Eh... pues esto es una historia de vampiros muy mal contada y muy bien dibujada por un chaval que se cree Sienkiewicz. Y hasta aquí mi reseña.
Bueno, vale, elaboro un poco más: este muchacho necesita un guionista como el comer. Porque dibujar, lo hace un rato bien; lo que ocurre es que no tiene estilo propio, para nada: se limita a clonar a un gran maestro. Puestos a clonar, la verdad es que no podía elegir a un ilustrador más brillante que a ese hombre que logró que una mierda del tamaño de Los Nuevos Mutantes se convirtiera en una obra maestra de obligada lectura durante el tiempo que la dibujó, inspirando incluso a un Claremont en horas ya bajísimas, el pobre hombre. En cuanto al guion: una patata. Lo siento. El prota se parece físicamente al Egon de Ghostbusters y, de hecho, se llama Egon Ditkowicz, en un poco sutil homenaje a los que (imagino) serán tres ídolos del Mariscal (por cierto, lo siento, Fran, pero a Ditko no le hubiera gustado tu cómic: demasiados grises. Ditko habría hecho a Egon un tipo inmisericorde que se habría cepillado a todos los vampiros en un momento, sin tonterías). La vampira gorda y subacuática que Moore creó en Swamp Thing también hace un cameo. Pues vale. Todo suena a mil veces visto, a trillado, y no se hace aburrido (justo es decirlo) porque se lee en un suspiro. En un posfacio, Mariscal nos revela que toda la historia es una parábola sobre la depresión. ¿Mande lo cuálo?
Lo dicho, amigo: para la próxima, búscate un guionista, y ya estaría.