Después de abordar los diarios íntimos de escritoras en Heridas abiertas, Begoña Méndez (Palma, 1976) propone un recorrido por las obras de las autoras místicas: Beatriz de Nazaret, Margarita Porete, Josefa Tolrà, Hilma af Klint, Simone Weil, Clarice Lispector, Marosa di Giorgio, Chantal Maillard y Anne Carson. Este ensayo compone, con el mismo pulso de la materia que trata, un coro de experiencias trascendentes que resuena desde la Edad Media hasta nuestros días: un linaje de mujeres sabias que han encontrado en la expresión artística un lugar propio, un modo de estar en el mundo y a la vez más allá de él.
El misticismo requiere de una atención, un estar abstraído ante el mundo y para el mundo, y Begoña Méndez ha ahondado en su hacer a través de diferentes escritoras y artistas para hacernos ver que lo místico es femenino, tiene un orden del ánima, requiere de un esfuerzo vital hacia lo sagrado y lo divino. De este modo, tenemos en este libro a Beatriz de Nazaret, Margarita Porete y a Simone Weil, a Hilma af Klint y a Josefa Tolrà, a Clarice Lispector, Marosa di Giorgio, Chantal Maillard y Anne Carson. Todas ellas develarían en la palabra escrita, algunas incluso en el arte visual; pero sobre todo fue la escritura lo que las hizo entrar en lengua mística, lengua sagrada, lengua divina que desnuda la carne de lo esencial: Dios.
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Dios aquí es uno y es todo y es nada. La escritura aquí es una y es todo y es nada. El amor aquí es uno y es todo y es nada. Así, y de forma paralela a lo largo de los siglos, podemos ver que el misticismo no busca, sino que encuentra una llamada en aquellas personas que discurren atentas a su llamada. Lo divino se hace todopoderoso y el mundo se hace pequeñito y grande, a la vez. No voy a entrar en lo que cada una de estas mujeres hallaba como místico y las hizo ser así, pues de ello ya nos habla mucho y muy bien Begoña Méndez, pero sí encontramos vías únicas de conocimiento del éxtasis: a través de la palabra, a través de la carne, a través del gozo, a través del sufrimiento, a través de Eros. Todas y cada una de ellas tenía una vía única y directa con lo divino, con lo que nos hace sagrados y hace el mundo sagrado.
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Si algo echamos en falta en este librito es que es corto. Podría haber leído una infinitud de más páginas sobre las místicas (por favor, Begoña, ¿harás una segunda parte? Dime que sí...), pero, sin embargo, se nos hace un mundo poderoso el ya simple hecho de conocerlas y querer tener sus escrituras cerca. Para alguien que lleva leyendo sobre misticismo 14 años, este libro se queda en un esbozo, pero si lo que quieres es conocer a las mujeres que más han interpelado la mística desde el S.XII hasta ahora, las tenemos aquí, con Begoña, con nosotros, en este librito que ha editado tan bien Wunderkammer.
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Me maravillan las vidas de estas mujeres, tan únicas y especiales, pero nos hacen dar cuenta de que el lado femenino de la vida tiene un matiz psicológico que se da en la forma creativa. La mujer crea y es contenedora de lo creado. Llegamos, como a lo que dicen en el libro, al hueso de lo humano, a lo hondo que tiene el hombre en sí mismo, en su interior. Porque Dios lo creó todo y nosotros lo hemos ido creando con él. Lo divino y lo sagrado busca formas, testimonios, imágenes, versos, prosas y narrativas que nos dejen un poso en nuestra alma, en nuestra humanidad que damos por sentada si bien somos capaces de verla. Estas mujeres se dieron al amor, pero no a un amor sospechosamente carnal, sino a un amor universal, incondicional, de Dios.
Místicas es una ventana que Begoña Méndez abre mostrando una galería de retratos que recorre la vida y el espíritu de diversas mujeres del pasado remoto hasta hoy. Más que un ensayo es un breve compendio que puede ser una invitación para indagar más profundamente sobre el legado de estas figuras. La primera parte me gustó más porque contextualiza la locura mística desde lo corporal y subversivo recordándonos que el éxtasis también fue una forma de resistencia. El libro tiene un formato amable con lo cual es fácil tenerlo a la mano. Se lee casi sin darse cuenta y se disfruta. Los fragmentos para un epílogo místico son un cierre buenísimo.
Un tratado super bonito para entrar en la literatura mística. Aproximación muy delicada y hermosa hacia las autoras que trata. He descubierto algunas autoras que no conocía, y me ha fascinado especialmente Josefa Tolrà. Y también Margarita Porete y Beatriz de Nazaret.
Es un gusto cuando contenido y continente forman un conjunto. Este texto expone claves y autoras de la mística y, al mismo tiempo, en la belleza sencilla de su lenguaje (e incluso en su formato de libro pequeño y maleable) es casi un cuaderno que te invita a conversar contigo misma. Eso he hecho en varias páginas y márgenes, escribir (es algo de lo que no podemos escapar las interesadas en la mística, como bien dice Begoña Méndez) y, así, cuestionar a los textos y las autoras (que solo me devuelven silencio, claro) y a mí misma.
Otras reseñas sitúan a este libro a caballo entre el ensayo y el "catálogo". Es cierto que es ambicioso en cuanto al número de autoras que quería presentar y que no es muy extenso, ingredientes que llevan a que no sea excesivamente profundo en su relato. Yo sí considero que da claves sobre la mística y la literatura muy informadas que permiten elevar al libro bastante más allá de una "lista de autoras", pero supongo que depende de qué venga buscando cada una en el libro. Sí es ideal, supongo, haber leído algo de estas autoras antes de entrar al libro o al menos conocerlas, de esta forma la circunferencia (imperfecta, por supuesto) que dibuja Méndez conectando sus obras resulta deliciosa y no extraña o gratuita. Por supuesto, un tomo más grande daría para mucho más, pero a mí este libro me da la sensación de ser, en sí mismo, escritura mística: un diario o ensayo personal, muy muy bien hilado e informado, pero que conserva mucho de la intimidad de la libreta y de las ideas que compartimos tal vez con timidez, pensando que solo tendrán sentido para nosotras. Es una delicia descubrir que no, que este pequeño libro de conexiones inicia conversaciones con nosotras y entre nosotras y conecta cánones literarios.
Para mí Anne Carson es como una sacerdotisa de Delfos: siento que las piedras, la luz, la palabra y el espacio entre las personas me revelaron sus verdaderos rostros cuando empecé a leerla (y, a través de ella, a muchos otros más; no olvidemos su faceta de traductora, de hilandera que conecta la antigüedad con nuestra vida ahora). A través de todo el libro tenía un zumbido tras la oreja que decía "eros, eros, eros...". El cuerpo lo sabe, la mente lo intuye ya desde esa adolescencia temprana en la que, en un triste colegio religioso, los versos de San Juan de la Cruz que leímos en la clase de lengua se me antojaron como el primer signo verdadero de aquella divinidad que ya, pese a mi juventud, había aborrecido. Desde él hasta mi fascinación por Carson, pasando por Safo y otras tantas, eso es lo que me llamó de la mística desde el primer momento en que supe de ella: la fuerza del eros. Una energía destructora y rebelde, una marca traslúcida que casi puedes ver en la gente que la lleva por bandera. Es alucinante para cualquiera que conozca mínimamente la educación religiosa reglada lo mucho que se aleja la Iglesia de la espiritualidad, hasta el punto de que casi me parecen dos términos opuestos. Todo lo que intentan suprimir: la locura, la brillantez, el lenguaje que busca sus propios límites, lo erotizado... es la mística, la forma más eficaz de estar en contacto con el mundo.
Sin embargo, a mí siempre me acompaña la duda. El materialismo, el compromiso político... se retratan a veces como lastres que impiden ese "flotar" de la mística, pero mi hambre es también dudar todo el rato y me pregunto: ¿realmente son incompatibles? Algo en mí se resiste violentamente al leer sobre el "quitarse de en medio" de las mujeres místicas, el desaparecer y aniquilarse tan salvajemente como Simone Weil. Si la mística es amor necesitará soledad, pero no puede ser solitaria. No puede ser que nuestra existencia (femenina, específicamente) se interponga entre Dios y la belleza del mundo, me suena demasiado cercano al discurso patriarcal hegemónico, ¡me niego a creer tal cosa!; si acaso, el ser humano facilita el diálogo, somos el material conductor que permite la comunión entre ambos.
Tiene que haber espacio para la comunidad en la mística. Tiene que ser posible la comunicación de experiencias incomunicables, porque el lenguaje y sus fracasos los creamos para ese propósito. Tiene que haber política, tiene que haber reivindicación, lucha, objetivos concretos que hagan la vida más amable. Tal vez me equivoque, pero no me parece que eso caiga fuera del terreno de la mística.
Algo en mí se resiste, sospecha terriblemente ante la imagen de la mujer mística como enamorada del Esposo espiritual, languideciendo de hambre. Ese no puede ser el reducto al que nos limitemos en el mundo espiritual, porque eso le es extremadamente útil al relato patriarcal. Si la mística es el amor, el vacío que lo abarca todo, el deseo de la belleza del mundo, donde Dios está en todas las cosas... entonces, aunque sea una inteligencia cultivada en el interior, en el silencio y en lo privado, tiene que romper la barrera del hogar y el monólogo interno y tiene que salir a la calle con convicción, tiene que ser político y llevar a un amor comunal. Evidentemente no es necesario militar o hacer carrera en política, pero no puedo mas que negarme a la pasividad de la mística femenina que se relega a sus cuadernos. Hay que levantar la voz, hay que cuidar de tus vecinas, de tu ciudad, de los desamparados, negarse rotundamente a las atrocidades del mundo. La mística consigue ser valiente y contrahegemónica a la par que íntima y recogida, y eso es, tal vez, lo que más me conmueve de ella: que es un ritual que comienza tejiéndose en lo privado y que no le es útil al proyecto patriarcal. Pienso que esas corrientes de amor y eros que crea son colectividad y son totalmente compatibles con un materialismo político. Al leer este libro pensaba continuamente en la escritura de Monique Wittig, en sus utopías y mitos, en la O (el cero, el agujero, el vacío) en el centro de sus "Guerrilleras", en su transformación mágica del lenguaje para una liberación del nosotras. En ella veo la fuerza rebelde de la mística, el misterio del lenguaje y el culto a ese vacío que no es falta de algo, sino una invitación a la creación, porque estamos enamoradas del mundo y de la humanidad.
Es curioso, porque fue en un momento de catarsis en mi vida cuando sentí la necesidad de volcar todo lo que tenía atascado dentro entre las páginas de un viejo diario que no usaba desde hacía años. A partir de ese momento, no solo completé ese cuaderno, sino que llené otros dos con todo tipo de reflexiones, pensamientos y vivencias, porque, como dice Begoña Méndez en este libro, "si algo nos enseñan las místicas, es que las experiencias vitales no deben convertirse en gritos atrapados en la garganta". Escribir esos cuadernos se convirtió así en la única forma de liberar todo el dolor que tenía acumulado. Sentía que con cada trazo de mi bolígrafo me desprendía de una frustración, de un miedo, de un pensamiento intrusivo que no sabía cómo expresar en voz alta.
Para mí, que no conocía el mundo de las místicas, este libro se ha convertido en la puerta de entrada a un territorio fascinante, en el que he podido conocer a autoras como Beatriz de Nazaret, Margarita Porete, Josefa Tolrà, Hilma af Klint, Simone Weil, Clarice Lispector, Marosa di Giorgio, Chantal Maillard y Anne Carson. Todas ellas, separadas por los siglos y por los lenguajes, compartían, sin embargo, una misma necesidad: entender qué les ocurría por dentro y encontrar una forma de decirlo. Hablaban sobre el deseo, el dolor, la libertad o su relación directa con Dios. Alguna incluso llegó a perder la vida por ello.
La única pega que puedo ponerle a este libro es que quizá me ha parecido demasiado breve para un tema tan profundo, y que al abordar a tantas autoras da la sensación de quedarse un poco en la superficie. Hubiera deseado que Místicas, de Begoña Méndez, tuviera otras doscientas páginas más. Aun así, me quedo con los nombres de todas las autoras a las que hace referencia para seguir indagando en sus obras.
Ahora entiendo un poco mejor que escribir no siempre es un acto literario, sino un acto de supervivencia. Y tal vez por eso las místicas escribían: no para ser leídas siglos después, sino para poder soportar el peso de su propia vida.
tengo un problema con este tipo de obras.... me es estimulante y sencillo leerlas, aprendo, saco nuevas referencias y estructuras de pensamiento, pero a la vez se me antojan tan insuficientes y descontextualizadas...... ¿no es, para mi pequeño cerebro machacado por la tecnología, una forma de consumir el mayor número de autores e ideas posibles con el menor esfuerzo invertido? aun así, esta obra desprende luz.... se nota que la escritora se encuentra más desprotegida ante la imagen que lo escrito.
sin caer en reduccionismos, la mística y el psicoanálisis me parecen un poco dos caras de una moneda articulada por la historia de los géneros.... ambos tratan sobre el vacío, el hueco, el hambre, lo onírico, lo imaginativo, lo fantasioso y, el Amor.
es interesante, está bien escrito y me gusta la visión que propone. sin embargo, creo que es muy ambicioso en el número de autoras y me parece no estar del todo de acuerdo con lo que dice de santa teresa
en vdd lo terminé hace tiempo pero llevo sin meterme aquí mes y pico
No hace falta que volvamos a decir lo bien que escribe Begoña, pero sí que esta incursión en las figuras relevantes del misticismo femenino es una delicia de principio a fin.
¡Vi a Dios! ¿No advierten una mujer que corre despavorida sin detenerse nunca, no ven aquella luz?
Lo absoluto es un nudo que se desata. Algo que rompe y que derrama por dentro. Algo que está a la vez fuera y en nuestros cuerpos. Es imposible no haber sentido eso en algún momento (...). Es algo muy parecido a sentirse desnuda o aterida de frío. Algo irrumpe y nos sobrepasa y nos arroja después a la intemperie.
Más arriba no se puede ascender, ni más profundo descender, ni se puede estar más desnudo.
Dios puede solamente estar presente en la creación bajo la forma de la ausencia. Dios, por amor, se retira de nosotros para que podamos amarlo.
Observamos la belleza sin desearla, sin anhelar poseerla; la belleza no se come, se contempla en humildad, en absoluta inocencia. Perfecta en su perfección, inútil y necesaria, la belleza es un milagro que obliga a doblegarnos.
Se entrega al desmayo, a eso que ella llama "la dulzura del abismo". Escribe: "Llego al momento de poder caer, escojo, tiemblo y desisto, y, finalmente, consagrándome a mi caída, impersonal, sin voz propia, finalmente sin mí, he ahí que todo lo que no tengo es mío".
No hay a quién rogar, pero existe el ruego.
Cuando amo, mi entrega no es sino el camino hacia ese breve encuentro con la muerte donde el fragmento halla de nuevo su lugar en el todo.
El hambre es una manifestación de la ausencia de Dios, es decir, de su existencia. (!!!!!!!!!!!!!!)
en definitiva, ha sido interesante aprender sobre maneras distintas en que las mujeres han entendido la mística y la conexión con la divino en distintas épocas de la historia. al hacer un repaso superficial de la obra de varias autoras, a modo introductorio ha sido provechoso y muy cómodo de leer. tal vez me hubiera interesado más leer algo más centrado en espiritismo pagano o más abstracto, y no tan centrado en dios y la fe cristiana, con la que no conecto tanto, pero si eso es lo que buscas, es buen libro. también es cierto que el libro consigue deshacerse de la idea tradicional de dios y definirlo de maneras distintas para cada autora, lo cual (para una agnóstica/atea con gran rechazo al cristianismo) me ha dado que pensar. eso sí, la forma en que las mujeres han recurrido a la literatura de una manera tan íntima para expresar sus vivencias y filosofía poco ortodoxas, y cómo se relata en el libro, es espléndida.
Me da mucha pena escribir esta reseña porque tenía unas expectativas muy altas puestas en este libro, pero es que, de verdad, me ha costado quedarme con el concepto del libro. La introducción siento que va muy acertada, haciendo una presentación de la mística y un repaso por los primeros años de su historia, pero es que luego no encuentro más que citas inconexas unas entre otras y recorridos que no sé a dónde me quieren llevar. No he conectado con él ni a nivel espiritual ni a nivel literario, leía un párrafo y no era capaz de resumirlo, me ha hecho dudar de mis propias habilidades de comprensión, de verdad.
Un ensayo absolutamente luminoso que pretendo que me acompañe por mucho tiempo, porque a las místicas las quiero cerca. Begoña, gracias por escribir esta joya, por traer de vuelta las voces de estas mujeres sabias, tan desbordantes, tan lúcidas, y que tantas piedras levantaron. Leerlo ha sido un regalo.
Anne Carson: «Dios o el amor extremo conducen a la hambruna. Pero, ¿dónde más podría Dios poner su desnudez, su nada y su infinito, si no en el cuerpo de una mujer hambrienta y enamorada?». 🥀
Simone Weil: «Cuanto mejor se conoce la plenitud del goce, más puros y más intensos son el sufrimiento en la desgracia y la compasión por el otro». 🥀
Sin palabras, un libro que llegó a mi sin buscarlo y eso ya le da mucha misticidad a los escritos de Begoña. Lo volveré a leer y estaré atenta sus próximas publicaciones.