Frankenstein o el moderno Prometeo es una obra que va mucho más allá de la clásica historia de terror que la cultura popular nos ha vendido. Tras leerla, me pareció un libro sumamente interesante y conmovedor.
Uno de los mayores logros de Mary Shelley es su capacidad para humanizar a los protagonistas. El libro no busca crear un villano plano, sino que intenta hacernos entender las dos caras de la moneda: las perspectivas de Víctor Frankenstein y de su creación. Sorprendentemente, encontramos similitudes entre ambos; los dos son seres apasionados, con sus propios temores y una fascinación profunda por el conocimiento, ya sea a través de la ciencia, en el caso de Víctor, o del arte y el lenguaje, en el caso de la criatura.
La novela funciona como un espejo psicológico. Más que asustar con monstruos, te deja pensando en preguntas filosóficas profundas: ¿Qué es aquello que más tememos? ¿Qué sucede cuando la ambición nos ciega?
El final nos invita a una reflexión inquietante sobre la naturaleza humana: nos hace cuestionar qué pasaría si lográramos nuestros deseos más oscuros, o qué sucedería si falláramos. La autora sugiere que, a veces, no es el miedo lo que nos destruye, sino la obsesión y la soledad lo que verdaderamente nos puede volver locos.