Si se lee con una mentalidad abierta, este libro puede llegar a ser verdaderamente transformador. Es algo cálido, profundo y aspiracional la propuesta de Toni Quinta en “Alice y los corazones rotos”. Por supuesto, hay mucho humor, situaciones casi surrealistas que nos liberan una carcajada, una historia muy ligera y fresca asociada a la juventud de Alice y su inseparable Anita… pero, siguiendo una “beauty metáfora”, esto es solamente el top coat, el acabado brillante final, la última capa que sella y protege todas las demás cubriendo una profundidad, un trabajo mucho mayor que vamos descubriendo al dejarnos llevar por la atracción de esta belleza. Y desde luego que está ahí ese retelling moderno de “Alicia en el País de las Maravillas”, un trasfondo que actúa muy bien como hilo conductor alegórico y que el autor sabe usar con acierto y sin sobrecargar una historia que tiene mucho que contar por sí misma.
Alice Petersen se encuentra en una verdadera encrucijada vital ya al comienzo de la novela y el caos emocional continúa con diversas situaciones con las que fácilmente nos podemos sentir identificados, más allá de las circunstancias más particulares de una rica heredera que debe gestionar incluso circunstancias que desconocía de su propia vida. Precisamente uno de los temas que despunta en el libro es la necesidad de afrontar el cambio, de seguir adelante sin perdernos a nosotros mismos por el camino. En este mismo sentido, han sido especialmente inspiradores los capítulos de “El laberinto”, reflexiones más directas al hilo de las vivencias de Alice que pueden incluso conceptualizarse como autoayuda si los leemos con la actitud adecuada. ¿No es acaso necesario perderse en ocasiones en ese laberinto, dar las vueltas necesarias para encontrar nuestra propia salida?
Y es que en la novela también hay mucho acerca de forjar nuestra propia identidad, de ese autodescubrimiento personal, del afán de superación y de esas inseguridades que no debemos negarnos, que también forman parte de nosotros. Así, todos esos sentimientos ante situaciones que desbordan, la frustración, las dudas, la indecisión… pueden ser cuestiones muy cercanas y a lo mejor ampliamente tratadas por la literatura, pero la belleza de la obra reside precisamente en la forma tan especial de transmitirlas. Sin embargo, no quiero desmerecer en ningún caso la historia en sí que nos presenta el escritor, una trama fresca con varios giros interesantes al respecto de situaciones que se van sintiendo en el ambiente y que me han tenido haciendo cábalas casi desde el primer momento. La amistad de Alice con Anita es especialmente entrañable y pone ese acertadísimo punto de humor que puede hacerte estallar en carcajadas entre el más absoluto drama.
Y, por supuesto, está el puro “salseo”, la parte más estrictamente romántica que ya se nos anunciaba en el argumento como esa disyuntiva en la que se encuentra Alice al verse entre dos amores. Sin querer avanzar nada de este hilo, sí que quiero puntualizar que esta parte también ha sido muy estimulante; más allá de lo que engancha el desarrollo de esta historia, considero que de nuevo es algo con lo que es fácil sentirse identificado e inspirado. De esta manera, el escritor a lo largo de toda la novela, y es una sensación muy potente que me ha quedado al pasar la última página, nos hace reflexionar acerca de aquello por lo que realmente merece la pena luchar en esta vida sin negarnos esos miedos tan humanos, y aquello que simplemente hay que soltar y dejar ir sin negarnos a nosotros mismos la necesidad del luto. En definitiva, esta novela ha sido una grandísima sorpresa, una historia inspiradora narrada de una manera tan cercana y amena que, incluso antes de que me diera cuenta, ya se había colado en mi interior.