Ensayista y filósofa española. Discípula de J. Ortega y Gasset, Zubiri y Manuel García Morente, fue una de las figuras capitales del pensamiento español del siglo XX.
Profesora en la Universidad Complutense de Madrid, se exilió al término de la Guerra Civil y ejerció su magisterio en universidades de Cuba, México y Puerto Rico. Tras residir en Francia y Suiza, regresó a España en 1984. Fue galardonada con el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades (1981), y el Cervantes (1988).
Su pensamiento, vinculado a las corrientes vitalistas del siglo XX, giró en torno a la búsqueda de principios morales y formas de conducta que fueran aplicables a los problemas cotidianos. Su preocupación mística, la forma de abordar los conflictos éticos, y el estudio de la interrelación entre realidad y verdad, reclamaban la necesidad de un profundo diálogo entre el ser y su entorno.
Para ella era preciso establecer tres modos de razonamiento: el cotidiano, el mediador y el poético. Desde este último se aproximó a lo sagrado, el lugar donde se encuentra la explicación de lo trascendente, la lógica del misterio.
En su amplísima producción destacan: Filosofía y poesía (1939), La confesión, género literario y método (1943), El pensamiento vivo de Séneca (1944), La agonía de Europa (1945), Hacia un saber sobre el alma (1950), El hombre y lo divino (1955), España, sueño y verdad (1965), El sueño creador (1965), La tumba de Antígona (1967), El nacimiento. Dos escritos autobiográficos (1981), De la Aurora (1986), Senderos (1986), Delirio y destino (1988), y Los sueños y el tiempo (1992), entre otros.
Confesarse es ante todo de valientes, de gente que apuesta por enfrentarse a sí mismo y por sí mismo. Aquí Zambrano, en base a lo escrito como confesión en el ámbito filosófico y literario, nos explica y desmenuza como la confesión se ha visto proclamada como algo que nos saca de sí en búsqueda de una esperanza que buscamos ardua y profundamente.
La confesión es un escape del sí mismo hacia el sí mismo, si bien en términos junguianos esto podríamos verlo como un matiz de tinte psicológico, no sólo se queda en ello, sino que también lo abarca filosófica y creativamente. Quien se confiesa, crea el mundo que le estaba destinado a completarse. Confesarse es así dar palabra al secreto y a la búsqueda del yo en el mundo. La confesión no es una huida del mundo, sino una búsqueda del mundo interior en el exterior. Hay una clara escisión entre quien se confiesa y el mundo, pareciera que dar palabra a esos secretos o a ese desliz de las voluntades de cada uno sea una búsqueda de la esperanza por quedar redimido, por quedar absuelto, por quedar libre de todo pecado y toda atención hacia la estupefacción de lo que no queremos ver en nosotros.
María Zambrano ha ahondado en San Agustin, en Job, en las vanguardias y en su tiempo. Ha sabido ver que la palabra escrita era ante todo iluminadora, pues esta no nos desvirtúa del camino principal que hemos de hallar en la vida, sino que nos encauza hacia la verdad. Es, la confesión: hallar la verdad en el ser y en el yo y en el mundo. Es hallarse en el mundo, ser uno con él, pero a su vez sentir que nuestro mundo interior retiene y da conciencia a aquello que vemos u observamos con atención e incluso sin atención. La conciencia plena es ante todo una hallarse en la esperanza dada del propio mundo al que nos vemos sometidos. La conciencia no es solo pregunta, sino también comprensión y entendimiento. Es así la confesión un entendimiento de la verdad última en el hombre, esta es: cómo se halla y se presenta ante el mundo y por el mundo.
Pero hallarse en el mundo no es hallarse plenamente en la realidad, se requiere también de un hallarse interiormente con plena conciencia en nuestro ser más íntimo. Ese que nos es dado a preguntarse por el propio mundo, por el propio ser, por el propio yo. La búsqueda de la verdad y la esperanza era la búsqueda de confesarse plenamente ante Dios y la vida. Una vida dada que nos es negada, a veces, por los acontecimientos en curso del mundo. Las prohibiciones, los tabúes, las guerras, las sociedades, las limitaciones... ¿Cómo confesarse ante la vida si primero debemos confesarnos ante nosotros mismos por todo lo que no es dado a través de esas cosas? Ser uno con uno mismo es ante todo no negarse a la evidencia de que confesarse es fundamental para obtener una vida plena en cuanto al acontecimiento de la escritura. Quien escribe para confesarse, como en un diario, está hurgando en su propia conciencia para ser uno consigo mismo y la realidad que le circunspecta.
La vida nos quiere útiles, llenos. Filosofar sobre la confesión es filosofar a fin de cuentas sobre la vida que nos sucede. La confesión como género literario es aquello que nos redime del mundo dado ahí fuera, pero que nos completa con nuestro destino y nuestros dones. Hemos de confesarnos siempre, hemos de llevar un diario incluso cuando la confesión es solo para nosotros mismos sobre nosotros mismos. Confesarse era la esperanza en la esperanza, esto es, sentir que la esperanza ya nos era dada desde el principio, incluso antes de confesarnos. Nos confesamos porque vida y el yo a veces se disuelven por caminos separados, y ellos han de estar juntos. Que vida y yo sean uno, que la confesión como un género literario sea asimismo como un género también de nuestra propia vida que se sucede a sí misma.
no me canso de leer a maría zambrano. ella siempre ilumina un camino del pensamiento sin señalarlo explícitamente, y no es eso lo más bello de la filosofía y de la poesía? un texto brillante sobre la confesión como género literario y camino para hallar la luz —no divina, sino de La Verdad—.