Llegué a este libro por comentarios que lo calificaban como “el mejor libro del año” y, por supuesto, quise formar parte de ese sentir colectivo.
La premisa parecía clara y prometedora: una autora que sufre una intoxicación doméstica que la lleva al borde de la muerte. Imaginé una reflexión profunda sobre volver a saborear la vida después de una experiencia límite, más aún viniendo de alguien con herramientas literarias para plasmar el dolor y transformarlo en sentido.
Sin embargo, durante toda la lectura no pude dejar de pensar en una idea de Steven Hayes: “el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional”. Este libro, lamentablemente, se instala por completo en el sufrimiento: es narcisista, infantil y carente de cualquier atisbo de resiliencia.
Hubo tres momentos que me dejaron un profundo sinsabor.
El primero, cuando tras describir a su gato como parte de la familia que forma con su pareja, menciona que desarrolló alergia y que ya no está con ellos. Así, sin más. Frío, despojado, casi descartable.
El segundo, después del accidente, cuando una amiga intenta consolarla diciendo “bueno, si la vida te da limones, haz limonada” y la autora sentencia que, claramente, esa persona ya no es su amiga.
El tercero, cuando le cuenta a un amigo que no puede dormir por el trauma y él responde “pero tienes que dormir”, a lo que ella replica con un seco “ya, gracias”.
Jamás negaría que vivió una situación traumática real, ni que una intoxicación más grave la habría llevado al coma o a la muerte, como ella misma describe. El trauma es real. El dolor es real.
Pero también es real que hay personas que viven más pérdidas, más muerte, más sufrimiento, con menos red, menos privilegios y menos oportunidades, y aun así desarrollan una resiliencia profunda y silenciosa.
Hay demasiado sufrimiento en el mundo como para que un libro se regodee en él sin transformación. Oxígeno no utiliza la experiencia como un acto inspirador ni como una celebración de la vida, sino como un espacio de resentimiento y autocomplacencia.
Y eso, para mí, lo vuelve una oportunidad literaria profundamente desperdiciada.