la nostalgia, construyendo un mosaico donde lo íntimo se vuelve universal.
La autora logra algo difí que el lector no se pregunte si lo que lee sucedió realmente. Porque la pregunta se vuelve irrelevante. Lo que importa es la emoción que despierta. ¿Acaso la memoria no inventa siempre, incluso cuando creemos decir la verdad? Sofía abraza esa ambigüedad y la convierte en estilo, en un lenguaje que vibra como música y golpea como martillo.
Cada cuento es un umbral. Tras cruzarlo, uno se encuentra con un tono el recuerdo de la infancia que brilla como un juguete olvidado, la pasión que arde y consume, la confesión que parece susurrada en un cuarto a oscuras. Esa variedad no da forma a una constelación en la que cada relato es una estrella, y en conjunto iluminan una vida.
Leer este libro es aceptar una invitación a entrar en la intimidad de Sofía, sabiendo que no todo es cierto y que, quizá, lo más inventado es lo que más nos conmueve. La memoria es un arte, parece decirnos, y en estas páginas se despliega con toda su belleza, su fragilidad y su fuerza.