Parece un antecedente obligado para los ejércitos. Comparte con esta obra un eje psicológico principal en común: la búsqueda infructuosa y desesperada de un familiar desaparecido. La diferencia fundamental estaría puesta en el tratamiento más onírico que intenta esta noveleta; las locaciones góticas, ambientes exagerados y voces estridentes que, sin llegar a lo fantástico o lo más propiamente surreal, tocan cuando menos con el realismo-mágico.
El pueblo nublado recuerda los ambientes más tradicionales del relato gótico: los cadáveres de ratón, las personas con fisionomías desagradables —el albino y la enana—; el cónclave de monjas plañideras y siniestras, cuya sede aterradora —el Lejero mismo— se nos aparece bajo la vieja fórmula de la abadía ruinosa, escatológica y fantasmal. Se instala a placer en los grandes procedimientos narrativos del género, que son lo que le confiere cuanto bien-pudiéramos llamar su talante filosófico; se trata, principalmente, de la búsqueda de hacer una inversión ominosa del principio de familiaridad; tomar los espacios universales del pueblucho-nacional de tierra-fría y llenarlos de situaciones enrarecidas y sub-locaciones grotescas. Esta familiaridad opresiva que oculta una extrañeza peligrosa constituye el paso de lo familiar a lo escabroso, la antesala anímica necesaria para el ingreso al campo atractivo pero angustiante de lo-otro.
Quizá quepa la crítica de que el autor operase estos procedimientos en formas demasiado directas, con poca imbricación, algunos lugares comunes —a lo mejor a la Stephen King— y una narrativa que llega a destemplarse en ocasiones —sobre todo cuando el narrador omnisciente intenta referirse al protagonista en segunda persona, recurso que, afortunadamente, desaparece tras los primeros capítulos. También pareciera que Rosero pudo haber hecho más por sacar estos ambientes y procedimientos del marco occidental más básico, ese biombo de nieblas, frío extremo y edificaciones religiosas acosadas por el mal.
Otro aspecto que vale la pena abonarle es esta capacidad para hallar situaciones que resulten muy universales en términos literarios, pero que a la vez estén fuertemente impregnadas de las ignominias en las condiciones históricas, políticas y sociales que han asolado este país —tierra de la guerra civil interminable. El tema de la desaparición forzosa en un marco de relato de misterio me ha resultado bastante adecuado, tanto como el subsecuente tratamiento de las imágenes relacionadas, como el caso de los captores misteriosos —nunca saber a ciencia cierta quién es el enemigo, o si es que todo los son (muy a la Pedro Páramo)—; los cautivos incapaces de producir palabras que digan algo —las víctimas sin voz: portadoras de una voz que sólo sabe gemir—; las endechas, estas monjas y demás mujeres del pueblo, endurecidas por la muerte y el horror —empero solidarizadas hasta donde la infamia lo permite, adoptando el aspecto firme y vigoroso propio de las poblaciones en que la guerra ha erradicado a los hombres y el orden matriarcal ha debido sustituirlos. A través de la figura de estas mujeres también opera el procedimiento de la familiaridad anti-familiar de lo ominoso, puesto que aunque ofrezcan alguna guía —dando una vaga esperanza—, esto solamente se nota con claridad en la recta final, pues durante el desarrollo de la mayor parte de la trama se muestran más como una caterva de brujas goyescas que como esta suerte de comisión de guías y cuidadoras devotas —y hasta piadosas, en medio de tanta indiferencia.
Vale la pena fijarse en los motivos de horror y aprensión reiterados en el conjunto de las obras roserianas: el amor/cópula entre monstruos/deformes (como el jorobado y la albina, en Los Almuerzos); la sensación de ser amenazado por un conflicto bélico distante y ajeno (Los Ejércitos); la alienación del sujeto y la marginación como posibilidad de locura y muerte (como en Señor que no Conoce la Luna); la violencia y atrocidad que aparecen de maneras ridículas y rebuscadas (como en la muerte del gordo en El Incendiado: dando a la cosa toquesillos de atrocidad irracional formalizados de maneras muy cinematográficas: muy pulp. Creo que estos giros estilísticos fueron popularizados en nuestra narrativa-contemporánea por la pluma de Andrés Caicedo).
Ésta parece una oportunidad maravillosa para apreciar cierto espectro de las obsesiones y procedimientos del bogotano que —siendo en sí mismos temibles o, evocativos del malestar— lucen aquí profundamente enraizados a un terreno deliberada y hasta estereotipadamente oscuro, más vibrante de intriga y suspenso que en sus demás novelas. Es la vieja e infalible fórmula-macabra del paraje nebuloso, acuciante, terrorífico e incansablemente vadeado por algún pobre-infeliz perdido casi del todo: diligente en sus afanes, pero a la vez neurótico e ineficaz; valeroso ante la turba de desposeídos, pero aterrorizado ante el sinsentido de su búsqueda; aparentemente lúcido, aunque entregado a la lógica irracional de la pesadilla. Este viejo-alguien de los clásicos de lo escabroso, tan hondamente atascado en los fotogramas pálidos que la mano ineludible de la fatalidad extrae a su destino.