Lo que se viene es Los bailarines del fin del mundo, una novela negra de aventuras, si cabe. De aventuras más o menos fantásticas o por venir. Algo así, saludablemente inclasificable. Hay que dejarse ir, tomarse el buque imaginario y empezar a andar por arriba y por debajo de la Buenos Aires que parece que se nos viene.
Los lectores que tuvo y tiene El síndrome de Rasputín –la novela anterior de Ricardo Romero, publicada en esta misma colección– se reencontrarán con el amistoso terceto protagonista que debutó con ella: los increíbles Abelev, Muishkin y Maglier, los íntegros amigos rengos de cuerpo y alma marcados por el síndrome de Tourette, que lidian con sus síntomas mientras empujan la acción aventurera o son llevados tormentosa, solidariamente por ella hasta donde sea. De ahí, protagonizarán una aventura que transita en el sentido de los grandes relatos ejemplares: partir, cada uno con su foto, en busca de la esquiva María Huidobro es tarea asimilable al rescate de la Princesa perdida, arrebatada y llevada a los Abismos. Los muchachos se mandan hacia Abajo –a lo Verne, hacia el danzante Centro de la Tierra– y desembocan en el más puro folletín con Profesor loco incluido y tiros y experimentos y jeringas y guardias y enfermeros, pero también terminan chapoteando, antes de emerger, en la perturbadora alegoría: este horror de muertos vivos es lo que queda/quedará de la Fiesta. Juan Sasturain
Ricardo Romero was born in the province of Entre Ríos, in northern Argentina, in 1976. He studied Literature at the Universidad Nacional de Córdoba and has been living in Buenos Aires since 2002. Between 2003 and 2006 he directed the literary journal Oliverio and between 2006 and 2010 he was one of the members of the ‘El Quinteto de la Muerte’ (The Lethal Quintet) with which he published two books: 5 and La fiesta de la narrativa (Fiction’s Party). He has also published a book of short stories, Tantas noches como sean necesarias (As Many Nights as may be Necessary, 2006) and the novels Ninguna parte (Nowhere, 2003), El síndrome de Rasputín (Rasputin’s Syndrome, 2008), Los bailarines del fin del mundo (The Dancers of the End of the World, 2009), Perros de la lluvia (Rain Dogs, 2011), El spleen de los muertos (The Spleen of the Dead, 2013) and Historia de Roque Rey (The Tale of Roque Rey, 2014). The President’s Room (2015) is his latest novel.
En Los bailarines del fin del mundo, el lector se reencuentra con el trío protagonista que ya había aparecido en la novela anterior, El síndrome de Rasputín: en este caso, Abelev, Maglier y Muishkin deberán actuar casi como detectives privados y tratar de encontrar a María Huidobro, aparentemente atrapada en un misterioso lugar conocido como el CentrodelaTierra.
Ya desde un principio, es decir, con mi lectura de la entrega anterior de esta trilogía, me di cuenta de que estas son novelas que, en muchos aspectos, se salen de la media, de lo previsible, de lo común en el género de novela negra. Aunque también tipificar a las novelas de Romero dentro de este género sería un atrevimiento no del todo justificado; para mí, por lo menos estos dos textos son inclasificables. Tienen elementos de muchos géneros y es por eso que encasillarlo dentro de un tipo de novela no es lo más apropiado. Tanto esta como el volumen anterior contienen factores que podrían estar en una historia de ciencia ficción, en una serie negra, en una fantástica o en un folletín de aventuras. En ese sentido, Los bailarines del fin del mundo es una apuesta muy original, y no se queda en lo que respecta solamente a un género, sino que combina muchos elementos de géneros distintos para construir un texto con estructuras, personajes y situaciones innovadoras.
Si en El síndrome de Rasputín ya veíamos un trío protagonista que se asienta en bases sólidas y consigue una interesante profundidad, en Los bailarines del fin del mundo ese buen desarrollo se fortalece, y Abelev, Muishkin y Maglier se convierten en personajes vivos, que se presentan con virtudes, defectos y modos de actuar y de expresarse característicos de su personalidad. No tengo dudas de que construir una buena gama de personajes constituye uno de los desafíos más grandes de la literatura, y en esta novela Ricardo Romero lo consigue de muy buena manera. Esto también se ve favorecido por algunos capítulos o partes de la narración en donde se relatan hechos pasados de algunos de los personajes, y así es posible entender muchas de las acciones que vemos en la parte presente de la historia. Sin embargo, también me habría gustado conocer un poco más sobre los personajes secundarios (que quizás no lo son tanto), que van apareciendo con el correr del argumento, pero teniendo en cuenta el final de la novela, seguramente sabremos más de ellos en la tercera y última entrega de la saga.
Además de este buen desarrollo de personajes, Romero también arma una ambientación interesante, que parece estar gobernada por un constante tono de gris. Una Buenos Aires postapocalíptica, si se quiere, sumida en la niebla y en la lluvia, con edificios abandonados y lugares que carecen de iluminación: ese es el ambiente en el que se mueven los personajes. Esto se ve acompañado por sus pensamientos, que muchas veces, en alguno de ellos más expresamente que en otros, rozan lo melancólico. Este tipo de reflexiones le agregan una mayor profundidad a la psicología de los personajes, lo que los vuelve más reales y completos.
Personalmente, el caso más ligado a lo policial que aparece en Los bailarines del fin del mundo me pareció más atractivo que el que leíamos en la novela anterior. En esta segunda entrega, las acciones suceden a un ritmo vertiginoso, y resulta realmente difícil dejar de leer; pero no por eso la historia pierde profundidad o sentido en la narración. No es que, por el hecho de que estén sucediendo muchas cosas en todo momento estas sean descriptas a medias o de mala manera. Por el contrario, cada hecho que sucede se encuentra dentro de las reglas que plantea el texto, a las que nosotros ingresamos en el momento en que leemos la primera línea. La prosa de Romero ayuda a que la lectura enganche al lector, que haga que uno no pueda despegarse de las páginas de la novela. Su estilo es muy ágil, muy ameno, que genera que uno conecte completamente con la historia y esté en todo momento alerta y atento a cualquier hecho que suceda y llame la atención. Sumado a esto, Romero tiene una forma de narrar que no solamente se centra en el relato de hechos, sino que va un poco más allá y roza lo poético, lo cual se complementa muy bien con el sentido melancólico que parece regir la psicología de los personajes. Me parece sumamente acertada la decisión de intercalar momentos de reflexión por parte de estos y escenas de acción que se relacionen más a lo policial o a la novela de aventuras. De esa forma, se compone una novela que permite un análisis más amplio; en ese sentido, Los bailarines del fin del mundo se erige como una historia más completa, con más elementos a tener en cuenta.
Los bailarines del fin del mundo cuenta una historia completamente atrapante, que se potencia con la originalidad del autor para construir el interesante entorno en el cual se mueven unos personajes muy bien desarrollados. Esta es una novela de la cual es difícil despegarse, que mantiene al lector constantemente intrigado y con ganas de saber más sobre las nuevas figuras que van apareciendo. Una historia diferente, bien planteada, ágil y muy entretenida, que vale la pena leer.
Hay autores que uno va leyendo y descubriendo que todo lo que lee de ellos le gusta. Ese es mi caso con Ricardo Romero de quien no he leído todo -de hecho, vengo atrás con varios de sus libros- pero lo que sí he leído -la magistral Historia de Roque Rey y El Síndrome de Rasputín- me ha encantado. Por fin me pongo al día con su trilogía -bueno, leo la segunda- "policial" donde en una Buenos Aires ¿postapocalíptica? ¿cambiada pero no tanto? un trío de inusuales investigadores -tres desgraciados asolados por el síndrome de Tourette- hacen las veces de igualmente curiosos protagonistas. Las comillas vienen a cuento que antes que un policial negro clásico, Romero transita mucho más convencido el folletín de aventuras, logrando algo curiosísimo. En esta segunda entrega, una mujer del pasado de uno de sus héroes -turbio pasado- les encarga encuentren a su hija desaparecida y eso es el puntapié de largada de un descenso -literal- a los infiernos que incluye túneles perdidos en el subsuelo de la ciudad (que me recordaron mucho a la estupenda película Moebius), raves que no terminan nunca y asesinos de magnética sonrisa. Todo está presentado, además, con una prosa elegante, contundente y florida, que maravilla y lleva al lector de la nariz, adicto a pasar página por página. Por encima de una trama que sorprende, creo que el mayor mérito de Romero son sus dañadas criaturas -Abelev, Maglier y Muishkin- quienes terminan resultando incansables sabuesos (como si investigar se volviera otro tic obsesivo que no pueden controlar) en una Bs As siempre lluviosa, cargada de bombas que pueden explotar en cualquier momento, y dueña de una flora y fauna que apenas si exagera la que existe en realidad. Aunque independientes entre sí, las tres novelas de estos personajes -El Síndrome de Rasputín; Los bailarines del fin del mundo y El Spleen de los muertos- son entre todas una gran historia y conviene leerlas con poca distancia entre sí, ya que son continuaciones directas (la de hoy, por ejemplo, tiene final abierto de folletín) y que no les pase como a mi, que no recordaba cosas de la primera y que resultaban funcionales por completo a la que estaba leyendo (por suerte, el autor se cuida de esto y hace las suficientes acotaciones como para comprender). No cometeré el mismo error dos veces: ya estoy leyendo El Spleen de los muertos.
Un profesor de taller me recomendó leer El conserje y la eternidad el año pasado. Algo en un cuento que mandé resonó con ese libro y me dijo que tal vez me serviría para repensar los procedimientos y el estilo.
Al leerlo, no pude sino sentirme avergonzado: ¿cómo podría ahora escribir sabiendo que una gema como esa existía en el mundo? Así fue como Ricardo Romero entró en mí biblioteca, de un golpe certero, elegante y mortal.
Me compré de una sola vez la trilogía en la cual Los bailarines del fin del mundo oficia de medio. Hasta ahora, tanto el primer como el segundo libro funcionan como una narración de policial negro contaminado por un ejercicio de gótico urbano, en donde se desarrollan las peripecias a las que están sometidos el trío protagonista: Abelev, Muishkin (mí favorito personal) y Maglier. Sólo situando la acción en una ciudad como Buenos Aires, estos tres apellidos pueden ser ante todo argentinos. Esa Buenos Aires post-desastre (no me cierra demasiado la categoría postapocaliptica), con Constitución en ruinas, barrios incendiados, fantasmas y comandos paramilitares, es el escenario que significa la relación y las aventuras de los protagonistas. La ciudad por momentos parece una extensión contemporánea de los páramos de Cumbres Borrascosas.
El trío se encuentran unido por el Tourette, una dolencia que entienden como producto no de sus mentes o sus desequilibrios neuroquimicos, sino como parte esencial del mundo (algo que evoca una concepción casi Víctor Hugo-nista de la condición humana)
En este tomo en particular, nos encontramos con el trío tratando de adaptarse a las secuelas de los hechos narrados en El síndrome de Rasputín. La aparición de una mujer del pasado (oscurisimo) de Maglier, desencaneda la empresa de búsqueda de su hija, que ha sido secuestrada no se sabe por quién. Los tres socios oficiarán de detectives y veremos cómo asientan su oficio mientras intentan lidiar con viejos y nuevos fantasmas.
Lo que más destaco de Ricardo Romero en general, siendo esta novela un ejemplo especialmente significativo, es su estilo. Tengo la impresión de que recoge el guante dejado por Cortázar y abandonado por varias generaciones de escritores argentinos hasta entrados los 90' (por un matrimonio un tanto extraño entre procedimientos antiborgeanos y prosa a la Hemingway/Carver), en donde la lengua se mueve en la medida en la que le place. Hay un cuidado notable del ritmo, en tanto que las oraciones largas enebran con paciencia y determinación las descripciones del clima o los monólogos interiores libres de los personajes. No escatima en adjetivos y ciertos tramos reflexivos evocan una lucidez imaginaria que yo, particularmente, le envidio. Siento que el estilo de Romero es lo que más se acerca a mí anhelo de escritura. Además, tengo la corazonada de que su escritura funciona como el cableado de una bomba. Me explico: Cortázar, creo, dislocó la lengua castellana, haciéndola más ligera y contundente como dice Federico Jeanmaire; en esa operación un nuevo territorio de posibilidades para la escritura quedó delimitado: ahora se pueden, vía Cortázar (sus cuentos y algunos textos críticos sobre todo -quien prefieran sus novelas, como decimos en Argentina, nacieron con el corazón ortiva-) contar muchas más cosas de mejor manera. Ahora, Romero creo que es el que está más cerca de los escritores contemporáneos de hacer estallar esos nuevos límites. Detecto, por lo menos en este libro y mucho más fuertemente (es más tardío claro) en El conserje y la eternidad, esa posibilidad. No una intención ni un proyecto, pero sí esa puerta. Su escritura no es barroca, pero sí elegante e iridiscente (hay pocas páginas en mis ejemplares sin subrayar). Ante esa posibilidad latente, Romero en vez de caminar en el borde de la tranquera del español (como hacen los buenos escritores), directamente se divierte horrores dibujando piruetas en el aire, saltando en una pata y haciendo la vertical. Quisiera encontrar en otros libros de él, ya publicados o futuros, el intento de saltar el cerco, hacer explotar la bomba. No me importaría, creo, que se salpicara un poco.
Dicho todo esto, en cuanto a la estructura, la novela responde a los designios clásicos del género. Cosa sensata a mí entender: con su prosa, la experimentación formal en estos términos se tacha de entrada para evitar papelones. Los personajes principales se vuelven aún más adorables porque están atribulados por contradicciones inherentes tanto a su condición como por lo que ellos mismos han hecho de sí mismos con ella. Guadalupe Huidobro, la mujer que vuelve a la vida de Maglier pidiéndole ayuda, es la revelación de la novela a mí entender. Su pasado conjunto con Maglier en un contexto siniestro harto conocido por los argentinos, no define lo que ideológicamente se podría esperar de ella. La vemos ser, decir y hacer de una manera en la que no estamos en general acostumbrados a pensar en sobrevivientes de la dictadura. Es poderosa y débil, directa y escurridiza, sensual y caprichosa. Esta dislocación en la representación ideológica me parece muy sana y literariamente muy potente.
En suma, esta novela cumple con sus promesas y mantiene la tensión de una manera mucho más directa y refinada que el primer libro de la trilogia (que tiene, sin embargo, otras virtudes)
Recomiendo tener a mano el tercer tomo de la trilogía una vez terminado este.
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