“En 1585, en su tercer concilio, los obispos de México prohibieron que se pintaran o esculpieran serpientes en los muros de las iglesias en los retablos y en los altares.
Para entonces, los extirpadores de la idolatría ya habían advertido que esos instrumentos del demonio no provocan repulsión y espanto entre los indios.
Los paganos adoraban a la serpientes. Las serpientes habían sido prestigiadas, en la tradición bíblica, desde aquel asunto de la tentación de Adán, pero América era un cariñoso serpentario.”
Galeano, sin haber nacido en México, exploró y describió la mística de los grupos indígenas del país apasionantemente. Narró a modo de crónica cómo los bárbaros españoles buscaron quitarle lo bárbaro a los pueblos originarios de lo que hoy es México.
Más adelante en la historia, escribió sobre la revolución como lo que fue, un reguero de sangre, pero define la causa campesina con una facilidad que no solo te hace comprender mejor uno de los periodos más complicados de la historia mexicana, sino también empatizar de mayor forma con el levantamiento del pueblo mexicano, liderado por Zapata al sur, y por Villa al norte. Sin romantizar a nadie, Galeano retrata a los ídolos históricos como las personas que eran, personas fallidas, pero que buscaron el cambio de la tierra donde nacieron entregando su vida, haciendo camino. Menos Villa, que chingue a su madre.
Recomiendo mucho esta lectura a cualquiera que quiera conocer esos rinconcitos que se dejan de lado en la historia de México, esa que a nuestro pesar, siempre estará incompleta, pero que personas como Galeano han hecho el esfuerzo por contar y preservar. Porque es bueno criticar a los Cortéses pero también recordar que hubo Bartolomés de las Casas y Gonzalos Guerrero. Porque se habla mucho de Zapata, pero se deja de lado a los Flores Magón. Por eso y otras tantas pequeñas grandes historias recomiendo este libro.
Qué prosa tan bonita tenía el hombre, lástima que ya se nos fue.