Un relato de adolescencia pura, con todo lo que eso conlleva: la intensidad, el descubrimiento del deseo, el propio y el ajeno, y sus limites, la incomprensión de los otros que a veces puede ser uno mismo.
Vero y Ana viven un amor que parece un accidente que dejará su marca. Cartas, poemas, abrazos feroces, el cuerpo ajeno que se hace propio. Me pareció una novela bellísima, intensa (en el mejor de los sentidos, pues así son los primeros amores) y cautivadora. Es regresar a la adolescencia y volver, mirarla, mirarse con nostalgia, reconocer y reconocerse con orgullo de saber que sentimos.