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Así que pasen treinta años

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EL ÚLTIMO LIBRO DE ARTÍCULOS DE JAVIER MARÍ

UNO DE LOS COLUMNISTAS MÁS BRILLANTES, UN ESCRITOR FUNDAMENTAL DE LA LITERATURA CONTEMPORÁNEA EN ESPAÑOL



«Marías es sencillamente asombroso».
Ali Smith



«Javier Marías es un escritor maravilloso».
John Banville



«Quien no lea a Marías está condenado».
The Nation

Este volumen reúne los últimos setenta y cinco artículos publicados por Javier Marías en el suplemento dominical El País Semanal entre el 31 de enero de 2021 y el 11 de septiembre de 2022.

Javier Marías empezó a escribir en El País Semanal en 2003 y durante casi dos décadas compartió sus reflexiones sobre la actualidad, así como sus recuerdos y aficiones, sus lealtades personales y culturales.

«Algunas tristezas nunca se pasan y algunas personas nunca se olvidan», recuerda al comienzo del artículo que da título a este libro, en el que rememora a su amigo Juan Benet, y afirma que prolongamos la vida de aquellos que nos marcaron «a base de preguntarnos qué habrían pensado de lo que hoy sucede».

Los lectores de Marías se plantean hoy, igual que hace él, qué habría escrito respecto a muchos de los sucesos ocurridos en el mundo desde que ya no está. Sí, nos falta su mirada sobre los hechos del presente.

El tono grave y la guasa conviven cuando trata temas como la ineptitud de los políticos, la maledicencia en las redes sociales, las actitudes irresponsables en pandemia, el deterioro en el uso de la lengua castellana, los smartphones como «instrumentos de vigilancia y control»... A estas piezas se suman otras sobre aspectos más personales y sus el fútbol, el cine y las series, los libros, la música. Y los desternillantes cuentos que intercaló, protagonizados por personajes peculiares. Aunque sus aventuras quedaron inacabadas, gracias a la prosa magistral del autor dejan poso en la memoria del lector y no se olvidan.

Sobre el autor han

«Siempre que leo a Marías tengo la sensación que estoy escuchando una sinfonía».
Julia Navarro, Hoy por Hoy
«Marías escribe como siempre, como nadie, [...] porque está a otra cosa, a elevarnos, a hacer -por qué no- con nosotros lo que Shakespeare hizo con su tiempo y las gentes de su tiempo».
Alberto Olmos, El Confidencial
«Sea lo que sea que creamos que vaya a suceder mientras leemos, estamos eligiendo pasar tiempo en compañía de un autor. En el caso de Javier Marías, se trata de una buena decisión; su mente es profunda, aguda, a veces chocante, a veces hilarante, y siempre inteligente».
Edward St. Aubyn, New York Times Book Review
«Estamos ante un escritor que ha asimilado a la perfección aquella técnica del fragmento de vida, la secuencia temporal, que nos legara el gran Maupassant, y reelaborase para la modernidad el mismísimo Faulkner».
Jesús Ferrer, La Razón
«Javier Marías puede bien ser el más grande novelista sobre la tierra [...

247 pages, Kindle Edition

Published October 23, 2025

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About the author

Javier Marías

135 books2,473 followers
Javier Marías was a Spanish novelist, translator, and columnist. His work has been translated into 42 languages. Born in Madrid, his father was the philosopher Julián Marías, who was briefly imprisoned and then banned from teaching for opposing Franco. Parts of his childhood were spent in the United States, where his father taught at various institutions, including Yale University and Wellesley College. His mother died when Javier was 26 years old. He was educated at the Colegio Estudio in Madrid.

Marías began writing in earnest at an early age. "The Life and Death of Marcelino Iturriaga", one of the short stories in While the Women are Sleeping (2010), was written when he was just 14. He wrote his first novel, "Los dominios del lobo" (The Dominions of the Wolf), at age 17, after running away to Paris.

Marías operated a small publishing house under the name of Reino de Redonda. He also wrote a weekly column in El País. An English version of his column "La Zona Fantasma" is published in the monthly magazine The Believer.

In 1997 Marías won the Nelly Sachs Prize.

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Profile Image for Pedro L. Fragoso.
881 reviews69 followers
January 30, 2026
«Admito que con frecuencia me siento a la máquina preguntándome de qué puedo hablar ya, porque debo de haber dado mi personal opinión sobre casi todo (no la tendría sobre el volcán de La Palma ni sobre la renovación del poder judicial, al ser profano en esas materias y no ser vulcanólogo ni jurista). Por desgracia o por suerte, vivimos en una época particularmente enloquecida e idiota, en la que abundan los disparates, las pésimas decisiones (Trump, Bolsonaro, el Brexit), los ataques a la libertad y las injusticias (bueno, las dos últimas cosas han existido siempre), y me veo a menudo impelido a señalarlos, procurando razonar y argumentar por qué me lo parecen. No lo consigo a veces, sin duda. Pero eso no me preocupa mucho, porque a estas alturas creo haberme ganado cierto derecho a la arbitrariedad, a las manías y al enfurruñamiento que tanto ofende a algunos hoscos de natural. Cuando uno ha vivido lo suficiente, pocas cosas lo irritan más que asistir a la repetición y a la copia, esto es, a la presentación de algo antiquísimo como «novedad». Y esto sucede sin cesar, no sé si debido a la secular y deliberada desmemoria española o a la absoluta ignorancia propiciada y fomentada por todo Gobierno español.»

Y no hay más… Estos textos incluyen artículos de opinión, algunas piezas de reflexión intelectual —y de homenaje emocional— y ciertos instrumentos más satíricos vehiculados a través de ficciones interconectadas en episodios que quedan brutalmente inconclusos debido a la interrupción provocada por la muerte de Marías. Todo es, como mínimo, muy bueno, con frecuencia brillante y, en ocasiones, extraordinario — por ejemplo: Cómo se pierde el respeto a los impuestos, Perrerías póstumas, No entiendo, Barcelona desfigurada, Desprecio de la propia lengua, ¿Por qué será?, No tengo la blanca, Cuando razonar resulta ofensivo, Para no ver ni entender, Lo que vale para unos…, Lo tonto agota, El más verdadero amor al arte. Obviamente, no perjudica identificarme con la mayoría de las opiniones y juicios de valor del autor.

Política:

«

Nuestras sociedades están perdiendo la capacidad de escandalizarse. Esa fue siempre la estrategia y el objetivo de los dictadores más dañinos. Incurren en un desafuero tras otro, graduándolos; logran que la gente se acostumbre y ya no vea ni como anomalías lo que son aberraciones.

El trumpismo es un virus del que está el PSOE gravemente aquejado. Se cuenta la realidad según sus deseos.

Estos políticos no lo son. No sirven, no ayudan, no organizan, no gestionan.

No hay manera de meter un sobre en la urna sin arrepentimiento simultáneo, una calamidad. Cuando aún era desconocida, la actual presidenta, a una pregunta sobre sus aficiones literarias, contestó que leía sin cesar a Borges y que «no se perdía» una novela mía. Por Borges no puedo hablar, claro; pero en lo que a mis libros respecta, lamento mucho comunicarle que, en su beligerancia, en su falta de dudas y en su chulería, no reconozco el poso de esas lecturas.

Quienes están cometiendo las mayores vilezas, sin embargo, son el Govern de Cataluña y sus órganos. Ha sido reveladora la suspensión de la vacunación contra el covid a los policías nacionales y guardias civiles allí destinados y que allí sirven y ayudan a la población. Deja claro que ese Govern ha optado por tratar a los «españoles» como Netanyahu a los palestinos, por no remontarnos más lejos.

Lo único en lo que son diligentes nuestros gobernantes (Montoro como Montero) es en recaudar dinero de todas las maneras imaginables, con impuestos directos e indirectos, con cambios de criterio retroactivos, con tasas y peajes, con multas e intereses que ellos jamás abonan si se retrasan, con inspecciones e interpretaciones arbitrarias en las que a la vez son inapelable juez e interesadísima parte. Ante Hacienda no hay argumentación que valga.

Famosos imbéciles morales los hay hoy en todas partes (prefiero acogerme a esta antigua fórmula, que no es un insulto sino una descripción: «Persona incapaz de comprender los principios morales y de actuar de acuerdo con ellos»). Trump, Boris J., López Obrador, Maduro, Bolsonaro, Erdogan, Lukashenko, Orbán, Duterte, Daniel Ortega y tantos más, casi todos elegidos por sus votantes. Pero creo que, como de costumbre, España se lleva la palma.

Lo siento, pero ¿no es España el país con la izquierda más idiota de Europa? Que nuestra derecha también lo es, no hemos dejado de saberlo sin interrupción.


»

Reflexión intelectual:

«

(…) tiendo a pensar lo siguiente: hemos empalmado bastantes generaciones afortunadas, o aun mimadas, si las comparamos con las del pasado, en Occidente. No hemos sufrido guerras ni tremendas hambrunas ni frecuentes plagas; tampoco a dictadores malsanos (salvo los que padecimos en parte a Franco, pero el de los años sesenta y setenta—represor y nefasto— no era comparable con el de los cuarenta); ni por tanto persecuciones implacables. Así que grandes porciones de nuestras poblaciones se han desacostumbrado al peligro de tal forma que ni siquiera lo creen posible. Son incrédulos, se lo toman a broma, piensan que eso es para las películas y que se trata de exageraciones.

Como ustedes sabrán, los textos pasan a ser del dominio público pasados setenta u ochenta años de la muerte de su autor. Eso significaba que a partir de ese momento cualquiera podía imprimirlos sin pagar a ningún heredero. Más de una vez he señalado la injusticia de la medida, pero no voy a hablar de eso. Hoy en día, el paso de una obra al dominio público más bien supone que cualquier mediocre puede alterarla, tergiversarla, utilizar sus personajes con impunidad, ensuciarla, enfangarla, cambiarle el sentido, la letra y la historia, destruirla. Ignoro por qué está permitido.

Nuestras sociedades son amnésicas o aún peor: no condenan lo claramente condenable, lo merecedor de ostracismo.

Esta página es a menudo muy crítica, pero procuro que no sea deprimente, aunque a veces salga melancólica. Por si acaso, aviso a los lectores que deseen ahuyentar todo pensamiento triste: hoy no la lean.

Este es un país tan dado a la maledicencia que ha creado una potente industria en torno a ella, y así ha contaminado todo.

El mundillo cultural parece haber enfermado mortalmente de chismorreo, y ha perdido el punto de vista.

La verdad de un escritor sólo reside en sus obras consentidas. Lo que llamamos Shakespeare es el conjunto de textos a él atribuidos, nada más. Así como lo que entendemos por Cervantes o Proust o Montaigne. Lo que les ocurriera a quienes estaban detrás de esos nombres es indiferente, como lo es lo que dijeran en confianza. Indagarlo y aventarlo es sólo curiosidad malsana, porque los libros encierran cuanto hay en ellos, no lo que se queda fuera. Sé que esta es una postura hoy anticuada.

Los escritores que creían en la posteridad—nunca mi caso, en seguida me di cuenta de que todo caduca con cada vez mayor celeridad— (…) se está más a salvo sepultado por el olvido: a ningún escritor que yazga en él se lo someterá a semejantes vejaciones y perrerías póstumas, ante las que además se encuentran totalmente indefensos.

El empeño de relatar cabal y verídicamente la existencia de alguien es vano y quimérico, o como mínimo exige grandes dosis de credulidad por parte del biógrafo o relator. Creer que nadie miente nunca es el grado máximo, absolutamente patológico, de la credulidad. Porque sólo disponemos de ficciones, subjetividades e inexactitudes. (…) nadie está obligado a contar la verdad, ni en una entrevista a un desconocido, ni en una misiva a un amigo o a un marido o a una mujer, ni en un diario ni en una autobiografía. Los escritores, en concreto, mienten en abundancia, como personas inclinadas a la ficción, la invención y la fabulación.

(…) yo creo que más bien se trata del deseo irrefrenable de ser americanos y de vivir como tales (algo que cuesta aceptar visto el país estúpido en que han convertido el suyo en este siglo).

Ha llegado el momento en que los argumentos y los razonamientos, por bien construidos que estén y sólidos que sean, se reciben con la misma indiferencia que lo que tan sólo es cháchara. Esto es, no se atiende a ellos, motivo por el cual han desaparecido las expresiones «entrar en razón» o «prestarse a razones», que venían a significar «darse cuenta de lo que es razonable». Esto es un pequeño drama para quienes, como dinosaurios aún no extinguidos, todavía intentamos explicar, razonar y argüir, y, mediante eso, convencer a alguien de algo. Esta ya vieja costumbre ha acompañado a los hombres y a las mujeres durante unos veinticinco siglos, por lo menos desde Sócrates en adelante. (…) Razonar, a veces, resulta hoy ofensivo: «¿Me tomas por inferior o tonto? ¿Te crees que por tener razón yo voy a dártela? Ni lo sueñes» es una reacción común en nuestros días.

Se inventaron los «micromachismos», y su desbocada deriva ha llevado a alguna gente a verlos por doquier y a suprimir lo de «micro». En pocos días he leído unas siete piezas condenando lo que, según sus autoras, era machismo evidente. Como para mí no lo era—sí, ya sé que soy varón—, me tomé la molestia de leerlas, a ver si se me había escapado algo tan manifiesto, y me ilustraban.


»

Admiración y agradecimiento:

«

Por fortuna, la música puede con todo. Vaya aquí mi homenaje imperecedero y constante a cuantos la hacen posible.

Fleming las tiene, y calles, por haber descubierto la penicilina (al menos hasta que algún resentido decida que en algún aspecto de su vida no fue ejemplar o fue «colonialista»).

Cada vez que algo de escaso tamaño se me cae—un mechero, una pluma, una pastilla, un cigarrillo, una oliva, un anacardo—, jamás permanece en su sitio, es decir, en el que ha caído, sino que rueda o rebota o se desliza y esconde en los lugares más recónditos o lejanos. En ocasiones ni siquiera oigo su ruido contra el suelo, así que no sé ni por dónde buscarlo. Cada objeto acaba en rincones inverosímiles, y encontrarlos me lleva un buen rato, me obliga a arrastrarme o a meter un largo y curvado abrecartas de marfil (antiguo, ya sé que hoy están prohibidos) por debajo de las mesas bajas y del sofá. A menudo no encuentro lo perdido, o bien doy con ello al cabo de días y por azar: hace poco se me cayó una píldora roja y minúscula a la que le tocaba hacer ruido al caer. Nada oí, y sólo fue fechas más tarde, al meter la mano en el bolsillo del albornoz, cuando la descubrí. Me resultó incomprensible que, de todos los lugares posibles de la cocina, se hubiera introducido en ese espacio con estrechísima abertura. Conozco la inercia y desconozco otras leyes físicas, pero no me explico que nada, nunca, caiga donde debería caer.

Si voy a un sitio con prisa, indefectiblemente encuentro ante mí personas muy anchas—hay centenares ahora, más que gordas— que tapan la calle entera y me impiden avanzar; o bien un grupo de ochenta turistas que van a paso de procesión y se detienen cada dos por tres, no hay manera de adelantarlos porque no dejan resquicio alguno; o bien, sencillamente, uno de esos matrimonios que no sólo bracean aspaventosamente al andar, sino que son incapaces de hacerlo en línea recta: cuando uno va a aprovechar un hueco por su izquierda, oscilan hacia ese lado, y cuando pretende colarse por su derecha, hacia allá se tambalean cerrando el desfiladero a cal y canto. Les aseguro que así he recorrido 500 metros intentando inútiles sorpassi, por recurrir a la palabra italiana, hoy tan extendida en política.

Ruego a los filósofos y a mis colegas novelistas que vayan imaginando, pensando; que vayan dándonos ideas para seguir combatiendo los disparates, las estupideces y las falacias con alguna otra arma dialéctica digna, antes de que nos extingamos.

Esa es otra de las cosas que me enseñó a discernir: quién tiene piedad, incluso en la guerra o tras la victoria, y quién no la tiene. Quién mata sólo lo necesario y quién mata más de la cuenta, tan de sobra.

Por eso sé que ya no volveré a poner pie en el piso de Chamberí. No quiero verlo todo vacío y desnudo, tan distinto de como fue desde 1958 o 1959, cuando nos mudamos desde la calle de Covarrubias en la que nacimos…, hasta anteayer. Ese sitio por fin es pasado, como tantos otros, y ahora sólo me toca pensar en el que habito, en un barrio distinto, y en qué hacer con lo que allí dentro me acompaña día y noche, noche y día…

A menudo recuerdo, a la vez con sudores fríos y enorme placer, mis meses o años empleados en traducir los tres textos más difíciles de mi vida: El espejo del mar, escrito en el fantástico pero extraño inglés de un polaco; Tristram Shandy, obra monumental del siglo XVIII no menos laberíntica que el sobadísimo Ulysses de Joyce; La religión de un médico y El enterramiento en urnas, de Sir Thomas Browne, sabio inglés del XVII con una prosa tan majestuosa como sublime como alambicada, que suscitó la admiración incondicional de Borges y Bioy. Ante ella me rendí: no me sentía capaz de proseguir. Al cabo de unos meses, pensé que era una lástima que los lectores de lengua española se quedaran sin conocerla y, con renovado brío, reanudé y concluí la tarea. ¿Por qué me importaba tanto el conocimiento de esos lectores, que en ningún caso iban a ser cuantiosos? Ni yo lo sé. Sencillamente juzgué que esa maravilla merecía existir en mi idioma, aunque fuera para disfrute y provecho de unos pocos curiosos.


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