Los caminos de la autoficción son inquietantes y a veces paradójicos, enfrentan al lector entre el que quiero creer además de interiorizar una realidad a veces asumida como propia. Y una segunda opción, la distancia emocional fronteriza que nos lleva a una ficción que entendemos propia de los juegos y metáforas literarias.
Fernando Parra Nogueras nos clama a ese engaño literario como un torero al quite ante un toro rodeado de espectadores, no se esconde, incluso interpela al lector, lo busca, lo invita. Personalmente ese juego literario me llama y accedo de buen gusto a participar en esa trama.
A partir de ahí hay una prosa cuidada, poética, en un malabarismo de sombras y de luces, un toma y daca de la naturaleza humana que encauza con una fuerza descriptiva de paisajes familiares y del pasado.
La depresión que es trasversal en el libro no elude la tristeza o la fatalidad pero siempre permanece una ligera luz que nos determina más a la esperanza que a la tragedia, o así lo veo yo.
Paisajes rurales, paseos entre olivos y lápidas, a los cuales soy un auténtico flâner y quizás por ello he podido llegar a ser parte de ese texto porque entiendo la tristeza como algo íntimamente mío de mis circunstancias ante el mundo. Hay más pero por mí parte hasta aquí llego.