Viene el hambre y el frío en esta tierra de montañas, en esta Francia rural, en la que los días se ralentizan y se acurrucan para dar paso a la violencia, a las querencias y al frío alba de los inviernos y las eternas primaveras. Aelis y Ambre son dos hermanas gemelas. Dos hermanas que siempre estarán juntas, incluso cuando se casen con Eugène y Léon. Un día llegará Madelaine, llegará desde los bosques para dar paso a un nuevo cambio de paradigma familiar: será la primera hija ––aunque realmente no lo sea––, será la primera en dar cuenta de todo ––aunque a veces pase la pelota de personaje en personaje––. Quisiera decir que Madelaine trastocará las vidas de todos, que su rabia y su violencia tienen cabida aquí para hacernos pensar, para hacernos enloquecer, para enmudecernos ante la pasividad que las familias se rondan para seguir haciendo vida.
Viene el hambre y el frío en esta tierra arada. Tierra que aran para la cosecha, que repelan, que se hace camino al andar. Aquí, en esta historia, se conocerá el hambre desde las entrañas. Se racionarán la comida. Se martirizarán por lo que les ha tocado vivir. Y el frío gélido envuelve a estos personajes de una bruma, de un olor a dejadez, a brasas quemadas. Es inevitable ponerse en la piel de cada personaje, pues cada persona halla su destino en esta novela helada, preciosa para leer en el invierno o la primavera, dedicada en cuerpo y alma a la naturaleza, al devenir lento de los días, a la templanza por pensar en una vida mejor que lleva Madelaine consigo. Y es que ella es la clave de esta novela que se yergue sobre los troncos de madera, que se yergue sobre las montañas y laderas. Madelaine es, aunque a primera vista no lo pueda parecer, la principal protagonista de esta historia. En ella transcurre la vida, transcurre el mundo, y transcurre la esperanza por un universo más libre y más humano. Menos enlazado al pasado, más observando el futuro escomo ve Madelaine su vida. Ella quiere aprender de Rose, su curiosidad exacerbada la nutre. Ella quiere aprender del hombre, no será una chica, mujer cualquiera.
Madelaine va creciendo y los lazos familiares se irán cortando para dar paso a una nueva generación de campesinos. Chicos que han crecido en las tierras, que han aprendido a convivir con los animales, a arar los campos. Pero nada es color de rosas para ellos, pese a la normalidad con la que Sandrine Collette nos describe y escribe las vivencias de esta aldea de Les Montées. Sin duda hay cierta violencia indemne a este relato. Todo se volverá oscuro de un momento a otro. La luz, antes del alba, es más negra que la propia noche.
Viene el hambre y viene el frío y no podemos hacer nada. Solo aguantar lo indecible, que ya estará en la niña, en Madelaine, ella única. La supervivencia por la esperanza, la lucha. Porque ella es la única que lucha en esta historia. Estamos sobre todo ante una novela que murmulla una alerta constante por lo establecido y sin embargo Madelaine nos adentra en un mundo donde caben todas las posibilidades. La posibilidad de amar, pero también de cuidar o de establecerse en algún punto, algún lugar de estas montañas. Ella buscará en todos y cada uno de nosotros ese lugar, el lugar de lo inhabitable, el lugar de la creación por un mundo más justo, menos impulsivo y menos cruel. Pese a ser ella tan impulsiva, tan violenta para todos, en realidad en ella estaba la clave. No es “Madelaine antes del alba” una novela cualquiera, es una novela que afila las emociones, que las pone en su lugar y orden, porque como dice Sandrine Collette en este relato: ”La belleza corresponde a un orden de las cosas”.